Donde canta la oscuridad 12
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D urante los primeros días en el castillo de Brumaverde me convertí en una sombra de Odile Verlac, arrastrada por la inercia.

Despertaba temprano, tomaba el desayuno con Fern en silencio y, después, me vestía para acudir al Salón de los Niños.

Allí, un grupo de jóvenes faes de mi edad (amigas de Odile, algunas de los innumerables invitados de la familia) se sentaba en círculo bajo la mirada implacable de lady Nohr y otras faes casadas o viudas, que se deslizaban entre nosotras como espectros al acecho.

Bordábamos, recitábamos versos o repasábamos las historias sobre la conquista de Elysia y el sometimiento de los humanos.

Una vez, sin darme cuenta, empecé a tararear la melodía que había escuchado escapar de los labios del Fantasma, pero una de las faes que nos vigilaba me mandó callar con un siseo cortante, como si el sonido la ofendiera.

Los recuerdos de aquella noche no desaparecían.

A veces, me despertaba llorando. Otras, a gritos.

En esas ocasiones, cuando vivía en el Palacio de los Vientos, siempre había alguien que acudía.

Kallias o Giry. Cuando era más pequeña, mi madre.

Pero ahora, la puerta nunca se abría. Y, cuando me asomaba a las ventanas para calmarme, la fragancia de las flores me abofeteaba.

Echaba mucho de menos el olor del mar, de las algas, incluso del viento.

Las noticias que llegaban sobre Sombramar no me causaban ninguna alegría, a pesar de que todas hablaban de mejoras, de un comercio que seguía vivo. Pero solo conseguían que la añoranza creciera.

Antes del almuerzo que solía compartir con los Verlac en uno de los tantos salones inmensos del castillo, visitaba a Giry.

Las hermanas de la Orden Gris me permitían quedarme un tiempo, siempre bajo su vigilancia.

Eran tres: sor Clarice, sor Lilia y sor Malis.

Las tres vestían con hábitos grises y un velo que recogía sus cabelleras, pero no los agujeros horribles que habían quedado después de que les hubiesen arrancado las orejas.

Sus labios y sus ceños siempre estaban fruncidos.

Giry resistía, aunque la piel se le iba inflamando alrededor de la herida, como si la negrura quisiera tragársela.

—La quemadura se oscurecerá aún más —me explicó sor Clarice una mañana, con esa voz que parecía hecha de piedra—. Cuando sane, tendrá el color del vino. No os hagáis ilusiones, lady Vienna. No quedará como antes.

Aquella noche desenvainé la espada que Fern había robado para mí.

La hoja pesaba más de lo que imaginaba. Intenté blandirla, cortar el aire, controlar el temblor de mis brazos. Solo di un par de estocadas torpes antes de rendirme, empapada en sudor y furiosa. Y cuando el arma resbaló de mis manos al suelo, sentí que algo dentro de mí se rompía.

Los Verlac eran los anfitriones perfectos.

Quien más se esforzaba era, sin duda, lord Kyros.

Representaba su papel a la perfección. Siempre solícito, siempre sonriente.

Me invitaba a cabalgar, a leer en sus jardines.

Rechazaba sus ofrecimientos con la suavidad debida y las manos tensas sobre el regazo.

El tiempo que no podía pasar junto a Giry, lo hacía perdida en los templos erigidos en honor a El Radiante y a La Plateada, con las rodillas clavadas en la piedra, los dedos entrelazados y los ojos hundidos en las estatuas de los Inmortales.

Pero las negativas tenían un límite. Y yo había alcanzado el mío.

Así que, cuando dos días antes del baile que celebraría mi llegada lord Kyros me propuso un paseo a caballo, no tuve escapatoria.

Sonreí.

Y acepté.

El amanecer llegó cargado de tormenta. Mientras desayunaba con los Verlac, recé en silencio a La Plateada para que la borrasca llegase de una vez y arruinase el paseo. Pero no tuve suerte.

Como no era apropiado que una dama cabalgara sola entre hombres, lord Kyros mandó llamar a Fern para que me acompañara.

La pobre no dejó de murmurar oraciones desde el momento en que cruzamos las puertas del castillo.

Su yegua avanzaba con torpeza y sus manos corcoveaban sobre las riendas.

Al final, se quedó tan rezagada que terminamos por perderla de vista.

Nadie pareció preocupado; ellos no tenían intención de esperar y yo no podía apartarme de lord Kyros, que no callaba ni un instante.

Éramos pocos: lord Kyros, lord Erroll y yo. Detrás, a cierta distancia, cabalgaba el Fantasma, con los labios partidos por el aburrimiento.

A veces, mis ojos volaban por encima del hombro y se clavaban en él.

—Era un día como este cuando vi marchar a mi hermano a la última rebelión humana —comentó de pronto lord Kyros, melancólico—. Se dio en vuestras tierras, lady Vienna. ¿Lo recordáis?

Asentí sin mucho interés. Aquello había sucedido hacía unos años.

Un grupo bien organizado de humanos, asentados en los límites de mi provincia, había originado una revuelta que obligó a mi padre a acudir a aplacarla.

Algunos nobles faes habían ofrecido su auxilio, aunque la escaramuza apenas duró unos pocos días.

