18
S entí cómo su cuerpo se envaraba con aquel simple roce.
El Fantasma no volvió la cabeza para mirarme. Solo podía ver su perfil de piedra, su mandíbula marcada y parte del flequillo cayendo sobre sus ojos. Los instantes se convirtieron en algo eterno.
Debía apartarse, yo tenía que bajar la mano y disculparme por semejante osadía. Desde un rincón del dormitorio, no solo el recuerdo de mi madre me observaba con horror. A ella se unían mi padre, Kallias, Raen, con el rostro quebrado por la traición.
Pero, aun así, no lo dejé marchar.
Los labios del Fantasma no pronunciaron palabra, pero de pronto sus dedos se cerraron sobre los míos. Los estrecharon ferozmente, con una desesperación contenida.
Me pregunté quién se aferraba a quién.
Separé los labios, pero antes de que pudiera articular palabra, la puerta se abrió de golpe.
Lady Nohr apareció en el umbral, envuelta en una luz fría. Alta, impecable, parecía la estatua de La Plateada.
—Sair Erik —dijo, con el ceño fruncido. Él se había movido tan rápido que yo todavía mantenía la mano alzada y sentía la sombra de su tacto en mis dedos—. Deberíais marcharos.
El Fantasma juntó los talones, inclinó apenas la cabeza y, sin mirarme, salió de la habitación con pasos pesados. Cuando el golpe hizo temblar las paredes, la fae se volvió hacia mí, contemplándome con una mezcla de reproche y disgusto.
—No deberíais estar a solas con un humano como él. Y menos de esta guisa —añadió, con voz helada.
Si lord Kyros no me hubiese azotado como a un perro, mi guisa sería más decorosa, quise decirle.
—Disculpadme, lady Nohr —contesté, procurando que mi voz sonara suave, casi dócil.
Una curva gélida estiró sus labios. Se inclinó hacia mí y su mirada descendió por toda mi espalda descubierta. No vi preocupación, solo una curiosidad cruel, casi morbosa. Como si fuera testigo de un tapiz imperfecto.
Con lentitud calculada, se arrastró hacia el sillón de cuero que había junto a mi cama, y se dejó caer en él, encarándome.
—Parece que ya habéis recuperado la cordura —dijo, helada.
—Siento mucho mi comportamiento. Fue una locura y una estupidez.
—Mientras hablaba, vi de reojo los guantes del Fantasma, medio ocultos entre las sábanas.
Mi corazón se aceleró. Con un movimiento rápido, los cubrí con la colcha, rezando para que ella no se percatara—.
Hoy mismo me disculparé con lord Kyros y con vuestra hija. Os lo prometo.
Lady Nohr entrelazó sus manos en el regazo. Los anillos de oro y diamante relampaguearon como colmillos de serpiente bajo la luz.
—No he venido a escuchar vuestras disculpas, lady Vienna —respondió con calma—. Cuando os vi por primera vez, pensé que erais una joven callada, seria, quizás incluso sensata. Pero después… descubrí que en vos hay algo más salvaje de lo que queréis admitir.
Cerró los ojos brevemente, como si estuviera saboreando un recuerdo.
—Aún pienso en aquella noche, en Sombramar.
Os escabullisteis con un joven fae que no apartó los ojos de vos durante toda la fiesta.
Creí que vuestra madre necesitaría la misma infusión de lirio del valle que toma mi cuñado para su corazón débil.
—Rio con suavidad, mientras meneaba la cabeza—.
Sois distinta. A Odile, a vuestro hermano, incluso a la pequeña Giry. Muy distinta.
—No os entiendo —murmuré, perpleja.
—Sí que lo hacéis —replicó, con una media sonrisa cargada de condescendencia—. Despreciáis todo lo que representamos. Odiáis lo que sois. Odiáis haber nacido fae… y odiáis, sobre todo, haber nacido mujer.
La miré sin parpadear. Intenté incorporarme, pero un relámpago de dolor me atravesó la espalda y tuve que morderme el labio para no gritar.
—Os he observado —continuó, impasible—. Aquella noche, cuando Nissa se refirió a vos como la Dama Roja, vuestros ojos se encendieron. Parecían los de alguien que por fin había escuchado la verdad que llevaba esperando toda su vida.
—No sé de qué me estáis hablando —conseguí decir, con un hilo de voz.
Lady Nohr inclinó el rostro y parte de él se sumergió en sombras.
—Quiero demostraros que estáis equivocada, lady Vienna. Las batallas no se ganan con espadas ni con gritos. Las damas faes tenemos armas más poderosas. —Su sonrisa se torció, afilada—. Una mirada, una palabra… y algo más que aprenderéis cuando estéis casada.
—Una sonrisa —respondí, tras un largo instante de silencio— no me sirvió de nada cuando un bandido intentó matarme aquel día, durante el camino al Valle de los Cuatro Ríos. De no haber sido por sair Erik, yo…
—¿Creéis que sois la única a la que un harapiento ha amenazado? —me cortó, alzando la voz con repentina dureza—. Esa escoria es muy fácil de controlar. Sois hermosa. —Se inclinó hacia mí, como si quisiera cerciorarse—. Lo suficiente para que los varones pierdan el juicio por vos.
—¿Me estáis diciendo que me aproveche de ellos? —pregunté, desconcertada.
Su sonrisa se ensanchó, tan fría que dolía. El silencio entre ambas se tensó como una cuerda a punto de romperse.
