Donde canta la oscuridad 14
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–¿ V ienna?

La voz llegó tan repentina como una cascada de agua helada. Me di la vuelta con los ojos desorbitados y el pulso a punto de reventar. Apoyé la espalda contra la piedra para no desplomarme. Fern estaba frente a mí con el ceño fruncido.

—¿Sí? —respondí, tratando de mantener la compostura.

Ella me miró unos instantes más antes de negar ligeramente. Preguntar si estaba ebria sobraba, dado que ni siquiera era capaz de erguirme por completo.

—Te… te estaba buscando —empezó, con la voz trémula—. Es Giry. Las hermanas de la Orden Gris me han pedido que viniera a por ti.

—¿Qué? —jadeé, mientras me separaba de la pared, trastabillando—. ¿Por qué?

Fern se mordió el labio.

—Su estado ha empeorado. Mucho .

La frase se clavó en mi pecho como un puñal helado. La calidez asfixiante que la Sangre de Aurora me había regalado se desvaneció de golpe, mientras el frío saturaba mis venas.

—Necesito verla —susurré.

Di media vuelta y eché a correr. Avancé bamboleante por las galerías, tropezando con algunos guardias y con invitados que ya habían abandonado el baile. No les dediqué ni una reverencia.

Abrí con violencia la puerta de la habitación de Giry y esta impactó contra la pared. Sor Lilia y sor Malis, junto a los pies de la cama, se volvieron para mirarme. El cansancio cubría de sudor sus expresiones preocupadas.

No saludé. Crucé la estancia de un salto y me arrodillé junto a la cama.

Giry tenía los ojos abiertos por primera vez en días, aunque no parecía ver nada.

Estaban fijos en el techo, empañados. La piel le brillaba de sudor y el cabello rojizo, apelmazado, se le pegaba a las sienes.

La larga quemadura se había transformado en una costra violácea que rezumaba un pus amarillento y denso.

Un súbito miedo me estremeció.

—Giry… —musité.

—No puede oíros, lady Vienna —dijo sor Lilia a mi espalda—. Si mañana sigue así, tendremos que llevárnosla.

Aquellas palabras fueron peores que una bofetada. Me volví hacia ella, con las manos arrugando las sábanas de la cama. Negué varias veces. No podía perderla. No a ella. Era lo último que me quedaba del mundo que se había quemado.

—¿Llevárosla? —repetí, con la voz quebrada—. ¿A dónde?

—Aquí no contamos con los remedios adecuados para los pacientes críticos, mi señora —intervino sor Malis, con gravedad—. En nuestro convento podremos cuidarla día y noche.

—Traed entonces esos remedios aquí —respondí, más brusca de lo que quería.

Las dos hermanas intercambiaron una mirada sombría.

—No es tan sencillo, lady Vienna —suspiró sor Lilia—. Vuestra hermana…

—¡¿Cómo ha podido empeorar tanto?! —grité de pronto. Me volví con brusquedad hacia ellas y el mundo dio un giro delirante a mi alrededor.

—La ira no servirá de nada, mi señora —replicó sor Malis, glacial—. La decisión ya está tomada. Lord Kyros ha dado su consentimiento.

—Las quemaduras son heridas traicioneras —añadió sor Lilia, más suave—. Vuestra hermana es joven, pero la fiebre la devora. Si la infección llega a la sangre… no habrá remedio. Incluso para los faes resultaría letal. Lo comprendéis, ¿verdad?

Sentí la garganta cerrarse. Sí, lo comprendía, esa era la verdad, pero esa certeza me atravesaba como un hierro ardiendo. Las lágrimas me ardían en los ojos, empapadas aún en Sangre de Aurora y rabia.

Me puse en pie con lentitud. Las rodillas estuvieron a punto de cederme y una arcada me explotó en la garganta. Logré contenerla a duras penas.

—Vi… Vienna…

El sonido de su voz me detuvo en seco. Me arrancó las náuseas. Caí de nuevo sobre un lado de la cama. Mi hermana tenía los ojos abiertos, opacos, y movía los labios con un esfuerzo que me desgarró.

—Giry —susurré, tomándole la mano—. Estoy aquí.

Su piel ardía como si guardara fuego debajo.

—¿Y… ma…dre? —balbuceó, con la voz rota—. ¿Mi… habitación?

Unos dedos invisibles me arrancaron el corazón. Por los Inmortales. No lo sabía. No recordaba nada. Para ella, todo seguía en pie: nuestro castillo, Kallias, Raen, nuestros padres… Para ella, aquella última noche no había existido.

Apreté la mandíbula y traté de que la voz no me temblara.

—Madre no está aquí ahora —mentí con dulzura—. Pero ellas —señalé a las hermanas de la Orden Gris— te cuidarán hasta que vuelva.

