16 #2
Me apresuré a abandonar el dormitorio, mientras la angustia comenzaba a corroerme la conciencia.
Apenas tardé en llegar al lugar indicado, un patio hermoso, repleto de árboles con sus frutos verdes, incipientes. La fragancia era tan intensa que arrugué la nariz. Di una vuelta alrededor, pero no encontré a nadie. El señor de Brumaverde no había llegado.
Suspiré, impaciente, y me apoyé en uno de los muros con los brazos cruzados.
El primer golpe fue el sonido del cubo al vaciarse.
El segundo, mi propio aliento, cortado por el frío repentino que me envolvió como una garra.
Una mezcla viscosa cayó sobre mi cabeza con la violencia de una ola podrida. Resbaló por mi cuello, me empapó el corsé, se filtró entre los pliegues de la falda hasta llegar a la ropa interior. El hedor era insoportable, ácido y dulce, olía a carne descompuesta y a vísceras fermentadas.
Me llevé las manos a la cara, frotando a ciegas, intentando arrancar aquella capa gelatinosa que me cegaba.
Cuando al fin conseguí abrir los párpados, vislumbré tres rostros recortados contra el cielo, antes de que desaparecieran de golpe y solo dejaran un cubo de madera que cayó sobre mí. Tuve que apartarme de un salto para que no me golpeara la cabeza.
El líquido seguía cayendo por mis manos, goteando al suelo en lentas hebras de fango rosado.
Permanecí quieta. Muy quieta.
Lord Kyros nunca me había mandado llamar.
Mis pies se movieron antes que mi mente, avanzando entre los árboles frutales para después internarme en la oscuridad del castillo. Sentía la sangre golpearme el cuello, los brazos, los dedos. Me abrasaba.
Cuando subí por una de las escaleras de caracol, me crucé con varios criados que se apartaron de mi camino con miradas desorbitadas.
Aun así, nadie me detuvo. Yo caminé entre ellos con el vestido todavía chorreando, sin mirarlos siquiera, con los puños tan tensos, que las uñas se clavaban en las palmas de mis manos.
Entonces lo vi.
El Fantasma.
Se había detenido en mitad del corredor en el que desembocaba la escalera. Su mirada descendió por mi cuerpo y la expresión se le endureció, pero no dijo nada. Aun así, algo debió de ver en mis ojos, porque echó a andar tras de mí, en silencio. Como una sombra.
Solo tuve que avanzar un poco más antes de ver a tres figuras que se perfilaban contra la luz. El sonido de una burla que aún flotaba en el aire.
La sangre que corría por mis venas se transformó en un grito ensordecedor.
Antes de llegar a ellas, en una esquina, había un soldado montando guardia. El joven me miró con incredulidad, contemplando con ojos muy abiertos mi aspecto deplorable. Durante un instante, su cara me resultó conocida. Como si la hubiera visto en otro momento y en otro lugar.
—Mi señora, ¿qué os ha ocurrido? Si queréis, puedo llamar a…
—No quiero que llames a nadie —le repliqué con brusquedad—. Dame tu espada.
El guardia palideció y me miró, parpadeando. Retrocedió un paso y pegó su espalda a la pared.
—¿Cómo decís?
—Tu espada, maldita sea. —El Fantasma estaba detrás de mí. Podía sentir su presencia—. ¡Dame tu espada!
El joven humano no sabía qué hacer. Miró al caballero, buscando ayuda, pero al no encontrarla se llevó las manos al cinto, donde guardaba el arma.
—Pero…
—¡Es una orden!
No tuvo otra opción que entregármela. Un humano no podía negarse a una petición así de una noble fae. Casi se la arrancó de la vaina y me la tendió con cautela. Masculló algo entre dientes cuando cerré los dedos en torno a la empuñadura.
—Lo… lo siento mucho, mi señora. Pero debo informar a lord Kyros de esto. —Antes de que pudiera detenerle, echó a correr.
No me importó. Tenía tiempo más que suficiente hasta que llegara el señor de Brumaverde.
Sin dudar, con el arma pobremente esgrimida por mis brazos delgados, me dirigí hacia Odile Verlac y sus compañeras, que alzaron la vista hacia mí cuando me vieron.
El sonido de sus murmullos se extinguió.