— Querida —suspiró, con voz melosa—, ellos se aprovecharán de vos tarde o temprano… si es que no lo han hecho ya.
Sus ojos descendieron por mi piel, donde el ungüento aún brillaba bajo la luz mortecina. El gesto de su rostro se contrajo en una mueca extraña, llena de repulsión y deseo.
—Es una lástima que Odile sea su sobrina —añadió, alzando una ceja—. De no ser así, os aseguro que mi hija habría encontrado la manera de convencer a Kyros para que no la azotara.
Algo se me revolvió en el estómago.
—No podéis estar hablando en serio.
—Niña, no os escandalicéis tanto. Vuestra madre, de haber vivido, os habría enseñado lo mismo —dijo, agitando la mano casi con aburrimiento—. Sé que sois más lista de lo que aparentáis.
—Ya me he disculpado —mascullé, tratando de controlar la furia que empezaba a corroerme—. No sé qué más queréis de mí.
—Estoy intentando mostraros la forma en la que podréis ser feliz aquí. —Ella dejó escapar un suspiro y negó, como si me diese por un caso perdido—. No queráis convertiros en lo que una dama fae no puede ser —añadió, mirándome directamente a los ojos.
—¿Es un consejo?
—Es una amenaza .
Su sonrisa fue un relámpago afilado y el mundo pareció encogerse a su alrededor.
Sentí la sangre retirarse de mis mejillas.
—La próxima vez que intentéis dañar a mi hija, no responderéis ante lord Kyros —prosiguió, levantándose del sillón con elegancia—. Lo haréis ante mí.
Sus pasos resonaron contra la piedra mientras avanzaba hacia la puerta. Sin embargo, cuando sus largos dedos rozaron el picaporte, se detuvo, sin abrirla.
—Es una pena que notenga vuestra confianza. Jamás he tocado ningún arma, pero ya he ganado muchas batallas. —Me dedicó una sonrisa ambigua—. Incluso os he ganado a vos.
—¿A mí? —pregunté, con el ceño fruncido.
No respondió. Se mantuvo un instante inmóvil, observándome con una serenidad inquietante. Luego, desviando la vista, añadió:
—Me han llegado rumores de que mantenéis buena relación con cierto varón.
Mi respiración se quebró. Un calor abrasador me subió por el cuello, mezclándose con un frío punzante que me heló el pecho. En mi mente apareció, inconfundible, la mirada negra del Fantasma.
—Lord Erroll parece apreciaros mucho… y pronto, si los Inmortales quieren, heredará la provincia de Umbría.
Me quedé en blanco durante un instante. Tenía que haber escuchado mal.
—¿Lord Erroll? —repetí, sintiendo la boca súbitamente seca.
—Esta misma mañana, antes de vuestra pequeña escena con la espada, ha hablado con Kyros. Ha preguntado por la disponibilidad de vuestra mano —lo decía en tono indiferente, haciendo caso omiso de la expresión horrorizada que iba apoderándose poco a poco de mis rasgos.
Me quedé en blanco. Las palabras me resbalaron por la piel como cuchillas.
—Mi mano está ocupada —repliqué de inmediato.
—Ah, ¿sí? ¿Y quién es el afortunado? —preguntó, dejando que el sarcasmo gotease en cada sílaba.
—Raen Zenir —mentí sin pestañear—. Mi padre le entregó mi mano.
Ella arqueó una ceja.
—Pero tal unión no llegó a ser oficial. —Sus labios se curvaron en una sonrisa pálida—. Imagino que aún conserváis vuestra inocencia, ¿verdad?
El rubor me subió al rostro con violencia.
No hizo falta responder. Su sonrisa se ensanchó.
—Lo imaginaba —añadió, casi con dulzura.
Aparté la vista, clavando los ojos en la almohada. De pronto, el dolor había regresado a mí, más intenso que nunca.
—Vuestra hija Odile podría sentirse ofendida —dije, obligándome a hablar despacio para que la desesperación no asomara entre las palabras—. Es mayor que yo. Debería casarse antes.
—Sería lo lógico —admitió, alisándose una arruga invisible en la falda—. Pero, dadas las circunstancias, Kyros y yo hemos considerado que vos sois nuestra prioridad.
Las palabras me aplastaron.
—Yo no quiero casarme con él —susurré. La voz me tembló. Sentí las lágrimas asomar de mis ojos ardiendo.
—Afortunadamente, querida, eso no depende de vos.
Hubo en su mirada, por un instante, un destello que casi pareció compasión. Pero duró menos que un parpadeo.
—Yo fui obligada a casarme siendo una niña.
Veyl me sacaba más años de los que quería contar.
Lo odié al principio, pero luego aprendí a amarlo —prosiguió con voz ausente, casi nostálgica—.
Yo obedecí la orden de mi padre —continuó ella, volviendo a clavar en mí sus ojos claros, duros como el cristal—.
Y vos obedeceréis a Kyros, porque estáis bajo su cuidado. No hay más que hablar.
—¡Lord Erroll tiene la edad de mi padre! —exclamé, ahogada.
Lady Nohr arqueó una ceja, divertida.
—Si seguís mis consejos, sabréis exactamente qué hacer con él. —Respondí con un silencio espeluznado—. Estoy segura de que seréis muy felices —añadió, con esa sonrisa perfecta que nunca parecía alcanzarle los ojos—. Y de que le daréis muchos hijos.
Tuve que apartar la mirada para que no viera la repulsión que había cruzado mi cara.