—¿Por qué? —murmuró.

—Porque estás enferma, y ellas saben cómo curarte.

Giry asintió, débil. Intentó moverse y su cuerpo se contrajo con un espasmo. De su garganta escapó un gemido agudo, descontrolado.

—Me duele… —musitó—. Todo me duele.

Movió la cabeza y la compresa de su frente cayó al suelo. Volvió a sacudirse, pero yo la sujeté por la barbilla. Un espejo reposaba en el tocador cercano. No podía permitir que viera lo que el fuego le había hecho.

—No te muevas —le pedí, empapando otro jirón de tela y apoyándolo con cuidado sobre su frente abrasada—. Duerme un poco. Vas a ponerte bien, te lo prometo.

Sus ojos, tan parecidos a los míos, me buscaron entre el calor y el delirio.

—¿Dónde… está él?

— ¿Él? —repetí, con un escalofrío que me atravesó el pecho—. ¿Hablas de padre?

Pero algo en su mirada me hizo pensar que no.

—Él… —susurró Giry, con la voz hecha jirones— cantaba…

Sentí una presión en el hombro. Sor Malis intentó apartarme de la cama, pero yo me resistí, lanzándole una mirada fulminante por encima del hombro.

—Vuestra hermana delira —dijo, sin inmutarse—. No sabe lo que dice.

Quizá. Pero escucharla hablar, aunque fuese entre sombras, era mejor que el silencio muerto que me había ofrecido durante días.

—Cantaba… —masculló Giry, respirando con dificultad—. Cantaba bien. Su voz era… bonita. —Tragó saliva, el pecho le subía y bajaba con espasmos—. Yo estaba asustada… y me tranquilizó. Su canción…

Cerró los ojos y de sus labios temblorosos brotó una melodía débil, quebrada. Jadeé. Ya había escuchado esa canción, ese ritmo ondulante e hipnótico. La tonada terminó con un ataque de tos que sacudió su diminuto cuerpo.

—Era rojo.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué has dicho, Giry? —pregunté, inclinándome sobre ella.

—Quién me sacó del fuego… era rojo —susurró, entre jadeos—. Me dijo que no tuviera miedo… y me cantó.

Volvió a tararear la misma melodía, pero esta vez el tono subió, áspero, hasta convertirse en un aullido descontrolado.

De pronto, su cuerpo se arqueó y comenzó a convulsionar.

Sus ojos se cubrieron de blanco y un hilo de sangre escapó de sus labios tensos cuando se mordió la lengua.

Sus manos se convirtieron en dos garras rígidas que tiraron sin piedad de las sábanas. La cadera se le elevó hacia el techo.

—¡Sácala de aquí! —vociferó sor Malis—. ¡Largo!

Sor Lilia tiró de mi brazo, pero mis pies se negaron a moverse. Miraba, horrorizada, cómo el cuerpo de mi hermana se retorcía con una fuerza imposible, mientras su cabeza golpeaba el cabecero de la cama una y otra vez.

Sor Malis se abalanzó sobre ella y consiguió inmovilizarla unos instantes, mientras introducía una pequeña ramita entre los dientes de Giry antes de que terminara arrancándose la lengua.

— ¡FUERA!

Esta vez no pude resistirme. Sor Lilia me arrastró hasta el pasillo y cerró la puerta con un golpe seco a su espalda.

—Deberíais descansar, mi señora —dijo, con la voz entrecortada—. Si al amanecer sigue con vida, veremos si es prudente trasladarla al convento de Veldara.

—No… —empecé a decir, pero ella ya había desaparecido en el interior de la habitación de mi hermana.

El cerrojo del dormitorio de Giry chirrió al cerrarse y un silencio denso se instaló en el pasillo. Los gritos se habían desvanecido.

Me quedé allí quieta durante tanto tiempo, que cuando volví a moverme sentí las piernas entumecidas.

Entré en mi habitación y cerré la puerta tras de mí. El fuego ardía en la chimenea, la luz danzaba sobre las paredes, pero todo me resultaba extraño, ajeno.

Me acerqué a la cama, pero no me dejé caer sobre ella.

Levanté el colchón y saqué la espada.

Con las manos temblorosas aferradas a la empuñadura del arma, me coloqué en el centro de la habitación, y la alcé por encima de mi cabeza.

Maldita sea.

El filo descendió, cortando el aire con un silbido.

Maldita sea.

El sonido metálico resonó contra las paredes cuando la punta arañó el suelo.

Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea. Maldita…

Destrocé y maté rostros convertidos en cenizas, y otros llenos de vida. Ensarté el vacío con estocadas torpes. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Cuando por fin dejé caer la espada, no fue el silencio el que me envolvió, sino aquella extraña melodía que Giry había aullado hasta que su cuerpo se había partido en dos .