Donde canta la oscuridad 11
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C uando las criadas de los Verlac se marcharon, me giré sobre mí misma y el vestido susurró.

Era el más sobrio del armario, pero me parecía que los bordados plateados brillaban como cicatrices y el escote, con su ribete de hilo blanco, dejaba expuesta demasiada piel.

La cintura me apretaba tanto que respiraba a pequeñas bocanadas.

Los cordones del corpiño parecían de hierro contra mi espalda.

Llevaba toda la tarde sola en mi habitación.

Fern no había regresado, y una aguja de preocupación me atravesaba el estómago.

Creía que una espada de madera, mal guardada por los aprendices, podía desaparecer sin levantar sospechas.

Pero el castigo por robar a los humanos era la amputación de ambas manos.

Para los faes no existía nada parecido; jamás habían tenido la necesidad de robar.

Sacudí la cabeza, enterrando la imagen de unos muñones sangrantes en el interior de mi mente, y abrí la puerta con demasiada brusquedad.

Tras la madera, muy cerca del umbral, aguardaba una figura con la que estuve a punto de golpearme.

Retrocedí instintivamente cuando unos ojos negros descendieron hasta mí.

—Me han ordenado que te acompañe al comedor.

—No necesito escolta.

El Fantasma esbozó una media sonrisa. No llevaba armadura; vestía con un traje de cuero y tela recia de color medianoche, el tono de fondo del escudo de los Verlac. Su cabello, medio recogido en la nuca, era tan blanco como los lirios del valle que plagaban todos los recodos del castillo.

—¿De veras? —inclinó la cabeza—. Como habrás observado, el castillo de Brumaverde es inmenso. Y te aseguro que no todos los rincones están llenos de florecillas. Podrías acabar en uno de ellos.

Alcé una mano. Deseaba golpearlo, pero en vez de ello apreté los dedos temblorosos contra el marco de la puerta.

—Te denunciaré ante lord Kyros —dije, luchando por que mi voz escapara con fuerza de mi garganta—. La forma en la que me hablas es injustificable.

—Lord Kyros tiene cosas más importantes que hacer que buscarme un castigo, créeme. Y yo también —añadió, extendiendo una mano enguantada hacia la galería desierta.

Bajé la mirada, como una dama fae debía hacer, y pasé por delante de él.

El Fantasma me siguió, con los brazos a su espalda y a unos pasos de distancia que me resultaban escasos.

Después de haberlo visto luchar, de ver su armadura empapada en sangre, no habría distancia suficiente que me hiciera sentirme segura.

Su mirada en la nuca se me clavaba más adentro que los cordeles apretados contra mi piel.

Bajé por la escalera central, una ancha espiral de piedra que descendía como una lengua de dragón. El pasamanos estaba cubierto por sobrerrelieves de hiedras y pétalos afilados. Aparté la mano cuando me arañé.

Cuando llegamos al vestíbulo, él tuvo que encabezar la marcha para guiarme hasta el comedor a través de galerías anchas de piedra, que comunicaban con los jardines a través de ventanales de doble punta.

El olor dulce a flores que se colaba desde el exterior era demasiado penetrante.

Me mareaba. Por encima de nuestras pisadas y de mi respiración entrecortada, un rumor creció con pasos hasta convertirse en un tambor: voces, saludos, utensilios, la pequeña maquinaria de una ceremonia que conocía bien.

—Es suficiente —dije, maldiciéndome porque mi voz sonara tan débil—. Creo que sabré llegar desde aquí.

Él se volvió hacia mí con las cejas arqueadas. Aun así, miró más allá, hacia las puertas de hierro que parecían contener un incendio en su interior. La luz se derramaba con fuerza a través de las rendijas.

—Como desees, florecilla. —Se giró con algo que parecía hastío y, al pasar por mi lado, se detuvo un instante para inclinarse hacia mí y sisearme—: Pero no deberías tener tanto miedo de los fantasmas. Los vivos son mucho peores.

