10 #2
Entre aquella procesión de títulos y rostros, algunos nombres se me quedaron grabados: sor Clarice, de la Orden Gris, una fae anciana, a la que le habían arrancado las orejas hacía mucho.
Cuando se reclinó, hice todo lo posible por no mirar aquellos agujeros oscuros que el velo que sujetaba su cabello no ocultaba.
Lady Ima y lady Sylin, amigas de la única hija de los Verlac, a quien conocería esa noche.
Y lord Erroll, un fae mayor que mi padre, que no apartó los ojos de mí mientras hablaba de la piedad que los Inmortales habían mostrado con mi hermana y conmigo.
Era el heredero sempiterno de su padre, que había acudido a mi Ceremonia de Mayoría de Edad, y al que no recordaba.
Por lo que entendí, llevaba esperando muchos años a que muriera para disponer del gobierno de su provincia.
Finalmente, un guardia se acercó y susurró algo al oído de lord Kyros.
—Me temo que debemos interrumpir nuestra visita. Sair Erik me espera.
Me invitó a seguirle con un gesto. Caminaba deprisa, con pasos cortos, y tuve que acelerar el ritmo para no quedarme atrás.
—Imagino que ya sabréis lo del baile —comentó sin mirarme.
—¿El baile? —pregunté, desconcertada.
—Oh, ¿no os lo habían dicho? —Se detuvo durante un momento—. Se celebrará dentro de una semana. Un baile en vuestro honor.
Me detuve un momento.
—Mi señor, mi hermana necesita cuidados constantes. No puedo…
No terminé la frase. Él había retomado la marcha.
—Oh, no seáis tímida —repuso, con aquella sonrisa nerviosa—.
Vuestra hermana está en buenas manos. Ahora mismo no podéis hacer más por ella.
Disfrutad del castillo de Brumaverde mientras dure vuestra visita.
Muchas jóvenes faes como vos morirían por estar aquí.
—Su risa, breve y sin brillo, resonó como un chasquido seco—.
Sería una ofensa si la anfitriona de honor no acudiese al baile.
Además, deberíais acostumbraros. En este castillo, todas las noches hay música y danza.
Mis manos se tensaron. Sabía que no podía negarme.
—Iré encantada, mi señor —murmuré.
Él no añadió nada más. Caminamos en silencio el resto del trayecto, con el sonido de sus pasos arrastrando el aire del pasillo.
Mi habitación se encontraba en el tercer piso, orientada hacia los jardines de la primera planta del castillo. Frente a la puerta de al lado, una hermana de la Orden Gris permanecía inmóvil, cubierta hasta el cuello con un hábito gris perla. Su sola presencia imponía una calma violenta.
—Están examinando a vuestra hermana —me informó lord Kyros, al reparar en mi mirada—. Lo mejor será que esperéis hasta mañana para verla.
Reprimí un suspiro y asentí en silencio.
—Espero que os agrade la habitación —añadió, empujando la puerta.
Fern ya estaba dentro, inclinada sobre el arcón abierto. Su rostro trataba de contener a duras penas la emoción. Me bastó su sonrisa para entender que había inspeccionado cada rincón y cada prenda antes de mi llegada.
La estancia era excesiva, mayor incluso que la que habían ocupado mis padres en Sombramar.
La cama estaba vestida con sábanas tan blancas que hasta dolía mirarlas.
Los doseles de gasa descendían hasta el suelo como un velo de humo.
Había jarrones llenos de flores blancas: lirios del valle, jazmines, orquídeas.
Pero ninguna camelia. Una cómoda clara, una alfombra espesa donde mis pasos se hundieron sin ruido.
Sobre el tocador, un estuche de cristal rebosaba de collares, tiaras, broches y horquillas que parecían olvidados por reinas muertas.
Me volví hacia lord Kyros, sin saber qué decir.
—Todo esto es vuestro —explicó, con un gesto teatral—. Regalos que os llevaréis a Sombramar, cuando podáis volver.
—No… no sé cómo agradecerlo, mi señor —murmuré.
