13 #2
Sentí todas las miradas clavarse en mí. Busqué entre los rostros empolvados y las orejas curvadas una cabellera plateada.
Pero solo vi sonrisas, copas, y ojos brillantes de interés.
Durante todas las noches, el Comedor Real siempre estaba a rebosar, pero en aquella ocasión resultaba difícil avanzar entre la multitud.
Cuando alcanzamos la mesa de los Verlac, me apresuré a soltar el brazo de lord Erroll y a ocupar mi sitio junto a Odile. La familia al completo me esperaba vestida de negro y plata, como un enjambre de sombras bajo la luz de las lámparas.
—Parecéis decepcionada —observó la primogénita de los Verlac, haciendo girar su copa con una lentitud estudiada—. ¿Buscáis a alguien? ¿A vuestro Hombre Rojo, quizá? —Sus pupilas recorrieron con lentitud la falda de mi vestido—. ¿A eso se debe ese atuendo?
Me envaré. Mis dedos estaban a punto de tomar la copa, pero la mano se quedó paralizada en el aire.
—Querida —intervino lady Nohr. Se volvió hacia nosotras con una sonrisa, pero en su mirada flotaba una advertencia helada—. Hoy celebramos este baile en honor a lady Vienna y a su hermana. Por favor, compórtate .
—Disculpadme, madre —murmuró Odile. La mueca de suficiencia había desaparecido de sus rasgos y solo había quedado inseguridad.
La cena comenzó oficialmente poco después.
Desde que había llegado, todas las noches parecían de celebración en el palacio de Brumaverde.
Siempre había música sonando en cada esquina, Sangre de Aurora y banquetes que podían alargarse todo lo que desearan los invitados perpetuos.
Pero aquella noche el festín era obsceno: carnes sangrantes y dulces empapados en miel, panes de decenas de clases recién horneados, pescados adobados, dulces de clases que jamás había visto y copas que se llenaban antes de vaciarse.
No tenía hambre, así que apenas probé bocado. Sin embargo, bebí sin medida. Así, el recuerdo de la puerta cerrada del dormitorio de Giry, de la fiebre que se ocultaba tras ella, era más sencillo de olvidar.
Al menos durante unas horas.
Cuando los Verlac se pusieron en pie, yo los imité. Mi pulso se desbocó. Todo giraba a mi alrededor: los candelabros, las cortinas plateadas, los rostros difusos.
—Lady Vienna —dijo la voz empalagosa de lord Kyros. Parecía llegarme de muy lejos, aunque lo sentía incómodamente cerca—. Es hora de inaugurar el baile. ¿Me concedéis este honor?
Su mano húmeda se posó sobre la mía. Apreté los dientes y acepté. Cuando nos dirigimos al centro del salón de baile anexo al comedor, las conversaciones se apagaron. Todos observaban. Todos esperaban algo.
El primer acorde escapó como un suspiro de un grupo de músicos humanos que tocaban en un rincón del amplio salón. Lord Kyros me aferró por la cintura con demasiada fuerza. Sudaba tanto como yo, y sus pasos eran torpes. Más que bailar, parecía luchar por llevar el compás.
En mitad de un giro en el que estuvo a punto de hacerme tropezar, se alzó un murmullo.
Desvié la mirada de las sienes empapadas de mi anfitrión y la clavé en las puertas, que acababan de abrirse lo suficiente para que un humano entrara por ellas.
Iba armado, y la humedad de su armadura era testigo del mal tiempo que hacía fuera, y de lo extraño que parecía aquí, entre el mármol, la música y las flores.
La mirada de lord Kyros se ensombreció.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
—Nada, mi querida dama. —Sonrió con rigidez—. Es sair Mikail, capitán de la guardia. Ha regresado antes de lo previsto.
Intentó seguir el paso, pero su atención ya no estaba en mí. Cuando la música terminó, me soltó con cierta brusquedad y se precipitó hacia el recién llegado. Alcancé a ver cómo el soldado le murmuraba algo antes de desaparecer tras las puertas entreabiertas.
Sentí que el mundo se inclinaba. El aire olía a Sangre de Aurora y a demasiadas flores. Las risas me golpeaban los oídos como olas.
Lord Erroll se abrió paso entre los invitados, sonriente.
—Lady Vienna, ¿me concederíais el próximo baile?
—Lo siento, mi señor. No me encuentro bien.
Giré sobre los talones, sin darle tiempo a reaccionar, y escapé entre los cuerpos perfumados y las telas de seda. Nadie intentó detenerme. Tal vez ni siquiera se percataron de mi huida.
Los guardias cerraron las puertas del Comedor Real tras de mí, encerrando el calor y el delirio tras ellas. El pasillo estaba vacío. No había rastro de lord Kyros ni de su capitán de la guardia.
Una súbita corriente helada me hizo reaccionar. Subí las escaleras con torpeza, los escalones parecían retorcerse bajo mis pies. La tiara que llevaba sobre la cabeza daba la impresión de pesar más que nunca.
Cuando llegué a la planta donde estaban mis dependencias, una figura se recortó entre las sombras. El fuego de las antorchas dibujaba parte de su contorno, la otra mitad la devoraban las sombras.
Reduje el paso, intentando conservar la compostura, pero al reconocerlo, el aire se me atragantó. Tuve que apoyar la espalda en la pared de piedra para no perder el equilibrio.
—¿Qué hace vagando sola la anfitriona del baile? —La voz rasgó el silencio con esa crudeza suya, casi animal, que empezaba a serme conocida—. Qué expresión, florecilla. Pareces haber visto a un fantasma.
Guardó silencio durante un instante. La chispa que cruzó su mirada no fue compasiva.