Se quedó un instante quieto, con su mirada a la altura de la mía y sus labios formando una sonrisa torcida. Mantuve la mirada. Él era todo aristas. De una forma extraña, hermosa y cruel. Como las espinas de una rosa, que acaricias aunque su tacto te haga sangrar.

Después, todo su cuerpo se movió con brusquedad y se alejó de mí a paso rápido, arrastrando las sombras de la galería con él.

Llegué a las puertas del comedor con el cosquilleo de un estremecimiento. Dos guardias se inclinaron ante mí a la vez y empujaron las hojas de madera. Cuando estas se abrieron, el Custodio del Nombre de los Verlac apenas me echó un vistazo antes de exclamar:

—¡Lady Vienna Daaé, señora de la provincia de Sombramar!

La forma en que pronunció el título me dejó sin aire.

Hasta hacía unos días, aquel título había pertenecido a mi padre; ahora reposaba sobre mí como una pesada armadura.

Los faes presentes volvieron la cabeza, pero yo aparté la vista y avancé.

Me obligué a no temblar. Aun así, no pude evitar sorprenderme ante aquella multitud.

No es que no hubiese invitados de vez en cuando en el Palacio de los Vientos, pero jamás una cantidad así, y nunca sin un motivo especial.

Debía encontrarme rodeada de todos los segundos y terceros hijos e hijas de la gran mayoría de las familias faes del reino.

Caminé entre mesas largas hasta la cabecera, donde la familia Verlac ocupaba su trono de manteles y servilletas: negros, blancos y plateados, impecables. Lord Kyros se incorporó al verme.

—Buenas noches, lady Vienna. —Su voz sonó ligeramente arrastrada. Mis ojos se desviaron hacia la copa llena de Sangre de Aurora—. Envié a sair Erik para que os guiara, pero temía que os hubieseis extraviado.

—Siento la tardanza —dije, realizando la reverencia que me exigía la etiqueta.

Mis ojos vagaron más allá de su rostro enrojecido, y se quedaron clavados en la joven que estaba junto a lady Nohr. Había un hueco a su lado que debían haber elegido para mí.

Supe quién era antes de que se pusiera de pie y me dedicara una larga reverencia, tan perfecta como la curvatura de sus orejas.

—Buenas noches —saludó lady Nohr, sin incorporarse. Iba vestida de un blanco tan perlado, que parecía la reencarnación de La Plateada—. Os presento a mi hija: Odile Verlac.

La joven era una mezcla perfecta de sus padres.

Tenía el cabello rubio de lord Veyl y los ojos atigrados de su madre.

Llevaba un vestido blanco y negro de mangas abullonadas, amplio, que dejaba sus hombros delicados al descubierto.

La falda caía con más gracia que la mía y estaba repleta de pequeñas piedras preciosas que la hacían resplandecer aún más.

La única mota de color era el tono rosado de sus mejillas.

Me incliné ante ella y ocupé mi lugar.

—Siento mucho la pérdida de vuestra familia —murmuró Odile, con los labios apretados, en cuanto me senté a su lado—. Conocí a vuestro padre, lord Dain, en mi fiesta de Mayoría de Edad. Me pareció un fae muy honorable.

Esbocé una sonrisa rota, tratando de que la imagen sonriente de mi padre no aflorara en mi mente. No podía llorar con tantas miradas sobre mí.

—Entonces imagino que ya estaréis comprometida —comenté, deseosa por alejarme del recuerdo de las llamas.

—Al parecer, mis padres no han encontrado todavía a alguien digno de mí —contestó, con el rostro tirante, mientras se llevaba la copa de Sangre de Aurora a los labios—. ¿Y vos?

Apreté los dientes y clavé la espalda en el asiento.

Una parte de mí quería aferrar el cuchillo y clavármelo en la mano, deseaba que el dolor físico borrara el horrible tormento que de pronto me atravesó.

Mi padre me había prometido al príncipe Ciro, pero fueron los ojos de Raen los que me devolvieron la mirada.

