Donde canta la oscuridad 18 #2
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18 #2

—Cuando os recuperéis del castigo—prosiguió—, mandaré a mi modista. Os tomará las medidas necesarias. Ahora que estaréis formalmente prometida, necesitaréis un vestuario de dama fae, no de niña. ¿Os parece bien?

Asentí, con el cuello rígido.

Que me pareciera bien o no, no le importaría en absoluto.

—Entonces descansad. Espero que os repongáis pronto —dijo, con una última sonrisa.

No respondí. Solo esperé, con los dientes apretados, a que la puerta se cerrara detrás de ella. Y cuando lo hizo, enterré el rostro en la almohada y dejé escapar un bramido que me quemaba por dentro.

No quería casarme con lord Erroll.

Tenía la edad de mi padre. No me gustaba la forma en la que me miraba, o cómo sus manos me tocaban cada vez que tenía ocasión.

Aquella mañana, cuando mi caballo se había desbocado, ni siquiera se había molestado en buscarme.

Había preferido esperar en la calidez del castillo a que alguien me encontrara.

Prefería que me azotaran mil veces más antes que compartir cama con aquel fae.

El resto del día lo pasé tumbada, con las uñas clavadas en las palmas, como si el dolor físico pudiera mantener a raya el otro, más profundo.

Fern intentó consolarme cuando le conté lo ocurrido, pero solo consiguió hacerme sentir más sola. Había pasado algo más de una luna desde que mi padre me había prometido al príncipe Ciro. Aquella vez, la noticia me había dolido. Esta… me había hecho pedazos.

Conocía bien cuál era la tradición. Pero ahora que caía con todo su peso sobre mi espalda dolorida, la entendía menos que nunca. Yo no era un mero objeto del que opinar o al que regalar cuando se considerase oportuno. Mi cabeza no solo estaba destinada a amar ni mi cuerpo a gestar descendientes.

De pronto, entendí a las hermanas de la Orden Gris.

Comprendí que fueran capaces de arriesgarse a sacrificar su naturaleza, su vida, antes que condenarse de aquella manera.

Que prefiriesen servir a los demás antes que a alguien que solo las veía como una vasija.

Hermosa para contemplar, y dura para embestir y rellenar.

Por un momento, pensé en huir. Buscar un caballo y desaparecer entre los bosques, como una sombra. Pero esta vez no tenía a Raen para acompañarme, y con Giry lejos de mí, temía las posibles consecuencias.

Desesperada, solo se me ocurrió escribir a mi tío, al rey Oberón. Si se lo suplicaba, él me ayudaría. Estaba segura. Tenía que estarlo.

—Al menos hoy no tendrás que asistir a la cena —dijo Fern, cuando la noche cayó—. Necesitarás tiempo para recuperarte. —Sus dientes se apretaron con furia—. Nadie tiene derecho a tratarte así.

—No pienso quedarme aquí encerrada —repuse, levantando la cabeza.

—¿Qué? —Me miró con los ojos abiertos de par en par—. ¿Por qué?

—Tengo que darle las gracias al Fantasma.

Fern puso los ojos en blanco.

—Lo que deberías hacer es mantenerte lejos de ese humano —me reprendió, con un tono tan severo que, por un instante, me recordó a mi madre.

—Necesito hacerlo, Fern.

Ella suspiró, derrotada.

—Sabes tan bien como yo que estás jugando con fuego.

—Entonces —murmuré, mirando hacia la ventana—, me arriesgaré a quemarme.

Cuando la luna asomó tras los torreones del castillo de Brumaverde, estaba ya en pie.

Cada paso era una punzada aguda, un recordatorio del castigo que aún ardía en mi espalda.

Pero el dolor no era suficiente para detenerme.

Al contrario, me sostenía, me empujaba. Quería que todos me vieran caminar.

Quería contemplar la expresión de lord Kyros cuando me viera entrar en el Comedor Real.

Quería demostrarle que yo era más fuerte que él.

Quería demostrarle que no podía romperme por mucho que me golpeara.

Antes de salir, tomé los guantes del Fantasma que aún yacían sobre la cama, olvidados entre las sábanas. Los guardé con cuidado entre los pliegues de la amplia falda azul del vestido. Eran ásperos y parecían viejos, pero me gustó sostenerlos entre mis manos.

El castillo parecía contener la respiración cuando atravesé los corredores, buscando una cabellera blanca y una armadura negra.

Los sirvientes bajaban la voz a mi paso mientras otros desviaban la mirada.

Lo que había ocurrido en las dependencias de lord Kyros debía haber llegado a todos los rincones, pero, extrañamente, no me importó.

Doblé una esquina cuando, de pronto, una figura vestida con sedas vaporosas se interpuso en mi camino.

Los ojos de Nissa, la humana invitada de los Verlac, se hicieron más grandes cuando resbalaron por mí de la misma forma en que lo habían hecho aquellas carnes podridas esa mañana.

