12 #2
Me volví y vi la mano del Fantasma extendida hacia mí. Estaba tan cerca que casi podía tocarlo. Estiré el brazo, rozando sus dedos enguantados por un instante antes de que mi montura volviera a alzarse, desbocada.
Emprendió un galope desesperado y todos desaparecieron.
El mundo se volvió una masa de barro, nubes y agua. Tiré de las riendas, le hablé al caballo, lo golpeé, le supliqué. Nada. Corría ciego, frenético, atravesando charcos y espinas que se clavaban en sus patas. El bosque que envolvía el castillo de Brumaverde nos engulló.
Las ramas cayeron sobre mí como látigos. Algunas me arañaron la cara. Apenas podía ver, apenas podía respirar. Solo la lluvia, los truenos y la oscuridad.
Miré hacia atrás, desesperada. Y entonces, el golpe seco contra un árbol me dejó sin respiración.
La caída fue tan violenta que el terreno pareció temblar bajo mi cuerpo y, antes de que pudiese incorporarme siquiera, una enorme masa de barro se desprendió de pronto, arrastrándome consigo.
Di vueltas sobre mí misma, cayendo por un pequeño barranco plagado de matorrales que hicieron trizas mi vestido y la capa que me cubría.
Grité despavorida, pero el sonido de los truenos escondió mi voz.
Cuando al fin me detuve, estaba boca abajo, en una pequeña explanada, con el cuerpo enterrado en el fango. Todo me dolía. La lluvia seguía cayendo. No podía moverme. Ni siquiera estaba segura de poder seguir respirando.
Todo era un ruido lejano, disonante.
Cuando por fin el mareo empezó a ceder, me incorporé a medias. El mundo oscilaba. Sentía un latido sordo en la cabeza, como si el dolor marcara el pulso de la tormenta. No sangraba, pero la piel me ardía y sentía los músculos rígidos y helados.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Minutos. Horas, tal vez. Todo mi ser corcoveaba sin piedad. Cerré las manos en puños, intentando ignorar el tono amoratado de mis uñas.
Recé a los Inmortales, pero el cielo respondió con un trueno que desgarró el ambiente.
Y entonces, entre el rugido de la tormenta, la oí.
Una voz.
Volví la cabeza hacia la ladera embarrada por la que había caído.
—¡A-ayudadme! —grité, aunque mi súplica se perdió entre los truenos.
El corazón me golpeó el pecho cuando una silueta se movió entre los árboles.
—Aquí está la florecilla perdida.
El Fantasma emergió de la espesura como un espectro. La lluvia lo envolvía en un halo extraño, y los mechones de su cabello mojado se pegaban a sus mejillas afiladas. Parecía una criatura forjada por la tormenta.
Un relámpago lo recortó contra el cielo y reveló su sonrisa torcida. Su caballo, al contrario que el mío, permaneció inmóvil bajo sus piernas de hierro.
—Ahora mismo das asco —comentó, echando un vistazo a mi vestido roto y sucio.
—Me he caído del caballo —siseé, sin saber muy bien qué responder a semejante grosería—. Y he resbalado por un terraplén embarrado.
—Qué lástima.
Apretó los talones contra el lomo de su montura y ambos bajaron la ladera con habilidad. Tuve que retroceder para evitar que los cascos me pisaran.
Extendió una mano.
—Sube. —Fue lo único que me dijo.
Sentí la sangre arderme bajo la piel. Jamás había montado con un varón que no fuera de mi familia.
Aquello estaba mal visto, era indecente.
Mi madre incluso me había prohibido colocarme en la silla de montar junto a Raen cuando no éramos más que unos críos.
Demasiada proximidad física estaba mal vista.
Mi madre me lo había repetido mil veces. Me pareció verla junto al caballo blanco, impertérrita, mientras la lluvia la atravesaba.
—Puedes volver al castillo montada o a pie —me advirtió el Fantasma, con el ceño fruncido—. Tú eliges.
Fruncí los labios, dubitativa, y, tras una nueva explosión en el cielo que estremeció todas y cada una de las hojas de los árboles, decidí acercarme a él.
El guantelete que cubría su mano estaba áspero y frío, y las melladuras del acero se clavaron en mi piel cuando sus dedos se doblaron, apresando los míos con una fuerza demoledora.