—O quizás acabas de encontrarte con uno.
—Solo necesito aire —logré responder. Las palabras se me enredaban en la lengua—. Estoy bien.
—Y, sin embargo, hueles a bodega —murmuró, acercándose con pasos medidos—. Diría que alguien ha bebido más de lo que el decoro permite.
—No soy la única que lo hace —repliqué, forzando firmeza en una voz que apenas me obedecía.
El Fantasma arqueó una ceja, con esa media sonrisa surcándole el rostro como una herida vieja.
—La señora de Sombramar se parece cada vez más a un perro salvaje —comentó, divertido—. Primero roba espadas, luego se emborracha… ¿Sabes lo que suele venir después?
No respondí. El muro a mi espalda parecía más frío que antes. Intenté separarme de él, pero el humano se movió a la vez que yo, bloqueándome el paso.
Su mirada descendió con lentitud, deteniéndose en mi cabello, en las flores rojas que adornaban la tiara.
—Deberías regresar —murmuró, con una voz que sonó más baja, más humana—. Si deseas volver cuanto antes a tus tierras, un marido es la única forma de conseguirlo. Y un baile en tu honor es la mejor manera de conocer a posibles candidatos.
—¿Qué podría saber un humano de las fiestas de los faes? —pregunté, irritada, aunque mi respiración se había acelerado.
El Fantasma inclinó ligeramente el rostro y las sombras engulleron parte de él. La luz que iluminaba la otra mitad convertía sus labios en un tajo cruel.
—He estado presente en más de las que desearía, créeme.
—¿Y por qué no estás en esta? —siseé, antes de que pudiera detener mi lengua.
Él parpadeó con lentitud y entornó la mirada.
Su respiración, lenta, hizo revolotear un mechón que había escapado de la tiara—.
Lord Kyros dio a entender que vigilabas en todas las cenas; incluso lord Veyl, en mi hogar, dijo que habías estado presente en la ceremonia de la Mayoría de Edad de su hija Odile.
Sin embargo, desde que puse un pie en este castillo, no has acudido ni una sola vez.
Sus pupilas se dilataron tanto, que el iris desapareció tras ellas.
— Vaya —musitó, con la voz más ronca de lo normal.
—¿Qué? —le espeté, sintiéndome de pronto incómoda.
—No conocía tu deseo de que estuviera presente. —No había ni una sola nota de interrogación en su voz—. ¿Para qué, exactamente? ¿Para vigilar que no haya otro incendio? ¿Para protegerte? ¿Para que compartamos un baile?
Sus palabras me encendieron las mejillas. No supe si era vergüenza, ira, o algo más lo que me quemaba por dentro. Pero él ya lo sabía. Lo vi reflejado en la curva oscura de sus ojos, donde la burla y algo distinto, algo que no me atrevía a nombrar, se mezclaban con un brillo casi febril.
—¿Qu… qué? —balbuceé.
—Te pregunto si deseas bailar conmigo. —No respondí, pero el labio inferior me tembló—.
¿Quieres bailar con sair Erik? ¿Con el Fantasma ?
¿Eh? —Su mano se apoyó con brusquedad junto a mi sien; tan cerca, que solo tendría que girar el rostro ligeramente para que mi mejilla acariciase sus dedos.
Cuando inclinó la cabeza, mechones blancos de su cabello cayeron sobre su mirada, enturbiándola.
Uno de ellos me rozó las pestañas—. ¿Quieres que nos encontremos así de cerca?
¿Quieres levantar la vista y ver mi rostro a tan solo un palmo de distancia?
Pero ni siquiera había un palmo entre nosotros. Yo respiraba el aire que escapaba de sus pulmones, y él inspiraba el que brotaba de mis labios entreabiertos. Estaba tan cerca que una de las empuñaduras de los cuchillos que portaba en el cinto se clavaba en mi talle.
Pero, de alguna extraña manera, mi cuerpo no se hundía en la piedra de la pared. Una parte de mí, honda y oscura, quería separarse de ella con desesperación.
Sin embargo, no me moví. Solo fui capaz de devolverle la mirada a duras penas.
—No desees cosas peligrosas, porque puede que se acaben cumpliendo —siseó contra mi oído.
Sin que pudiera evitarlo, mis ojos se cerraron con fuerza—.
Soy un humano, recuerda. No soy tan puro como vosotros, a mí ningún Inmortal me bendijo cuando llegué al mundo.
No desciendo de ellos. Soy peligroso y un buen asesino, por eso los Verlac me mantienen a su lado.
Que no te engañe mi título de caballero.
Detrás de las bonitas armaduras solo hay sangre y muerte.
Mucha muerte. He matado a tantos, que podría bañarme en la sangre de todos ellos.
—Abrí los ojos, horrorizada, y esta vez clavé los omóplatos en las piedras—.
Ni se te debería haber ocurrido la posibilidad de bailar conmigo. Es un grave error.
—Yo… yo jamás he dicho que desease algo así —logré articular por fin.
El Fantasma esbozó una mueca y sus manos me soltaron. Trastabillé, ya está pegada a la pared, lo suficiente para ponerme fuera del alcance.
—Cierto. No lo has dicho —susurró, con cada sílaba cargada de toneladas de sarcasmo.
Lanzó una mirada a mi vestido rojo, como si tuviese deseos de arrancármelo—.
No juegues con fuego, florecilla —añadió, con una voz baja, grave, cargada de amenaza—.
Podrías acabar ardiendo. Deberías saberlo mejor que nadie.
Me dio la espalda sin añadir nada más, y el sonido de sus pasos se fue apagando hasta que la oscuridad lo engulló por completo .