17
F ern me ayudó a lavarme y a vestirme.
Con sus manos, me arrancó de la piel aquel olor pegajoso y arregló mi cabello, que se había convertido en una masa pastosa. Después, eligió un vestido sencillo, negro y con hilos plateados, que representaba los colores de la familia Verlac.
No pronunció palabra, pero se mordía tanto el labio que no supe cómo no lo hizo sangrar.
En la galería me esperaba el Fantasma, envuelto otra vez en sus guantes y en su silencio. Sus ojos cayeron sobre mí, pero yo me obligué a no mirar, a no responder a esa palabra muda que de pronto flotaba entre nosotros.
Me condujo en silencio hasta la zona más alta del castillo de Brumaverde, donde se encontraban las dependencias de la familia.
Si todo el edificio era una representación del Alto Jardín de los Inmortales, aquella zona era tan exquisita que sentí lástima de pisar los suelos alfombrados con hierba viva y flores.
A pesar de estar aseada, de que ni una sola gota de grasa resbalaba ahora por mi cuerpo, me sentí sucia, manchada entre toda aquella pureza.
Las paredes estaban recubiertas de enredaderas con pétalos de colores. Sobre ellas podía ver algunos retratos sobre la familia Verlac. Ojos verdes y atigrados me persiguieron durante todo el camino.
Los aposentos de lord Kyros estaban en la torre en la que desembocaba aquella galería celestial.
Cuando el Fantasma abrió la puerta, coronada con el escudo de la familia, me azotó una bocanada de calor. En el interior, el aire parecía arder.
Se trataba de un despacho amplio, mayor que con el que contaba mi padre en Sombramar, pero estaba tan abarrotado de cuadros, armaduras ornamentales, tapices y muebles que resultaba asfixiante.
Las ventanas apenas eran cuchilladas contra las piedras.
La escasa luz que iluminaba el ambiente provenía de la chimenea que ardía con una rabia descontrolada en uno de los extremos.
Junto al escritorio, de pie, esperaban lord Kyros, con rostro tenso, y Odile, que parecía a punto de vomitar. También había una criada, que aguardaba en un rincón con las manos unidas y gesto incómodo.
Sobre la mesa había una copa dorada, vacía, que todavía humeaba y regalaba al ambiente un olor dulzón. A su lado, todavía con alguna flor prendida en ellas, varias ramas de espino blanco.
Las largas púas volvieron el aire más espeso.
Lord Kyros no me devolvió el saludo cuando me incliné.
—Ambas sois mayores de edad, pero habéis decidido comportaros como crías humanas y, como tales, recibiréis el castigo que os merecéis.
La garganta se me cerró. Mis padres nunca habían usado castigos físicos contra mis hermanos o contra mí.
—Mi madre no lo permitirá —susurró Odile, asustada—. Quiero hablar con ella.
—Lady Nohr lo aprueba mientras no se os vean las marcas que, de todas formas, desaparecerán —contestó él, mientras se apartaba un par de gotas de sudor que resbalaban por su rostro.
Miró de soslayo la copa que había dejado de humear—.
Ambas habéis cometido un acto grave que requiere un castigo igual de severo. Odile, tú serás la primera.
—Pero…
—¿Me vas a hacer repetirlo?
Ella se acercó con pasos cortos y las manos convertidas en puños convulsos.
—Descúbrete.
Fruncí el ceño, sin entender, hasta que la criada que aguardaba en la esquina se acercó y comenzó a desanudarle los cordeles que sujetaban su vestido.
Su espalda blanca quedó al aire, solo cubierta con la tela fina de la ropa interior.
Había girado el rostro, pero podía ver sus mejillas encendidas por la vergüenza.
Di un paso adelante instintivamente, pero la mano del Fantasma se movió rápida y sus dedos se cerraron en mi codo. Lo miré por encima del hombro, horrorizada. Él no me observaba, mantenía las pupilas bajas, pero negó con un gesto seco.
Lord Kyros tomó las ramas de espino y se acercó a su sobrina.
—Pide disculpas por tu conducta infantil —ordenó.
Pero antes de que ella pudiera separar los labios, con un ademán frío golpeó con las ramas la espalda de su sobrina. Odile dejó escapar un grito de dolor y se alejó de él. Una decena de arañazos floreció en su piel.
Me eché a temblar cuando escuché cómo comenzaba a sollozar. No solo por culpa del miedo. Había algo de vergüenza en esas lágrimas. E impotencia. Y mucha frustración.
Aquel castigo no era solo para ella y para mí, sino para cualquiera que tuviera la osadía de salirse del papel que le habían asignado.
Como si fuera una burla, recordé aquella canción infantil que recitaba cuando solo era una niña. Había sido una de las primeras canciones que mi madre le había enseñado a Giry.
Uno, dos, pétalos no,
tres, cuatro, baja la voz.
El viento manda, tú no,
así crece mejor la flor.
Lord Kyros, con el ceño fruncido y la respiración agitada, levantó la rama de nuevo.
—No te alejes —dijo, implacable.
Pero Odile negó y se volvió para encararlo. Sus manos se sujetaban la pechera del vestido para que no bajara más.
—Lo… lo siento, tío —balbuceó, casi sin voz—. Siento lo que hice. Perdonadme, lady Vienna… No se repetirá.
