19
L as lecciones de esgrima con sair Mikail comenzaron al día siguiente.
Aún me dolía la espalda, pero no pensaba mencionarlo. Si el capitán de la guardia había oído hablar de mis heridas, se cuidó muy bien de decirlo. Así que asistí a mi primera clase con el cuerpo magullado, los músculos ardiendo y una obstinación que era nueva para mí.
Sair Mikail era un maestro severo, pero más paciente de lo que había imaginado.
Me llamaba «chico» cuando se olvidaba de mi nombre y «niña» cuando sus ojos descendían y descubrían la falda enredada en mis piernas.
Su tono era seco, casi militar, pero tras la aspereza de sus órdenes había una leve contención, un respeto silencioso.
Sabía que se moderaba conmigo, lo intuía en la forma en que apretaba los dientes para no gritar o en cómo desviaba la mirada cuando fallaba en exceso.
Aun así, progresaba. Lento, sí, pero avanzaba.
Dos lunas después, cuando el invierno llegó y las miles de flores que decoraban los jardines de los Verlac comenzaron a marchitarse, fui capaz de devolverle algunos golpes.
Incluso llegué a rozarle el chaleco con el filo de la espada.
Por un instante, creí que había logrado sorprenderlo, hasta que alzó el arma y, con un giro limpio, detuvo mi embestida y dejó la hoja a dos dedos de mi estómago.
Me quedé quieta, jadeando. Él sonrió.
Cuando no practicaba, me obligaba a llevar aros de plomo en las muñecas. Pesaban tanto que el dolor se me extendía hasta los hombros. Fortalecía mis brazos, aunque cada noche me dormía entre calambres, exhausta, sintiendo que mis manos ya no me pertenecían.
Las noticias llegaban desde todo el reino por palomas mensajeras.
Las hermanas de la Orden Gris escribían poco, pero sus novedades eran alentadoras.
Giry mejoraba. La fiebre había remitido por completo y la piel comenzaba a cicatrizar.
No mencionaban si preguntaba por mí o si recordaba a madre, pero bastaba con saber que vivía para que, aunque fuera por un instante, sonriera.
Lord Veyl, en sus cartas, afirmaba que la rehabilitación del castillo de Sombramar estaba pronta a terminar, aunque había retrasos por culpa de bandidos humanos que robaban y creaban alboroto.
Algunas tardes me reunía con lord Kyros para revisar las cuentas y los impuestos que procedían de mi hogar.
Las reuniones no solían prolongarse, porque desde que había alzado aquella rama de espino contra mí, el trato se había vuelto distante, incómodo. Más de lo que ya lo era antes.
Apenas me miraba, pero hablaba con corrección.
Yo escuchaba, tratando de absorber toda la información que pudiera, para cuando llegara el momento de retornar a casa.
Un regreso que no parecía ahora tan lejano.
Mi tío, el rey, había contestado a mi carta en la que le explicaba mi compromiso indeseado.
La respuesta no había sido positiva. Comprendía mis reservas sobre contraer matrimonio con un fae mucho mayor que yo, pero afirmaba que aquella unión me aportaría sabiduría y templanza.
De aquel supuesto matrimonio con su hijo, el príncipe Ciro, no habló, como si nunca hubiera existido.
Cuando recibí aquella contestación, arrojé el pergamino al fuego.
Me había convertido en una moneda de cambio. Mi valor solo residía en el que me adjudicaban mis postores.
Y mientras tanto, lord Erroll me perseguía como una sombra.
Desde que lady Nohr había anunciado sus planes de casarme con él, el fae había perdido toda moderación.
Cada noche me buscaba, me ofrecía su mano con un gesto teatral y me obligaba a bailar hasta el agotamiento en aquellas cenas eternas que organizaban cada día los Verlac.
Su aliento a Sangre de Aurora, sus dedos húmedos rozando mi cintura…
Todo en él me provocaba una repulsión que apenas lograba disimular.
A veces rezaba a los Inmortales para que algo ocurriera en sus tierras que lo obligase a volver, que me evitase su maldita presencia, pero ninguna plegaria era escuchada. Y así, noche tras noche, me dirigía al Comedor Real con la misma resignación con la que un cordero avanzaba hacia el matadero.
Aquella noche era solo una más. Caminaba con la cabeza inclinada y los brazos ardiendo por culpa de las pulseras de acero que ocultaba bajo las mangas de terciopelo de mi vestido negro.
Había estado a punto de quedarme encerrada en el dormitorio, después de que por la tarde me hubiera cruzado con Nissa, que se había acercado a mí para susurrarme: «Él no es el Hombre Rojo».
Cerca de las puertas del Comedor Real capté el resplandor de una cabellera blanca.
Me sobresalté al verlo. Hacía varios días que no veía al Fantasma, o a Erik, como lo llamaba en mi mente cuando me encontraba a solas.
Por lo que había escuchado, las rebeliones de los humanos en la frontera de la provincia de los Cuatro Ríos se habían recrudecido, y muchos bajo las órdenes de la familia habían perecido.
Él había sido llamado como refuerzo, pero no sabía que había regresado.
Hasta hoy.
