Donde canta la oscuridad 15
29%

15

M e despertó un roce metálico.

Parpadeé, somnolienta, mientras me incorporaba. Esperé encontrar a Fern, pero en vez de ver su largo delantal blanco, me topé con el brillo frío de una armadura que reflejaba las brasas de la chimenea.

El sueño desapareció de golpe y jadeé.

—Perdonad la intromisión —dijo el humano, sin cortesías innecesarias—. Es la única hora en la que podemos hablar sin testigos.

La luna brillaba con fuerza, no debía de haber pasado mucho tiempo desde que me había acostado.

Entorné la mirada, confusa, y de pronto lo reconocí.

Era sair Mikail, el capitán de la guardia.

Lo había visto antes esa noche, mientras compartía un baile con lord Kyros.

Pero no entendía qué hacía aquí, de madrugada, en mi dormitorio.

Giry , murmuró una voz oscura en mi cabeza.

—¿Qué… ocurre? —pregunté, con un hilo de voz.

—No voy a andarme con rodeos —contestó—. Sair Erik me ha dicho que queréis aprender a luchar. Y que debajo de vuestro colchón escondéis la espada que le falta a uno de mis soldados.

Una arcada de miedo ascendió por mi garganta, pero no hablé, incapaz de mentir o de decir la verdad.

Él esbozó una pequeña sonrisa.

—No he informado a lord Kyros. Ni le informaré —añadió.

—¿Por qué? —pregunté, sin poder evitarlo.

—Cuentas pendientes —respondió él, lacónicamente—. Que uno a veces se ve obligado a devolver.

Entre las sombras de mi dormitorio me pareció ver al Fantasma, a la forma en la que me había desarmado y había apoyado el filo de su propia espada contra mi cuello.

La próxima vez que levante la espada contra ti... susurró el recuerdo de su voz, demasiado cerca de mi oído.

—¿Deseáis aprender, entonces?

—Con toda mi alma.

Sair Mikail me dedicó una larga mirada. Sus pupilas me evaluaron en silencio mientras se detenía demasiado en mi largo cabello negro y en la falda del camisón que escapaba bajo las sábanas.

—He sido maestro de esgrima durante muchos años, antes de ser capitán de la guardia —dijo—.

Formé a muchos: caballeros, guardias, e incluso a hijos de señores faes.

No prometo indulgencias. Si os entreno, será como a cualquiera, con disciplina y sin contemplaciones.

Y lo que ocurra aquí, dentro de esta habitación, quedará entre nosotros.

Nunca he visto a una fae blandiendo nada más peligroso que una aguja para bordar y, por tanto, no sé cómo podríais desenvolveros con una espada en las manos.

—Tomó aire y pareció dudar durante un momento, como si pensase en el fondo que aquello no era más que una locura—.

No esperéis un trato especial. Yo os ofrezco mis servicios, pero vos debéis guardarme el mismo respeto que yo os guardo de puertas para fuera de estas cuatro paredes. ¿Aceptáis?

Ni siquiera dudé.

—Acepto.

El humano sacudió la cabeza y caminó unos pasos hacia mí, para contemplarme más de cerca. Frunció ligeramente el ceño al entrever mis brazos delgados bajo la tela del camisón.

—Entrenaremos aquí, en vuestro dormitorio —dijo al fin, recorriendo la habitación con la mirada—. Hay espacio suficiente para los primeros movimientos. Las lecciones comenzarán mañana. Serán al amanecer, antes del desayuno. Ni una palabra a nadie, ¿entendido?

Asentí.

—Haré que mi doncella consiga un uniforme apropiado.

Él negó despacio, y el reflejo de la lumbre recorrió las líneas de su rostro.

—No. Lucharéis con lo que lleváis siempre.

Sin pantalones, sin prendas de varón. Si alguna vez tenéis la necesidad de empuñar una espada, será vestida como una dama.

Es mejor que aprendáis a moveros entre telas y corsés aquí dentro antes de que tropecéis con vuestra falda cuando sea demasiado tarde.

Tragué saliva. Tenía razón.

—Practicaremos todos los días —continuó—. Será agotador. Os dolerán los músculos, los brazos, incluso el orgullo.

La voz se le enronqueció.

—Aprovechad las lecciones mientras podáis. No sé de cuánto tiempo dispondré. Hay problemas en la frontera del Valle de los Cuatro Ríos. Puede que tenga que regresar pronto.

—¿Una revuelta humana? —pregunté.

Su mirada se ensombreció. Tardó un instante de más en responder.

—Sí, así es. —Dio media vuelta con un ademán seco—. Descansad, mi señora. Mañana empezaremos antes del alba.

—Buenas noches, sair Mikail.

Sin embargo, cuando sus dedos estuvieron a punto de rozar la puerta, se detuvo. Me observó por encima del hombro, y su voz descendió un tono.

—No le deis las gracias a sair Erik.

—¿Por qué no?

—Creedme, lady Vienna —contestó, y en sus ojos se encendió una chispa de advertencia—. Os lo digo por vuestro bien. Para vos, para él, para todos, será mejor que no os involucréis.

No añadió nada más. Tampoco me dio oportunidad de preguntar a qué se estaba refiriendo. Se inclinó brevemente y salió, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Me dejé caer sobre el colchón, con el corazón latiendo con la misma desesperación con la que un pajarillo intenta huir de su jaula. Las brasas de la chimenea todavía temblaban, extendiendo siluetas rojas por las paredes. Una se parecía demasiado a una figura humana.

Fuego , murmuró una voz en mi cabeza, y me pareció tan sinuosa y susurrante como la de Nissa.

Fuego .

Ardiente.

Voraz.

Imparable.

Asesino.

Purificador.

Y en el centro de esas llamas, como aquella noche en la que había sostenido a Giry entre sus manos, vi el rostro de sair Erik, con su cabello flotando alrededor como el halo que envolvía siempre a los Inmortales .