—Tenemos la suerte de ser el único territorio que permanece libre de revueltas —continuó él, sin poder esconder su orgullo.

—Siempre me he preguntado cuál es vuestro secreto —intervino lord Erroll, mientras se apartaba un mechón grisáceo de los ojos—. Yo tengo problemas en mi territorio cada año.

—Mano de hierro, amigo mío. Y cortar de raíz cualquier voz que se alce demasiado. Hay que darles el trabajo suficiente para que no tengan tiempo de levantar la cabeza. Si caen agotados cada noche, no tienen oportunidad de pensar en algo que requiere tiempo y energía.

—¿Y eso no ocasiona más problemas que soluciones? —pregunté, de pronto.

Los dos faes volvieron su rostro hacia mí, sorprendidos, como si se les hubiese olvidado que habían sido ellos los que me habían invitado a aquel paseo.

—Debemos buscar un equilibrio, por supuesto. No podemos matarlos de agotamiento y luego pedir que trabajen. Los necesitamos —lord Kyros esbozó una media sonrisa—. ¿Quién, si no, cosecharía nuestros campos? ¿Quién limpiaría nuestros suelos?

No pude evitar mirar atrás de nuevo. El Fantasma debía escuchar nuestra conversación, no había duda, aunque su expresión era inmutable.

—La gestión de los humanos es un problema. Si eres demasiado duro, algún noble fae te denuncia ante el rey. Si no lo eres, esos bastardos te creen débil y se levantan contra ti. —Lord Errol sacudió la cabeza—. No debería repetirse lo que ocurrió en la provincia de Sylvaris.

Fue como si unas zarpas invisibles me desgarraran por dentro. La sonrisa de Raen apareció de golpe en mi memoria y el dolor me atravesó el cuerpo con la precisión de una hoja bien afilada.

—Ese pobre joven… pereció en el incendio de vuestro hogar, ¿verdad? —me preguntó lord Kyros. Yo asentí a duras penas—. Qué injusticia. Debía haber ocupado su lugar por nacimiento. Cobrarse justicia con los descendientes de aquellos humanos que arrasaron con su familia.

—Raen jamás habría hecho algo así —murmuré, de pronto.

Lord Erroll arqueó una ceja.

El aire me ardía en los ojos y apreté las riendas hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—Era el fae más compasivo que he conocido nunca —expliqué, con la voz temblorosa—. Jamás quiso buscar venganza. Sabía que aquello no haría más que crear un círculo que se repetiría una y otra vez, que no tendría final. Quería ser apreciado por los demás, no temido.

—El miedo provoca respeto —intervino lord Kyros.

—El miedo solo provoca miedo —repliqué, antes de que mi cabeza detuviera mi lengua—. Y no hay nada más peligroso que eso.

El silencio que siguió fue tan denso que solo se oyó el golpeteo de los cascos hundiéndose en la hierba húmeda.

Los dos faes intercambiaron miradas tensas. Sentí una súbita vergüenza quemándome la piel. Bajé la cabeza un instante, mordiéndome la lengua para no disculparme.

—Aunque, claro, ya nada de eso importa —añadí en un hilo de voz—. Raen Zenir está muerto.

Lord Kyros carraspeó, incómodo.

—Mi hermano erigirá monumentos funerarios en su memoria. Es lo menos que podemos hacer.

—Os lo agradezco —alcancé a decir, con una sonrisa desvaída.

De pronto, la voz del Fantasma cortó el aire como un golpe seco.

—Deberíamos regresar.

Levanté la vista. El cielo se había cerrado por completo y había adquirido un tinte amoratado. El aire apestaba a tormenta.

—Sair Erik tiene razón —admitió lord Kyros, lanzando una mirada a las nubes—. Volvamos.

No habíamos dado más que media vuelta cuando las primeras gotas comenzaron a caer. En apenas unos instantes, la llovizna se volvió torrencial.

El sonido del agua golpeando los árboles y la tierra era tan fuerte que apenas se oía otra cosa. Entre aquel estruendo, distinguí la voz irritada de lord Erroll, maldiciendo porque el agua estropearía su nueva capa.

De golpe, un rayo desgarró el cielo.

Fue tan blanco y violento que, durante un instante, el mundo desapareció. Luego el trueno nos desolló los oídos.

Mi caballo se encabritó. Sentí el tirón brusco del cuerpo del animal, los músculos tensos, su terror. Me aferré a las crines, clavando las uñas mientras todo se movía demasiado rápido.

—¡Agarraos bien, lady Vienna! —gritó lord Kyros, aunque no hizo amago de acercarse.

Otro relámpago descendió, tan cerca que el aire olió a quemado. Golpeó un árbol, que ardió en un espasmo de luz.

Mi caballo relinchó, descontrolado.

—¡Tirad de las riendas! —oí, aunque ya no importaba.

El animal giró sobre sí mismo y se alzó en dos patas.

Intenté enderezarme, pero me balanceé peligrosamente, sintiendo el vacío bajo mis botas.

Busqué ayuda con desesperación. Ninguno de los faes se movió.

Todos me miraban con los ojos muy abiertos, petrificados, conscientes de lo que podría significar un golpe con aquellos cascos.

—A tu izquierda, florecilla.

La voz me llegó entre la tormenta.