—Lo estaba .

Odile posó con cuidado la copa plateada sobre la mesa, antes de inclinarse en mi dirección.

—He oído que sufristeis un ataque durante el camino —dijo, bajando la voz.

Asentí, mientras removía la carne especiada que me esperaba en el plato. Estaba poco hecha. Cuando la rocé, sangró, y recordé los cuerpos de los humanos amontonados a ambos lados del camino.

—Sair Erik hizo un buen trabajo —intervino lord Kyros, que la había oído—. Apenas tuvimos alguna baja entre nuestros hombres.

—¿Dónde se encuentra ese perro guardián? —preguntó Odile mientras echaba un vistazo a su alrededor.

—Esta noche descansará —contestó su tío.

—Gracias a los Inmortales —suspiró ella, con los labios doblados en una mueca—. Podré cenar sin sentir a ese maldito espectro asomando por mi espalda.

Lord Kyros dejó escapar una carcajada que me sonó hueca.

—Probablemente se ahogue en vino o en el regazo de alguna mujer —añadió Odile—. Es lo que hacen todos los humanos.

No pude evitar estremecerme al escuchar aquello. Era de saber popular lo que hacía la mayoría de los caballeros solteros cuando caía la noche, pero era una visión extraña imaginar sus brazos de hierro envolviendo la figura de una mujer vestida con colores brillantes.

No dije nada. La comida continuó, las conversaciones volvieron a su danza vacía, y yo permanecí quieta, con la garganta apretada, contando los instantes para salir de allí.

—Joven dama, es un honor daros la bienvenida al Valle de los Cuatro Ríos. —Una voz melódica interrumpió mis pensamientos.

Levanté la mirada, sorprendida. Frente a mí se inclinaba una humana de piel tostada, con una melena negra recogida en una larga trenza que caía hasta besar sus caderas. Llevaba una túnica del color del mar al anochecer y, en su nariz, dos diminutas perlas brillaban como estrellas.

—Permitidme presentaros a Nissa, invitada de las Islas Grises —anunció lord Kyros con una sonrisa ceremonial. A su lado, lady Nohr frunció el ceño y sus dedos se tensaron alrededor del cuchillo que sostenía.

—Una invitada bajo las mismas condiciones que vos, mi señora —añadió la aludida. Su acento era como una canción.

Alcé la mirada hasta sus orejas, redondeadas, que asomaban entre las ondas negras de su cabello. No conocía ningún humano que fuese un invitado formal de una familia fae.

—Nissa es una mujer fascinante —añadió lord Kyros—. Muchas damas faes acuden a ella para conocer su destino. Dicen que jamás se equivoca. —Se inclinó en su dirección, con una sonrisa divertida—. Estoy seguro de que ya habréis vislumbrado algo sobre el de lady Vienna.

Nissa me sostuvo la mirada. En sus pupilas se reflejaban las llamas de los candelabros como si ardieran dentro de su cráneo.

—Por supuesto —susurró.

Sentí un nudo en la garganta.

—No me interesa el futuro. Solo quiero saber si mi hermana sanará —respondí, esforzándome por mantener la voz firme.

—Ah, pero el futuro no siempre pregunta si estáis interesada. Habla, aunque vos no queráis escuchar —dijo ella, entornando los ojos—. Vuestra hermana se recuperará, sí. Volverá a ser la de antes… —Sus labios se curvaron en una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Pero vos no.

Una corriente helada me atravesó. Las conversaciones de la mesa más próxima bajaron de tono mientras las miradas se clavaban en mí.

—He visto vuestro porvenir cubierto de escarlata —continuó Nissa, con su acento melódico y arrastrado—. Rojo como el fuego, rojo como la sangre, rojo como el amor, rojo como la vida y la muerte mezcladas. Sois una Dama Roja, mi señora.

No supe responder.

—¿Amor? —repitió la única hija de los Verlac, con una sonrisa incrédula.

—Sí. —Nissa no la miró—. Y quien os aguarda también es rojo. No será lo que se espera de vos. Será lo que necesitáis.