—¿Qué piensas hacer? —escuché que me susurraba el Fantasma. A pesar de que caminaba muy cerca de mí, oía su voz muy lejos—. Deberías respirar hondo y serenarte. Estás tan enfadada que no ves la estupidez que estás a punto de cometer.
Lo sabía. Una parte de mí, pequeña, casi invisible, aullaba en mi interior, suplicándome que me detuviera.
Pero no podía, no quería . Era demasiado.
Más que demasiado. Me sentía tan sola, tan triste, tan humillada, tan ninguneada, tan llena de rabia, que debía vomitar el fuego que me consumía el pecho.
No podía guardar más silencio.
—Detenme entonces.
Pero él no me sujetó ni hizo amago siquiera. Se colocó a un lado, cerca de mí, con una de sus manos posadas sobre la empuñadura de su gruesa y mortífera espada.
—¿Qué estáis…? —empezó Odile, pero la voz se le quebró antes de terminar la pregunta.
—¡Disculpaos! —la interrumpí, con un grito.
Unos pasos se oyeron al otro lado del corredor y se acercaron a nosotros. Una sombra vestida de seda azul, de cabello negro como la noche, pasó a mi lado y se colocó frente a las tres figuras, con las manos alzadas.
Nissa, la extraña humana, negó varias veces antes de susurrar:
—Dama Roja, os lo suplico. Bajad esa espada.
La punta del acero tembló, pero no retrocedí.
—Debe pedir perdón —siseé.
Odile alzó el mentón, esbozando una sonrisa que no le alcanzó los ojos. Lady Ima y lady Sylin habían retrocedido hasta fundirse con las sombras.
—¿Por qué iba a disculparme? Si lady Vienna habla como las porquerizas, debería oler como ellas.
Los ojos turquesas de Nissa se hundían en los míos. Sus brazos alzados, el muro que creaba su cuerpo frente a la primogénita de los Verlac, rogaban que me detuviera. Pero en sus pupilas bailaban unas sombras que parecían suplicar algo distinto.
—Dama Roja —insistió, en calma—. Lord Kyros viene hacia aquí.
—Las hijas de grandes señores no arrojan cubos de vísceras a sus invitados —siseé, mientras avanzaba un paso más.
—Ni las invitadas devuelven el agradecimiento con insultos —replicó Odile, clavando los ojos en el filo que cada vez se acercaba más.
Yo no parpadeé. El acero reflejaba su rostro perfecto, torcido por el miedo.
—Dama Roja, por favor.
—¡Debe disculparse! —bramé. La mano comenzaba a temblarme. Aún no había recibido ninguna clase de sair Mikail, y la espada era incluso más pesada que la que guardaba bajo el colchón de mi dormitorio—. ¡Hazlo, maldita sea!
Odile volvió a retroceder. Lady Ima y lady Sylin dieron con la espalda en la pared de piedra y emitieron unos quejidos antes de huir por el pasillo adyacente.
Nissa volvió a negar, mientras la única hija de los Verlac desviaba la mirada de las amigas que la habían abandonado hasta mí. Una sonrisa demasiado estirada se extendió por sus labios.
—Debería haber sido a ti a la que hubiese alcanzado el fuego, y no a tu pobre hermana —susurró—. Una bonita quemadura descomponiendo tu cara te haría saber cuál es tu lugar.
No pensé. Con una fuerza de la que no era consciente, aparté a Nissa de un manotazo. Después, hundí la mano en el pecho de Odile y le clavé la espalda en la pared.
A pesar de que sentía su corazón completamente desbocado bajo la palma de la mano, ella logró sujetar aquella maldita sonrisa en los labios.
Una voz que se parecía demasiado a la de mi madre me aullaba desesperada, escandalizada, preguntándome qué estaba haciendo.
Ni yo misma lo sabía, pero no era capaz de detener mis manos, mi cuerpo.
Era como si toda la tristeza, toda la frustración, toda la ira que había acumulado no solo desde el incendio, sino desde que tenía memoria, se hubiesen hecho nervios y músculos.
O quizá así era yo desde siempre, escondida bajo un par de orejas puntiagudas y vestidos bordados.
Aferré la tela de su vestido y la arrugué con rabia. Sentí cómo su estómago se encogía cuando apoyé la punta de la espada en él.
El aire se me escapó a resuellos.
—Nunca vuelvas a…
— ¡BASTA!
