Donde canta la oscuridad 13
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– T e envidio —farfulló Fern la noche anterior al baile mientras extendía sobre la silla el vestido que usaría—. Tan cerca de tantos señores y jóvenes faes… vuestro Hombre Rojo se pondrá celoso.

Comencé a lamentar haberle contado aquellas malditas palabras que me había susurrado Nissa, la estrafalaria mujer de ojos turquesas. Lo recordaba con demasiada frecuencia como para que fuera una simple casualidad.

—Estoy cansada —comenté, cortante.

Ella lo comprendió al momento y soltó un bufido resignado antes de marcharse, arrastrando los pies y mascullando algo entre dientes. No me molesté en comprobar si había cerrado la puerta.

Esperé unos instantes. Luego me incliné sobre la cama y levanté el jergón con esfuerzo. La vaina verdosa de la espada robada brilló al reflejo de las velas.

La desenvainé con cuidado y la alcé ligeramente, observándola con atención. La hoja era perfecta, pulida, sin una sola muesca. La sostuve con ambas manos, fascinada y asustada al mismo tiempo.

Me pregunté si alguna vez se habría usado para matar a un hombre.

Aquella idea me produjo tal estremecimiento que la mano me tembló y el arma cayó al suelo, produciendo un sonido gélido.

—Las florecillas acaban hechas pedazos por culpa de tan afiladas —dijo de pronto una voz a mis espaldas.

Ahogué un grito y me giré en redondo.

El Fantasma estaba apoyado en el marco de la puerta entreabierta, medio en sombras, con esa sonrisa torcida que parecía una cicatriz. Solo llevaba parte de la armadura, aunque eso no lo hacía menos amenazador.

Hacía tres días que no lo veía, desde la tormenta. Me sorprendí al descubrir que los había contado.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó, avanzando un paso.

No contesté. Había apretado tanto la mandíbula que me sentía incapaz de soltar palabra.

—Las grandes señoras como tú no roban espadas, les ordenan a sus doncellas que lo hagan, ¿verdad? —Su tono era una burla lenta, y eso lo hacía aún peor.

Alzó una comisura cuando vio cuánto palidecía.

—No se lo digáis a nadie, sair Erik—rogué, con un hilo de voz—. Por favor.

— Sair Erik —repitió él, con un destello de ironía—. ¿Desde cuándo las damas faes hablan con respeto a los humanos?

Retrocedí un paso. La punta del arma rozó el suelo.

—¿Vas…? ¿Vas a decírselo a lord Kyros? —susurré, incapaz de sostenerle la mirada.

El Fantasma rio. No fue una carcajada sin más, sino que soltó un sonido grave, un rugido apagado que llenó toda la habitación.

—¿Debería? —preguntó—. Tal vez merezca saber que su nueva invitada es una ladrona.

—¡Por favor! —exclamé, dando un paso en su dirección sin pensarlo.

Él no se movió, solo bajó la mirada. El brillo de sus ojos era el de una fiera calibrando a su presa. Después, despacio, empujó la puerta con el talón hasta cerrarla.

El crujido me estremeció.

No respiré.

No me moví.

Él avanzó con una calma venenosa hasta quedar a un paso de mí, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, el olor al cuero y el metal que lo cubría.

—¿Qué estarías dispuesta a darme a cambio de mi silencio? —me preguntó, con un susurro.

La pregunta quedó suspendida entre ambos, tan pesada como la espada que aún sostenía.

Su aliento me golpeó el rostro, tibio y áspero. Estaba tan cerca que podía distinguir el pulso en su cuello, la fina cicatriz que partía la comisura de su boca en dos.

—Lo que sea —murmuré.

El Fantasma entrecerró los ojos. El gesto endureció su rostro hasta volverlo de piedra. Pareció meditar un instante, pero enseguida soltó un resoplido, hondo, casi animal, y se apartó de golpe.

—No deberías venderte por tan poco —dijo con la acritud grabada en cada una de las sílabas—. Podrías acabar peor de lo que imaginas.

Asentí, muda. Él permaneció un segundo más sobre mí, con aquellos ojos azabache, de bestia, hundidos en los míos, antes de darme la espalda. Cuando lo hizo, tomé aire de golpe. No sabía cuánto llevaba sin respirar.

Caminó hasta la chimenea y apoyó un brazo sobre el mármol blanco antes de mirarme de nuevo.

—¿Para qué quieres una espada?

Tragué saliva, sin atreverme a bajar la vista.

—Para defenderme.

—¿De quién?

Tenía muchas respuestas a esa pregunta, pero la única que recibió fue mi silencio, y su sonrisa fue suave, retorcida.

—Entonces, sujétala; con firmeza —dijo de pronto, separándose de la chimenea—. Y levántala.

—¿Qué…? —balbuceé, desconcertada.

—¿Ni siquiera entiendes eso? —Sus labios se doblaron en una mueca divertida que mostró todos y cada uno de sus dientes—. Pobre florecilla .

Apreté la mandíbula y la empuñadura del arma. La alcé como pude. La hoja tembló en el aire, igual que mis brazos.

—Bien. —Su voz se volvió grave.

Desenvainó el mandoble, en el que me vi reflejada a un paso del desmayo. Lo elevó con elegancia y avanzó hacia mí. El filo relampagueaba a la luz de las velas.

—¿Qué haces? —musité, retrocediendo—. ¡Atrás!

—Defiéndete.