El fae suspiró y le hizo un gesto para que se apartara. Odile corrió a una esquina, con la cara bañada en lágrimas, mirándome con una mezcla de vergüenza y compasión.
—Lady Vienna —dijo él entonces—, venid aquí.
Obedecí. El suelo pareció inclinarse bajo mis pies, mientras la criada deshacía los cordeles que ajustaban el vestido a mi cintura. A pesar del calor que abrasaba aquel despacho, una corriente de aire frío me estremeció cuando mi espalda quedó al aire.
Alcé ligeramente la mirada. Frente a mí, el Fantasma me la devolvió.
—Vuestro turno —dijo Kyros—. ¿Vais a disculparos?
Quizá lo hiciera, pero no en aquel momento. No quería mostrarme débil, no después del patético y cruel espectáculo que había presenciado. Quería demostrarle que era mucho más resistente de lo que creía, que tendría que ser él quien tuviese que ceder.
Mi silencio fue la única respuesta que obtuvo.
—Muy bien.
El golpe me arrebató el aire. Me doblé en dos, pero me negué a gritar. Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se hundieron en mi piel. Un segundo golpe me arrancó un gemido ahogado, pero me mantuve firme, clavando la mirada en un punto indeterminado de la armadura del Fantasma.
Aquellas espinas se clavaban y desollaban. Sentía cómo la carne se abría en finas líneas, marcando cientos de caminos ensangrentados que no llevaban a ningún lugar.
—¿Vais a pedir perdón?
Mi contestación fue un simple parpadeo.
El tercer golpe llegó sin aviso. Después, el cuarto. Cada uno más rápido, más duro que el anterior. La espalda me ardía; sentía cómo la piel se inflamaba y palpitaba al ritmo del corazón. Algo cálido, viscoso, resbaló entre mis omóplatos y recorrió toda la columna vertebral.
Sangre.
Una náusea me subió a la garganta, y por un instante creí que vomitaría.
—¡¿Es que no pensáis decir nada?! —exclamó de pronto lord Kyros, y el siguiente azote me arrancó un jadeo ahogado.
Abrí los ojos y vi cómo Odile, desde la esquina, me observaba espeluznada. Lloraba aún, con el rostro hinchado y enrojecido por tantas lágrimas. La criada que aguardaba a su lado tenía la vista clavada en su delantal blanco, pero la delataba el temblor de la tela.
El Fantasma me escudriñaba con los ojos vidriosos, tan abiertos y dilatados que parecían pozos infinitos. Sus labios se habían vuelto del color de su cabello.
La rama volvió a caer. Una vez más. Y otra. Y otra. Quería arrojarme al suelo y suplicar clemencia, pero mi cuerpo se mantenía rígido, sin moverse ni un ápice cuando era golpeado.
No iba a llorar.
No iba a rogar.
No le daría aquella satisfacción.
Si el fuego me había dejado viva, nadie iba a poder apagarme.
El último latigazo cayó como una sentencia.
El aire se partió en dos, y con él, mi resistencia.
Un grito seco, ahogado, escapó de mi garganta antes de que pudiera detenerlo.
Sentí el ardor extenderse por todo mi cuerpo, una llamarada de sufrimiento que me devoró viva.
Cuando bajé la mirada, vi cientos, miles de puntos carmesíes decorando el suelo de piedra.
Los brazos cayeron a ambos lados de mi torso, sin fuerza, y el vestido resbaló todavía más. Sin embargo, antes de que se deslizase por mi cintura, unas manos lo sujetaron contra ella, cubriéndome a medias.
Los dedos del Fantasma arrugaron la tela con fuerza.
Yo solo quería desaparecer. Salir corriendo.
Hundirme en cualquier rincón donde el dolor no existiera.
Pero no lloré.
Todavía no iba a hacerlo.
—Sair Erik, acompañadla a su dormitorio —ordenó lord Kyros, con una voz que sonaba más cansada que arrepentida—. Estáis dispensada de aparecer en el almuerzo y en la cena. Ordenaré que os sirvan la comida en vuestra habitación.
El Fantasma me rodeó, con una de sus manos enguantadas sujetando todavía la tela de mi vestido. La otra la tendió hacia mí. Me aferré a ella, temblando.
Pasamos junto a Odile Verlac. Sus ojos, desorbitados, se clavaban en mí como si acabara de ver algo que la perseguiría durante el resto de su vida. No dije nada.
El Fantasma cerró la puerta tras nosotros, y el crujido que reverberó en la galería fue un alivio y una condena a la vez.
El frío que corría por aquel pasillo de piedra me estremeció.
Semidesnuda y empapada en sangre, el camino a mi dormitorio sería un martirio.
Atar los cordeles sobre la piel magullada, una tortura todavía mayor.
Pero entonces el Fantasma se llevó las manos a la armadura y, con un pequeño chasquido, se deshizo de la capa negra que colgaba de sus hombros.
Con suavidad, la colocó sobre mí y me envolvió con ella, sin apretar.
—Conozco un atajo —susurró.
Me llevó por caminos secundarios y estrechos hasta mi habitación, donde no había flores ni hierba, solo piedra gastada, techos bajos y antorchas que viciaban el aire.
Nos cruzamos con varios guardias y criados, pero estos se limitaron a seguir su camino cuando los ojos negros del hombre se clavaron en ellos.