—Lady Vienna —susurró, sin molestarse en ocultar su sorpresa—. Pensé que no os vería después de…

Su voz se extinguió y mis labios se estiraron sin alegría.

—¿Después de qué ?

Ella miró a un lado y a otro, y se acercó a mí. Contempló mis manos, como si deseara sostenerlas entre las suyas.

—Siento lo que os hizo lord Kyros. Lo siento, de verdad —murmuró. Su voz sonó como un quejido que trataba de contener—. Sé que algo así duele más de lo que nadie podría entender.

La observé durante un instante, desconcertada, antes de que la verdad me golpeara con la fuerza de una bofetada.

—¿A vos también…?

—Yo fui la que entregué la pomada a vuestra criada.

Estaba muy preocupada cuando me encontró —me interrumpió, con una sonrisa débil—.

Aunque el dolor tardará en desaparecer un par de días, mañana ya no tendréis más que unas pocas marcas rosadas en la piel.

Será como si nunca hubiese ocurrido —añadió, con una sonrisa amarga.

Estuve a punto de contestar, pero entonces una melodía llegó hasta mí. Giré el rostro hacia la negrura de la galería más próxima, donde a algún criado se le había olvidado encender los candelabros.

Reconocí la voz que ponía letra a aquella música oscura.

En los muros del deseo, donde el alma se desangra,

crece una flor en silencio. Ella tiembla, él la llama.

—Sair Erik —murmuró Nissa, que había seguido mi mirada—. Siempre canta cuando cree que nadie lo escucha. Pero, en este castillo, todos lo hacen.

Asentí, distraída, mientras la voz se acercaba poco a poco.

No nació para el olvido ni para la luz;

abre pétalos de sombra cuando el fantasma la reclama.

—Es una canción muy antigua, de cuando los faes llegaron a estas tierras y colonizaron a los humanos.

—Y los subyugamos —añadí, con un susurro.

—Supongo que es una forma de verlo —coincidió Nissa, con aquella media sonrisa, antes de volverse hacia mí. Yo no le devolví la mirada—. Hay quien cree que se trata de la historia de amor entre una fae y un humano que murió.

Su mirar es fuego antiguo; su caricia, tempestad.

Él la nombra y ella arde; él es niebla, ella sangre.

—Parece una historia triste —musité.

La voz del Fantasma pareció alejarse, y sentí como si un hilo invisible tirase de mi pecho hacia la melodía, hacia la oscuridad.

Hacia él.

—Las más bellas siempre lo son —suspiró Nissa—. Y están destinadas al fracaso. —Se separó unos pasos de mí y su mirada me recorrió de arriba abajo, antes de añadir—: Hoy habéis sido muy fuerte. Ojalá todas lo fuéramos.

—Vos lo sois —me oí decir, pero ella ya me había dado la espalda y se marchaba como si huyera de mí.

El final de la canción llegó hasta mis oídos. Y, antes de que Nissa desapareciera por el recodo, eché a correr.

Y al alba, entre la bruma, cuando el mundo amaneció,

el fantasma quedó en ceniza, el fuego se hizo recuerdo,

pero en los muros del deseo algo sigue vivo…

y hambriento.

Lo vi enseguida, de espaldas, a pesar de que la única luz que lo iluminaba provenía de la luna que se colaba por el ventanal. Se dirigía a algún lugar, pero se detuvo cuando oyó mis pasos.

Y se volvió hacia mí.

Cuando me vio, su expresión cambió. Sus ojos se abrieron un poco más, al igual que los labios, aunque no llegó a pronunciar palabra. En mitad de aquella penumbra, con la luz plateada cayendo sobre él, parecía un ánima que había escapado del Abismo de los Inmortales.

Me acerqué con paso firme, sin apartar la mirada.

Me detuve frente a él a menos pasos de lo que permitía la decencia. Entre nosotros parecían flotar todavía las últimas notas de aquella canción.

Extendí las manos, con los guantes que él había dejado olvidados entre mis sábanas.

—Gracias —susurré—. Erik .

Durante un instante, nuestros dedos se rozaron. Sus yemas, callosas, acariciaron mi piel, que jamás tendría cicatrices. Y ahí permanecieron en contacto, arrancándome el aliento a bocajarro. Un hálito de fuego me bañó.

El Fantasma entornó la mirada y se inclinó levemente, arrastrando al mundo entero con él. Mis dedos lo apresaron con más fuerza, como si pendiese de un risco, y él fuera la piedra que no cedería.

O como si estuviese perdida en la negrura, y él fuera el único fuego que pudiese iluminarla.

—De nada, Vienna —susurró.

Retrocedió un paso y sus manos se separaron de las mías.

Se alejó con los guantes firmemente sujetos en un puño apretado, y desapareció allí donde pertenecía, donde canta la oscuridad .