—Con vuestra expresión me basta —replicó él y, con una ligera reverencia añadió—: La cena se servirá a las siete. Un guardia os conducirá al comedor.
Se alejó de mí con pasos menudos y nerviosos, que se extinguieron antes incluso de que su figura desapareciera en el pasillo.
Fern se volvió hacia mí. Sus ojos devoraban toda la habitación.
—Sí, lo sé. Es un castillo maravilloso —respondí, dejándome caer sobre la cama. El colchón era tan blando que casi me engulló—. ¿Qué has averiguado? Sé que te mueres por decírmelo.
Sus ojos chispearon con una mezcla de orgullo y picardía.
—Tengo buenos oídos. —Se sentó a mi lado, bajando la voz—. Dicen que lord Kyros nunca se casó por culpa de su enfermedad. Desde niño toma infusiones de lirio del valle.
Así que aquella planta diminuta no solo era el símbolo de la familia Verlac. Era algo extraño, porque los faes solían gozar de buena salud y se sanaban con mayor rapidez que los humanos. Del arañazo de mi mejilla apenas quedaba rastro.
Recordé la flor: blanca, delicada, con un veneno dulce. Los hijos de unos criados de mi castillo perecieron después de haber jugado con ella. No hubo ceremonia por ellos, pero sí se arrancaron todas las que había en los jardines.
—También he visto la cantidad de faes solteros que rondan por los pasillos —añadió Fern, observándome de reojo—. Quieren que estés contenta.
—Mientras cuiden bien de Giry, me bastará —respondí, antes de respirar hondo—. Fern —añadí con calma—, necesito que me hagas un favor.
—Ah, no. Ya conozco ese tono. —Se volvió hacia mí, derrotada—. ¿Qué necesitas?
—Una espada.
La palabra cayó entre nosotras como un golpe seco. Fern se quedó inmóvil, pálida, con los labios entreabiertos.
—Dime que no te he escuchado bien.
—No te pido una espada de verdad —aclaré mientras me sentaba en el borde de la cama—. Me valdría una de madera, de las que usan los aprendices.
—¡Por La Plateada! ¿Para qué quieres eso ?
—Para aprender a usarla —contesté, antes de mirarla a los ojos—. La próxima vez que alguien intente matarme, quiero poder devolver el golpe.
Vi el miedo cruzarle el rostro. No miedo a mí, sino a la idea misma.
Las damas faes no empuñaban espadas. Estaba prohibido.
Aquello era trabajo de los varones… y de los humanos.
Nosotras no necesitábamos hacerlo. Nuestra única defensa era la obediencia.
Si seguíamos las normas, estaríamos a salvo.
Siempre había sido así. Pero yo ya había sentido un filo rozarme la garganta.
Había sufrido el terror de ver a Giry indefensa.
Había escuchado el sonido de la muerte tan cerca que nunca podría olvidarlo.
—No volverán a atacarte, Vienna. Aquí estás a salvo. Y… y si lo ocurrido se repite tendrás una docena de hombres frente a ti —replicó, casi suplicante.
—¿Y si no llegan? —musité.
—Llegarán —insistió, clavando los ojos en los míos—. Siempre llegan.
—No, Fern. —Mi voz tembló—. No lo sabes.
Ella retrocedió un paso. Me miraba como si no me reconociera.
—Pedid a lord Kyros que os busque un maestro de esgrima.
—Sabes perfectamente que no lo hará. —Negué con lentitud, obligándome a no apartar la mirada de ella—. Ningún varón fae permitiría que alguien como yo use un arma.
El silencio se tensó entre nosotras.
—No quiero traerte una espada —dijo por fin, bajando la mirada.
—Lo harás.
—No.
—Eres mi doncella. No lo olvides.
Fern frunció el ceño, y entonces me dedicó la reverencia más prolongada que había realizado en su vida.
—Como ordenéis, mi señora —siseó.
No llegué a responder. La puerta se cerró con un estruendo que dejó temblando el aire.
Me quedé sola, en mitad de aquel dormitorio perfecto, rodeada de flores que olían a encierro .