Unas manos de hierro me desarmaron. La espada resbaló y cayó al suelo con un golpe seco. Intenté recuperarla, pero el Fantasma pasó el brazo por mi pecho y me inmovilizó. Sentí la dureza de su armadura contra mi espalda.
—Ahora deberías ser una florecilla, y no una loba salvaje —me siseó al oído, mientras lord Kyros se acercaba a nosotros a paso rápido, lívido.
La cólera estaba tallada en cada gesto. Sudaba, como siempre. Tras él, el joven guardia que me había entregado el arma jadeaba, todavía pálido.
—¡¿Qué ocurre aquí?! —exclamó lord Kyros, con la voz desafinada por el enfado.
—Nada que justifique tal comportamiento —replicó Odile con desdén, mientras se apartaba de la pared y se colocaba junto a él. Se sacudió el vestido con desprecio, aunque las manos le temblaban.
—¡Me habéis arrojado un cubo de tripas podridas! —grité.
Las manos del Fantasma me apretaron más, en una advertencia muda.
Lord Kyros me contempló con los labios entreabiertos, de la misma forma en la que contemplaría a una fiera que había huido de su jaula.
Debía tener un aspecto verdaderamente deplorable.
Sentía el vestido y el pelo pegados a mi cuerpo, húmedo y viscoso, y las mejillas calientes hasta extremos inimaginables.
Mi corazón, con su frenético ritmo, parecía que iba a partirse en dos.
—Sois damas faes. Las damas no se arrojan restos de la cocina ni amenazan con un arma —dijo él, relajando súbitamente el tono.
Una capa de hielo enfrió su rostro—. Ambas tenéis edad para estar prometidas.
No debéis comportaros como crías humanas.
—Apretó los labios con asco y meneó la cabeza—. No me dejáis otra opción.
Un escalofrío me sacudió. El fuego que me había encendido se apagó de pronto, dejando unas brasas heladas.
—Sair Erik, acompañad a lady Vienna a su dormitorio. Que se asee y se cambie de ropa. Con premura. —Miró con desprecio mi falda, antes de añadir—: La quiero de inmediato en mi salón privado, esté vestida o no.
Palidecí al oírle. El Fantasma asintió y me hizo un gesto para que lo siguiera. No encontré en su rostro piedad ni reproche, parecía haberse vuelto de piedra.
Mantuve la cabeza baja, arrastrando los pies, mientras las miradas de los Verlac me atravesaban como agujas.
Cuando llegamos al dormitorio me detuve frente a la puerta, exasperada. Antes de posar la mano sobre el picaporte me volví hacia él. Había sentido su mirada honda y lacerante clavada en la nuca durante todo el camino de regreso.
No la soportaba más.
—Habla de una vez.
Alcé las pupilas hasta él, clavando mis ojos en los suyos. Me parecieron más penetrantes y hondos que de costumbre, mucho más oscuros.
—No sabes lo que has hecho. —Su voz era seca, sin rastro de sentimiento.
—Tú sí. Podrías haberme detenido —repliqué. Forcé la voz para que sonase con una calma que no sentía.
—No conviene que los hagas enfadar. Y creo que, en el fondo, lo sabes tan bien como yo. —Ladeó la cabeza y su mirada pareció atravesarme de parte a parte.
—¿Es una amenaza?
—Es una advertencia. Aprende a usar una espada, si así lo quieres. Pero no seas tan estúpida como para esgrimirla en el momento equivocado. —Su expresión torva pareció acentuarse de pronto—. Recuerda que, a los ojos del mundo, eres una florecilla. Y no hay nada que arda con más facilidad.
Me mordí los labios, sin apartar la mirada de él.
El Fantasma suspiró y se quitó uno de sus gruesos guantes de cuero. No entendí su gesto hasta que lo vi acercarse. Su sombra se cernió sobre mí.
Torció los labios en una mueca extraña y, con cuidado, me apartó de los ojos un largo mechón aceitoso que me emborronaba la visión.
Su piel, áspera y caliente, rozó mi mejilla.
Y fue como si me tocase directamente el corazón.
El roce fue mínimo, pero me dejó sin aire.
No había ternura en su gesto, solo una calma extraña, feroz, contenida, y, aun así, mi garganta se cerró.
Sus dedos permanecieron ahí, inmóviles, en un instante que pareció eterno.
—Deberías cambiarte ya —susurró, antes de apartarse bruscamente de mí .