De un solo impulso logró alzarme hasta la silla de montar, colocándome de lado, tras su espalda. Y cerca. Demasiado cerca.
—Sujétate.
Asentí, colocando con precaución las manos mojadas y trémulas sobre sus hombros cubiertos de metal. Lo escuché chascar la lengua con fastidio y, tras un movimiento brusco, atrapó mis muñecas y me obligó a colocar los brazos en torno a su cintura.
Mi pecho se apoyó en la armadura. Las piernas apretaron las suyas.
—Agárrate bien —gruñó el Fantasma, sin mirarme—. Si caes, no pienso detenerme.
No tuve tiempo de replicar. Tiró de las riendas y el caballo arrancó con un trote áspero que me sacudió entera. Me aferré a su cuerpo por instinto, sintiendo el golpe helado de la lluvia contra mi cara y el olor metálico de la armadura mojada.
Cuando no quedó espacio entre él y yo, dejó escapar una risa oscura y burlona.
El viaje de regreso al castillo de Brumaverde me resultó eterno. La lluvia no amainó durante toda la marcha, y él no cabalgó al galope en ningún instante. Tampoco se molestó en añadir ni una palabra en el tiempo que duró el trayecto.
Desde aquella cercanía forzada, podía sentir su cabello rozarme las mejillas.
Sin duda, eran canas, idénticas a las de un anciano.
Gruesas y fuertes. El viento agitaba los mechones con violencia, y por encima de su gorguera me pareció ver el extremo de una cicatriz ancha y profunda, que se perdía bajo el metal de su armadura.
Los dedos me ardieron, como si deseasen tocarla.
Recordé lo que el joven soldado nos había contado días atrás, y una náusea me subió por la garganta.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, sin volverse.
Sentí el calor subir a mis mejillas y desvié la mirada. Aquel gesto pareció hacerle gracia, porque dejó escapar una carcajada ronca.
—No, claro que no. Cómo podría gustarte —dijo con una voz que helaba más que la tormenta—. Alegra esa cara, florecilla. Tu suplicio terminará pronto. Estamos muy cerca del castillo.
Y tenía razón. A lo lejos, los muros de Brumaverde emergían como un gigante dormido, entre la niebla y la lluvia.
Cuando por fin atravesamos el puente levadizo y llegamos al patio de armas, nos aguardaba una pequeña comitiva. Las antorchas chisporroteaban bajo el aguacero, y lord Kyros se adelantó, con unas pupilas que no se quedaban quietas.
—Oh, lady Vienna… Gracias a los Inmortales. Qué desgracia tan terrible —exclamó, con angustia—. ¿Os habéis hecho daño? Estáis empapada. Deberíais cambiaros enseguida.
Si tanto os angustiaba mi suerte, podríais haberme buscado vos mismo , pensé, mientras lord Erroll me ayudaba a bajar de la montura.
—Estoy bien, mi señor —mentí.
—No, no lo estáis —insistió lord Kyros, llevándose la mano al pecho—. He ordenado a las criadas que os preparen un baño caliente.
Lord Erroll se quitó su capa púrpura, distinta a la que le había visto durante el paseo, y la colocó sobre mis hombros. Sus manos se quedaron quietas sobre ellos un instante más de lo que hubiese deseado.
—Pronto olvidaréis el susto —me dijo.
Lord Erroll me tomó del brazo con familiaridad y tuve que contener el impulso de apartarme.
Entre palabrería recargada y disculpas vacías, me vi arrastrada hacia el interior del vestíbulo, dejando un rastro húmedo a mis espaldas.
Entonces escuché los cascos alejándose.
Me detuve y giré la cabeza.
El Fantasma se marchaba solo, a través del patio encharcado, bajo el aguacero. La lluvia caía sobre él como una maldición, resbalando por su armadura negra. Su figura se fue desdibujando poco a poco, hasta quedar reducida a un punto oscuro en la cortina de agua.
—¿Qué miráis, lady Vienna? —preguntó lord Kyros, inclinándose hacia mí.
Parpadeé, apartando la vista del patio vacío.
—Nada—susurré—. Supongo que nada .