Todo su cuerpo parecía en tensión. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados en una mueca cruel. Aunque no había ningún enemigo cerca, su mano se posaba con fuerza en la empuñadura del mandoble.
Aceleré el paso, pero entonces él giró el rostro y me vio. Y, sin pronunciar palabra, me dio la espalda y se internó en el comedor.
Me quedé paralizada y sin aire, como si un puño invisible me hubiese golpeado en pleno estómago.
—¿Mi señora? —La voz de lord Erroll me sobresaltó. Se había acercado sigilosamente; su aliento rozaba mi mejilla.
Volví la cabeza y me topé con aquellos ojos pequeños, entrecerrados, brillando con un entusiasmo viscoso.
—Os estaba esperando —dijo, tendiéndome el brazo.
Resignada, lo acepté. Su mano, húmeda y tibia, se cerró sobre la mía con una familiaridad que me revolvió el estómago. Caminamos hacia el Comedor Real mientras mi mente se llenaba de un zumbido constante, tan agudo como el recuerdo del látigo de lord Kyros.
La cena me resultó insoportable.
Lord Erroll no dejó de hablar ni por un segundo. Su voz nasal se alzaba por encima de las conversaciones, y su risa, demasiado aguda, hacía que incluso la Sangre de Aurora se volviera agria en la lengua.
Lady Odile estaba sentada a mi otro lado. Aunque no intercambiamos palabras, me observó durante toda la cena con una expresión imposible de descifrar. A veces creía ver en sus ojos un destello de diversión, pero en otras me parecía atisbar un ápice de compasión.
Ella sabía tan bien como yo que podía estar contemplando su futuro.
Cuando el banquete terminó, los músicos comenzaron a tocar y nos trasladamos al salón de baile. La melodía que llegó hasta mis oídos me recordó más a una marcha fúnebre que a una canción con la que se pudiera danzar.
Normalmente, aunque el Fantasma permanecía tras el asiento de lord Kyros, en guardia, se marchaba cuando la familia y los invitados pasaban al otro salón. Aquella noche, sin embargo, siguió a los Verlac de cerca.
Demasiado, porque cuando la multitud me empujó, mi cuerpo golpeó contra él.
Durante un instante, cada uno de mis huesos estuvo incrustado en cada borde de su armadura.
Sus manos, cubiertas con los guantes que le había entregado, me aferraron por los brazos, ocultas entre las otras extremidades que nos cercaban y nos aplastaban.
Cuando nuestros ojos se cruzaron, creí ver un ápice de dolor antes de que apartara la vista con hosquedad.
Se alejó de mí siguiendo la estela de lord Kyros, que se colocó en mitad de la inmensa estancia, con toda la multitud rodeándole.
Como si estuviese a punto de anunciar algo.
El estómago se me contrajo.
—Parece que ha llegado el momento —susurró lord Erroll junto en mi oído.
Clavé la mirada en el fae, que alzaba las manos pidiendo silencio. Su rostro brillaba de sudor.
Jadeé, me costaba respirar.
No , pensé. No, por favor. No ahora.
El murmullo en la sala se apagó hasta convertirse en un silencio expectante.
El Fantasma no miraba a lord Kyros. Me miraba a mí.
—¡Amigos y huéspedes! —exclamó lord Kyros—. ¡Tengo el honor de anunciar una noticia que llenará de alegría a este castillo tanto como a mí me llena de orgullo!
Mis manos se crisparon sobre la falda.
No, no, no. ¡No!
—¡Nuestra invitada de honor, confiada a nuestro cuidado por el propio rey, lady Vienna Daaé, señora de la provincia de Sombramar, contraerá matrimonio con lord Erroll, heredero de la provincia de Umbría y querido amigo desde hace décadas!
El estallido de los aplausos fue inmediato.
El mundo pareció torcerse.
Ruborizada y tiritando de arriba abajo, no pude hacer otra cosa que dar un paso al frente junto a mi prometido e inclinarnos a la vez frente a todos. Temblaba sin control, mientras lord Erroll sonreía y saludaba como un maldito monarca.
Cuando alcé la vista, busqué desesperadamente entre los rostros de los nobles, las miradas de los criados, las risas y las copas alzadas. Pero el Fantasma ya no estaba allí.
Una fila comenzó a formarse ante nosotros. Felicitaciones, reverencias, sonrisas vacías.
Todo era una farsa.
Todo me recordaba demasiado a la noche de mi Ceremonia de Mayoría de Edad.
Lady Nissa, de pie en un extremo de la estancia, con una bebida en la mano, me observaba en silencio. Cuando notó que la miraba, esbozó una media sonrisa.
Alzó su copa, brindando hacia mí, y terminó con el contenido de un solo trago.
Su gesto fue tan lento, tan calculado, que sentí que cada gota de alcohol que caía por su garganta resbalaba también dentro de la mía.
—¡Que abran el baile los prometidos! —gritó alguien entre risas y copas. El clamor de aprobación fue inmediato, atronador.
Sentí una súbita náusea trepar por mi garganta, pero, aun así, no tuve más remedio que seguir a lord Erroll hasta el centro del salón.