Donde canta la oscuridad 16
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M i hermana no mejoró durante la noche, aunque tampoco empeoró. Las convulsiones habían cesado pero su cuerpo seguía ardiendo, empapado en fiebre. Al amanecer, las hermanas de la Orden Gris y lord Kyros tomaron la decisión que tanto temía: trasladarla al convento de Veldara.

Por más que insistí, por más que supliqué, lord Kyros no cedió. Se mantuvo erguido, sereno, mientras me arrebataba lo único que me quedaba.

—Comprendo vuestro dolor —dijo, evitando mi mirada—, pero debéis aceptar lo mejor para ella. No lo mejor para vos.

Me limité a apretar los dientes, a escuchar sus palabras huecas, mientras a mis espaldas Giry era llevada al carruaje, tan gris como había despertado aquella mañana.

El aire olía a las infusiones de amapola que le habían administrado para dormirla. A través de la cortina del vehículo, vi su rostro pálido, aletargado por los sedantes.

—Volverá sana y salva, ya lo veréis —dijo lord Kyros. Ni él mismo parecía seguro de sus palabras.

No le respondí. Me quedé quieta, observando cómo el carruaje se alejaba levantando tras de sí una nube de polvo.

Vuelve a mí, Giry, le supliqué, cuando desapareció tras los muros. Sin ti, aunque reconstruyan el palacio, no habrá un hogar al que regresar.

—Deberíais desayunar algo, lady Vienna —dijo lord Kyros, posando una mano en mi hombro—. Estáis pálida.

—No tengo apetito. Me gustaría pasear.

—Como gustéis.

Me incliné en una reverencia mecánica y me alejé en dirección a mis dependencias. Quería encerrar mi rabia, mi impotencia, mi miedo. No quedaba espacio para nadie más.

O, al menos, eso creía.

Un súbito llanto me hizo detenerme. Agucé el oído, intentando identificar de dónde provenían los gemidos entrecortados y jadeantes que llegaban hasta mí.

Sin embargo, fueron las ruidosas carcajadas que escuché después, las que me hicieron internarme por un pequeño pasillo, cercano al Claustro de las Rosas, en uno de los jardines exteriores de la primera planta del castillo.

Al fondo vi una figura arrodillada, rodeada por tres damas faes que casi la ocultaban con sus faldas abultadas. El reflejo de las telas rosas, verdes y plateadas hería la vista.

La reconocí con un jadeo.

—Fern —susurré, y sentí un tirón en el pecho.

Ella levantó la cabeza y enseguida la bajó, avergonzada. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. En sus manos sostenía una pluma que aún goteaba tinta, y sobre su delantal un borrón negro se extendía como una herida. El tintero, volcado a sus pies, había empapado la tela.

Y frente a ella, como tres buitres, estaban Odile Verlac y sus compañeras inseparables: lady Ima y lady Sylin. Las carcajadas se apagaron en cuanto me vieron.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —pregunté, con la garganta súbitamente seca.

El silencio que siguió fue más cruel que las burlas.

—Tenéis una criada con aire de señora y manos de cerdo —comentó lady Odile, con un suspiro—. Le pedimos que copiase unas líneas y ha salido esto.

Lady Ima dio un paso adelante y le arrebató el pergamino a Fern con un gesto brusco.

—Solo le propusimos unas pocas correcciones, y se echó a llorar —añadió, apuntándome con su nariz ganchuda.

Pude ver unos cuantos garabatos de aspecto infantil y algún que otro manchurrón oscuro.

No solo sentí un pinchazo de rabia. Fern apenas sabía escribir. Una vez, hacía tiempo, me había preguntado si podría prestarle algún libro que la ayudase, pero la observé con tanta incredulidad que se apresuró a pedir disculpas, con las mejillas enrojecidas.

Los faes no enseñaban a los humanos. Leer no era algo propio de sirvientes, era algo que había oído más de una vez de los labios de mi madre, pero de pronto la culpabilidad me dejó seca la garganta.

¿Por qué no la había ayudado entonces? ¿Por qué ni siquiera le había prestado el libro que me había pedido? Ella siempre me lo había dado todo. Más de lo que se le exigía. ¿Por qué no le había dedicado ni un solo instante de mi tiempo?

Me acerqué para inclinarme a su lado. Fern me miró desde el suelo, derrotada, con la pluma todavía temblando entre los dedos.

—¿Por qué está manchada la falda de tinta? —pregunté en voz baja.

—Tiene manos torpes. Nosotras nos limitábamos a sostenerle el tintero, pero ella lo tiró —contestó lady Sylin.

Fern había dejado de llorar, pero podía ver los surcos que habían formado las lágrimas en su rostro al atravesarlo de norte a sur. Mi ceño se arrugó aún más cuando me recliné y la sujeté para levantarla. Ella asió mi mano y se dejó guiar, colocándose justo detrás de mí.

Lady Odile y sus acompañantes me contemplaban en un silencio expectante.

—Sabéis muy bien que gran parte de la servidumbre no sabe escribir —dije, en voz baja y ronca—.

La gran mayoría ni siquiera habría sido capaz de sostener correctamente la pluma con los dedos.

Fern ha conseguido escribir algo sin necesidad de tener maestros que le enseñasen desde niña, como nosotras.

El silencio mordió el pasillo. Las sonrisas se desdibujaron mientras las miradas se cerraban como puertas.