No tuve tiempo de reaccionar. Su espada cayó sobre la mía con un rugido de metal.

El impacto me sacudió hasta los hombros, arrancándome un grito.

Las manos me ardieron, los dedos se me abrieron por reflejo, y mi arma salió disparada al otro extremo de la habitación. Completamente fuera de mi alcance.

El Fantasma se movió antes de que pudiera respirar. En un jadeo me alcanzó. La hoja rasgó el aire y se apoyó en mi cuello, fría como la nieve. Retrocedí abruptamente, pero el arma no abandonó mi piel. Sus pasos acompañaron mis tropiezos, hasta que acabé con la espalda enterrada en la pared.

—Ya estarías muerta —susurró.

Ni siquiera fui capaz de tragar saliva. Solo podía devolverle la mirada. El fuego de las velas danzaba en sus ojos. El brillo de sus pupilas no era blanco, era escarlata.

Vuestro hombre también es rojo.

Acercó todavía más su rostro al mío. La mandíbula afilada estuvo a punto de acariciar mi sien. Me tambaleé, con el corazón desbocado. No podía apartarme, pero, una parte oscura de mí, una parte que quemaba, estaba segura de que tampoco lo habría deseado.

Entonces, él retiró la espada y retrocedió con una lentitud calculada, sin dejar de observarme. Su mirada era la de un cazador evaluando el alcance de su herida.

—¿De verdad quieres aprender a usarla? —me preguntó, hosco.

Asentí a duras penas, incapaz de apartar la vista de aquella negrura que me empapaba.

—Muy bien.

El Fantasma se dio la vuelta y, con un movimiento seco, abrió la puerta.

—La próxima vez que levante la espada contra ti, Espero que hagas algo más que gritar y temblar.

Después, cerró tras de sí con un portazo que sacudió la estancia.

Mis piernas, escondidas bajo la falda vaporosa del vestido que había elegido para la ocasión, temblaban desde que había dejado la habitación de Giry.

Había pasado allí la tarde entera, siendo testigo de cómo una fiebre que había empezado hacía solo unas horas devoraba su cuerpo pequeño, sin que los cuidados de sor Clarice y del resto de las hermanas surtieran efecto.

El sudor le perlaba la piel, y la quemadura, ennegrecida y húmeda, parecía latir por sí sola. A veces murmuraba palabras sin sentido, tan ajenas que daban miedo.

—No sé si ese vestido es una buena elección —comentó Fern, sacándome de mis pensamientos.

La miré. Apoyada contra el dosel de la cama, fruncía el ceño con sus ojos sobre mí.

Había cambiado el traje que los propios Verlac me habían propuesto, aunque ni yo misma sabía por qué.

Ahora, en vez del negro, un rojo escarlata me abrasaba.

Flores bordadas con hilos de sangre decoraban la tela, que caía, brillante y pesada, y se abría hasta mostrar parte de mis piernas.

Mi cabello suelto lo había decorado con pequeñas joyas de oro y rubí, que formaban una constelación de fuego sobre la negrura.

—Es como si le dieras la razón a esa… vidente . Y no sé si es algo correcto o nefasto.

—Es solo un vestido, Fern —repliqué, aunque su advertencia pesaba más de lo que quería admitir—. Lo que dijo esa humana fueron desvaríos.

—He oído que todo lo que predice se cumple —masculló.

Contuve la respuesta y desvié la mirada hacia el tocador. Sobre él, Fern había dispuesto todas las joyas que los Verlac me habían regalado. Entre los collares y las pulseras, acerté a ver una tiara dorada, ornamentada con varias flores rojas.

Parecían camelias.

La tomé y la coloqué sobre mi larga melena suelta. Su reflejo brilló un instante sobre el cristal de la ventana, como una herida fresca.

Los labios se me doblaron en una pequeña sonrisa.

Fern me observaba de reojo. Parecía a punto de decir algo, pero terminó sacudiendo la cabeza.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada. Solo pareces… distinta —dijo.

—¿Y eso es malo?

—Depende de para quién —murmuró, mirando el jergón bajo el cual dormía la espada robada.

Abandoné el dormitorio poco después. Esperé encontrar junto a mi puerta la mirada afilada del Fantasma, pero solo hallé al mismo guardia con el que había hablado durante el viaje, después del ataque de los humanos a la comitiva.

Sus ojos se demoraron demasiado en mi vestido, pero terminó inclinando la cabeza y susurrando: «Me han pedido que os acompañe al comedor».

Asentí, siguiéndolo en silencio. Sin embargo, cuando pasé junto a la puerta cerrada de la habitación de Giry, no pude evitar que mis ojos se quedaran en ella durante mucho tiempo.

Junto a la entrada del Comedor Real, me crucé con lord Erroll. Conversaba con una fae de aspecto marchito, una viuda de una provincia del norte. Al verme, sin embargo, sus palabras se apagaron y se volvió hacia mí con una sonrisa empalagosa.

—Lady Vienna —me saludó, inclinándose—. Estáis espléndida esta noche.

—Gracias —respondí con una sonrisa forzada.

—¿Os importaría entrar conmigo? —Su brazo se alzó hasta mí.

Prefería cruzar el umbral junto a la fae anciana que me fulminaba con la mirada. Pero rechazarlo sería un desaire. Así que acepté, rozando con la yema de los dedos el satén perlado de su manga.

—¡Lord Erroll, heredero de Umbría, y lady Vienna, señora de Sombramar! —anunció el Custodio del Nombre.