17 #2
Fern abrió la puerta antes de que él llegase a llamar. Al verme, soltó un grito contenido.
—¡Por La Plateada! ¿Qué te han hecho? —exclamó, llevándose las manos a la boca.
—Necesito crema de lavanda y amapola —ordenó el Fantasma, cortante, antes de que yo llegase a pronunciar palabra.
—Sair Erik —balbuceó ella—, sería mejor que yo la atendiera. Vos… podríais traer…
—Largo —gruñó él, y su voz retumbó como un trueno.
Fern obedeció al instante, desapareciendo tras la puerta.
El Fantasma soltó una breve carcajada, amarga y baja.
—A veces tiene sus ventajas tener una fama tan horrible como la mía.
No supe si era una broma o una verdad. No supe qué responder.
Me guio con cuidado hasta la cama y se detuvo, todavía sosteniéndome, cuando mis rodillas tocaron el borde.
—Deberías colocarte boca abajo.
No tenía fuerzas para objetar nada. Me dejé caer sobre el colchón y enterré el rostro en la almohada para ahogar el gemido que escapó de mi pecho.
La capa se posó sobre mis heridas, y aquel simple contacto me arrancó un jadeo entrecortado.
El calor era insoportable; la carne me latía bajo la piel como si algo vivo y furioso se agitara en su interior.
De soslayo, vi al Fantasma acercarse. Solo alcancé a distinguir parte de su armadura, el movimiento lento y calculado de sus manos. Había dejado los guantes sobre la cama, tan cerca que casi podía tocarlos.
En aquel preciso instante, Fern entró apresuradamente por la puerta, jadeando, con una pequeña vasija de barro en las manos. El líquido que contenía era espeso y grisáceo.
El Fantasma la observó un instante antes de tomar el recipiente.
—Muy bien —asintió—. Ahora fuera.
—Pero… —empezó Fern.
— Fuera .
Ella me miró, con los ojos brillando de angustia. Yo no respondí. Ni siquiera levanté la vista. Cuando la puerta se cerró tras ella, la habitación quedó sumergida en un silencio pesado, apenas roto por el crepitar del fuego en la chimenea.
—Apartaré la capa y deberé abrirte más el vestido para poder aplicarte la pomada —dijo él, tras un largo instante de silencio. La voz sonó más baja, más áspera.
Sus manos desnudas se acercaron.
El aliento caliente me acarició la nuca.
Las yemas, cálidas, rozaron el borde de la tela, mientras el corazón amenazaba con fundirse con mi piel.
El ambiente de la habitación se había vuelto irrespirable.
Sus dedos tiraron del borde de la capa. La tela comenzó a deslizarse. Lenta, deliberadamente lenta. Cada pliegue que ascendía sobre mi piel se llevaba un fragmento de mi razón consigo. El aire era una piedra en la garganta, pesada e inmóvil; no alcanzaba mis pulmones.
El roce del tejido era un rumor de terciopelo, una caricia que dolía más que los azotes. Las yemas de sus dedos, al tocar mi piel, parecían marcarme con un fuego invisible.
Apreté los puños. El silencio entre ambos era un abismo donde solo existían el calor, mis latidos descontrolados y la culpa.
La capa cayó de golpe, con un sonido seco, y el hechizo se quebró.
Un instante después, oí un siseo metálico. Lo miré por encima del hombro; había desenvainado uno de los puñales que llevaba en el cinto.
—Tengo que cortar la ropa interior —dijo, ronco—. No puede quedar adherida a las heridas.
Asentí, y volví a hundir el rostro en la almohada. Clavé las uñas en el colchón cuando sentí la punta, helada, deslizarse por mi piel, desgarrando con cuidado los jirones de tela blanca.
El Fantasma exhaló sobre mi piel desnuda y yo apreté los párpados con fuerza. El dolor se había convertido en una molestia lejana. Ahora, lo que llenaba mi cabeza era un zumbido intenso, que me envolvía y mareaba.
Cuando no hubo nada más que cortar, él introdujo sus manos entre la tela del vestido y mi cuerpo, y la apartó un poco más.
Sus yemas estaban a un suspiro de mi estómago. Bajo ellas, mi piel se había convertido en un montón de brasas.
Él se quedó paralizado y yo no me atreví a mirarlo de nuevo. Durante un momento que pareció no terminar nunca, pensé que seguiría abriendo el vestido, que cruzaría esa línea invisible que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.
Pero no lo hizo.
Sin decir nada, el Fantasma sostuvo la vasija. Metió los dedos en la mezcla espesa y, con un cuidado que no parecía hecho para unas manos creadas para matar, comenzó a aplicarla sobre mis heridas.
El contacto fue un latigazo frío.
Me estremecí, pero no por el escozor.
—No te muevas —murmuró—. Tus heridas sanarán. Eres una fae —pronunció aquello último como si se lo estuviera recordando a sí mismo.
—Tienes manos de sanador —dije, luchando por que mi voz no sonara rota.
—Sí, quizá debería ponerme un hábito y unirme a la Orden Gris.
—Soltó una carcajada amarga, antes de añadir—: He curado muchas heridas como estas.
Aunque no lo creas, este es un castigo que los faes imponen a los humanos en tiempos de rebelión.
Generalmente, a mujeres y niños. Con la diferencia de que nosotros quedamos señalados de por vida por las espinas.
A los hombres nos prefieren marcar a cuchilladas.
—Lo siento —mascullé.
Él no respondió y siguió aplicando el ungüento, tan cerca de mí que su respiración no dejó de acariciarme.
—Deberás quedarte tumbada hasta que la piel absorba esto —dijo por fin, apartándose.
Me lanzó una larga mirada indescifrable, acompañada de una mueca aún más ambigua de sus labios. Sacudió la cabeza y dio un paso atrás, dispuesto a marcharse.
—Espera —susurré, antes de pensarlo.
Alcé la mano y mis dedos atraparon los suyos .