—No volváis a reíros de ella. Os lo advierto.

Lady Ima y lady Sylin intercambiaron una mirada escandalizada, mientras la única hija de los Verlac inclinaba la cabeza hacia atrás para reírse suavemente.

—Lady Vienna, recordad que este es mi castillo y que vos solo sois una invitada —me dijo, con voz melosa—. Si quisiera, solo tendría que chascar los dedos para que encerrasen a esa criada vuestra en la celda más mohosa.

—No seríais capaz —siseé, estrechando la mirada.

—Una palabra mía contra la patética doncella sin apellido de una invitada lejos de sus tierras, decidme ¿a quién creéis que obedecerían? —Sus labios se curvaron en una sonrisa—. Aguardo vuestra respuesta.

—Podéis quedaros esperando —le repliqué, con los brazos rígidos y las manos convertidas en puños—. Hablad todo lo que queráis, pero recordad que escapé de las llamas de un castillo que engulló más de cien vidas. Yo que vos, recapacitaría antes de pronunciar una amenaza.

Volvió a reírse, mientras lady Ima y lady Sylin la acompañaban.

—¿Qué os creéis que sois? ¿Un fantasma vengador?

—Desde luego, algo más que una zorra de noble cuna.

Las carcajadas se cortaron de un tajo. Me percaté demasiado tarde de lo que acababa de decir, de lo que conllevaba. Sin embargo, me tragué la disculpa, manteniendo la expresión glacial, tensa.

Muy lentamente les di la espalda, tirando de Fern para que me siguiera. Hasta que no doblamos la esquina y nos alejamos lo suficiente, no pude volver a respirar.

—¿Qué has hecho? —balbuceó, asustada, echando un vistazo por encima de su hombro.

—Lo que debía. No dejar que te pisotearan —contesté, con la voz quebrada—. Te vertieron el tintero por completo, ¿verdad?

—¿Y qué más da? —murmuró Fern—. Habría preferido que me vaciaran cien encima antes de que dijeras algo así.

Enrojecí por la vergüenza y el súbito enojo.

Aún no sabía cómo había sido capaz de pronunciar aquellas palabras.

Las pupilas de Odile Verlac se habían dilatado cuando había escuchado el insulto.

Estaba segura de que más de una mujer, fae o humana, lo había susurrado a sus espaldas, pero yo había sido la primera en decírselo a bocajarro.

—Se lo merecía —insistí, con un fuerte amargor en la lengua.

—Se merecía eso y más, pero tú no eras la indicada para decírselo —suspiró Fern, meneando la cabeza—. Estoy segura de que tratará de hacerte daño. Se lo he visto en los ojos. —Se mordió el labio con fuerza—. Es una fae, Vienna. Puede hacer lo que desee conmigo.

—Eso es una estupidez, Fern. Yo también lo soy, y…

—¿Viste alguna vez el dormitorio en el que descansaba en el Palacio de los Vientos?

—me interrumpió. Una chispa de rabia devoró su mirada clara—.

No, ¿verdad? Era una habitación húmeda y minúscula, donde dormía hacinada con otras criadas.

Aunque era mejor que el sótano que ocupo aquí —añadió, con voz sombría.

—No… no sabía… —La voz se me volvió de cristal. La vergüenza hizo un nudo con mi lengua—. Hablaré con lord Kyros para que te busquen un lugar mejor.

—No, no quiero que lo hagas, Vienna. Estoy acostumbrada a estos tratos.

Soy humana, y ellos son faes. Es lo habitual.

Lloro, sufro, pero me vuelvo a levantar.

Es lo que hacemos los humanos, una y otra vez.

Hasta que decimos basta . —La miré, muda, y no pude evitar preguntarme dolorosamente cuánto tiempo llevaban esas palabras dentro de ella, arañándola sin piedad—.

Lo que has hecho hoy no nos traerá ningún bien. Ni a ti ni a mí.

No fui capaz de responder. La dejé marcharse a su habitación para que se cambiara de vestido y pudiera lavarse la cara. Estaba asustada y sus palabras se habían extendido como sogas invisibles para envolverme por completo.

Hasta que no abandonó el dormitorio, no pude respirar hondo y dejar que un escalofrío me recorriera de arriba abajo la columna vertebral.

Me mantuve recluida en mis aposentos, sentada sobre el sillón de terciopelo, pensativa y mirando por la ventana.

Una parte de mí decía que debía disculparme y suplicar su perdón sin importar lo que costase.

Su padre era ahora el responsable de mis tierras y, aunque me había prometido cuidarlas, debía tener cuidado. Sin embargo, otra se negaba en rotundo.

Muchas faes nobles se disculpaban en falso. Pero yo no quería ser otra más, como Odile Verlac, como lady Ima y lady Sylin, o como mi propia madre. Yo quería ser algo distinto.

No sé cuánto tiempo estuve sumida en mis pensamientos, pero cuando llamaron a la puerta de mi habitación el sol se encontraba en lo más alto del cielo. Sin embargo, apenas calentaba.

—Pasad —dije, poniéndome en pie.

Un guardia de los Verlac abrió la puerta y asomó la cabeza por ella.

—Mi señora, lord Kyros me ha mandado buscaros —me comunicó—. Ha ordenado que acudáis al Patio de los Naranjos.

Odile se lo ha contado, pensé al instante, palideciendo.