Un murmullo recorrió la mesa. Odile, con la voz ligeramente entrecortada, comentó:

—Vaya, parece que vais a encontrar marido antes de lo que pensábamos, lady Vienna.

—El amor y el matrimonio no siempre comparten destino. A veces, el color del amor es demasiado oscuro para distinguirlo. Pero, como os he dicho, sois una Dama Roja —replicó Nissa.

—Ese título no significa nada —intervino lady Nohr, sin esconder un suspiro de hastío.

—Una Dama Roja está cubierta de vida, de muerte y de amor. En sus manos, los destinos cambian. Por eso nacisteis en la familia Daaé, vuestro símbolo es una camelia roja: romance, caída y esperanza. Para vos, y quizá para nosotros. Es como la estrofa de una canción prohibida.

Sus ojos permanecían en mí mientras en mis oídos empezó a hacer eco la canción que había oído tararear al Fantasma. Empecé a marearme, había algo en sus pupilas que tiraba de mí de una forma extraña, como si quisieran arrancarme el alma.

—Tenéis buen instinto. Conservadlo. Os protegerá… o lo destruirá todo.

—¿Quién es él? —insistió Odile.

La sonrisa de Nissa se acentuó y esta vez alcanzó su mirada felina. Siguió sin observar a la hija de mis anfitriones cuando contestó:

—Sonreíd, lady Vienna. A veces, el incendio que más tememos es el único que puede salvarnos.

—¡Basta ya! —La voz de lady Nohr retumbó como un látigo. Los murmullos enmudecieron—. Estáis asustando a la muchacha con vuestras supersticiones.

Nissa se inclinó profundamente ante mí.

—Si alguna vez deseáis respuestas, buscadme —susurró—. La noche siempre escucha.

Y, como un espejismo, se deslizó entre la multitud hasta desaparecer.

Durante unos instantes nadie habló. Lady Nohr permaneció rígida mientras lord Kyros jugueteaba con el borde de su copa.

—Creo que es la premonición más entretenida que he oído jamás —bromeó Odile, con la mirada entornada—. Parece que nuestra invitada encontrará marido antes que yo, madre.

No respondí. Ni a ella ni a nadie. Las palabras de Nissa seguían latiendo en mi cabeza, enredándose en cada pensamiento como un presagio que se negaba a morir.

Rojo. Fuego. Vida. Amor. Muerte.

No supe si aquello había sido una advertencia o una maldición.

La cena continuó sin mí, aunque mi cuerpo permaneció sentado entre los Verlac, tan inmóvil como la figura de piedra de un Inmortal.

Cuando por fin pedí permiso para retirarme, nadie me detuvo, a pesar de que la música comenzó a hacer eco en aquellos techos altos y los demás invitados se incorporaron para bailar.

Esta vez, nadie me acompañó a mi dormitorio. El pasillo estaba vacío y las antorchas, casi consumidas. Caminé despacio, intentando despejarme, pero cada paso resonaba como si el castillo entero escuchara.

Al llegar a mi habitación, encontré a Fern junto a la chimenea. La luz del fuego le doraba el rostro, pero su mirada estaba fija en las llamas.

Sentí una punzada en el pecho al recordar la forma en la que la había tratado.

—Yo… —empecé, con voz quebrada.

Ella se levantó antes de que pudiera continuar. Sin pronunciar palabra, metió la mano bajo el delantal y sacó algo que relució un instante a la luz del fuego.

Una espada.

Pero no era de madera.

La sostuvo entre sus dedos con firmeza, sin apartar los ojos de los míos.

—Espero que no te equivoques con esto —susurró.

Las palabras de Nissa regresaron a mí, nítidas, como si las murmurara en aquel mismo instante.

Tenéis buen instinto. Conservadlo. Os protegerá… o lo destruirá todo.

Asentí.

El fuego crepitó detrás de nosotras, lanzando un destello rojo sobre la hoja desnuda.

—No lo haré .