10
L legamos a los aledaños del castillo de Brumaverde unas horas después de haber atravesado el Cruce Celestial, un inmenso puente de cuatro brazos bajo los que corrían cuatro ríos.
Desde entonces, El Cendaluz, el Esval, el Liris y el Nimbel nos habían acompañado con el rugir de sus aguas durante el trayecto.
Aun así, aquel sonido refrescante no disminuyó el calor que nos empapaba desde que habíamos cruzado la frontera de la provincia.
El sol caía a plomo sobre las tierras de los Verlac y el aire parecía hervir sobre los caminos de piedra, a pesar de la época en la que nos encontrábamos.
Las murallas blancas del castillo, altas como acantilados, relucían bajo la luz como si cada piedra hubiera sido bañada en oro.
—Mira por la ventana, Vienna —dijo Fern, con los ojos abiertos de par en par—. Jamás… jamás había visto nada así.
No miré.
Preferí fijar los ojos en el rostro de Giry, pálido y sudoroso, tan frágil que parecía tallado en cera.
No quería ver los jardines interminables sembrados de lirios del valle ni los muros cubiertos de hiedra ni a los nobles faes que detenían sus pasos para observar el carruaje que avanzaba lentamente entre ellos.
Ya habría tiempo para conocer cada recoveco, cada sombra, cada esquina donde la belleza fuera asfixiante.
—He oído que es uno de los castillos más grandes del reino —susurró Fern, incapaz de apartar la vista del exterior.
—Un calabozo de oro sigue siendo un calabozo —respondí, con los dientes apretados.
Fern dejó escapar un suspiro triste, antes de sobresaltarse e inclinarse aún más hacia delante. Medio cuerpo asomaba por la pequeña ventana. Sus ojos claros se abrieron de par en par.
—Han convocado una comitiva de bienvenida —dijo. De pronto, le costaba controlar la emoción—. Deben de ser por lo menos un centenar.
Alcé los ojos hasta el techo del carruaje, en silencio, segura de que exageraba. Pero cuando el vehículo se detuvo y un lacayo abrió la puerta con una reverencia impecable, comprendí que no mentía.
A ambos lados del camino, una hilera de guardias uniformados con los colores de los Verlac, blanco y negro, formaba un pasillo perfecto, con las espadas alzadas sobre sus cabezas, los rostros serios y los ojos fijos en el vacío.
Más allá, una multitud de faes elegantemente vestidos aguardaban en un silencio expectante.
De pronto, atrapada en aquel carruaje que olía a madera, perfume y enfermedad, comprendí que cuando posara un pie sobre el castillo de Brumaverde, ya no habría retorno.
Levanté la vista hacia el edificio que se alzaba ante mí y el aire se me atascó en la garganta.
Era demasiado.
Demasiado vasto, demasiado ostentoso, como si su arquitecto hubiese intentado construir no un hogar, sino un desafío a los Inmortales.
Los arcos ojivales se alzaban con arrogancia, apuntando al cielo como lanzas de piedra; las torres, abovedadas y pintadas en plata y negro, parecían arañar las nubes.
Los contrafuertes, anchos como siete faes hombro con hombro, sostenían un edificio que no necesitaba apoyo alguno, y de ellos colgaban varillas cubiertas de enredaderas que trepaban hasta fundirse con aquel cielo limpio de nubes.
Los rosetones parecían ojos inmensos de cristal y brillaban como soles ahora que la luz se reflejaba en ellos.
Por encima de los tejados afilados de la primera planta, asomaban árboles y matorrales repletos de flores blancas.
Aquello no era arquitectura, sino exceso .
Cada tramo de la fachada era un tapiz de piedra.
Desde donde me encontraba podía ver a La Plateada bailar con El Radiante en una danza eterna.
Pero no solo los Inmortales estaban ilustrados en aquellas paredes de piedra.
Soldados de rostro severo, faes hermosas, bestias de leyenda de bocas abiertas, todos tallados con un detalle enfermizo, como si el castillo de Brumaverde quisiera recordarme que estaba lleno de belleza… y de monstruos.
Descendí del carruaje, incómoda bajo el peso de las miradas.
El vestido arrugado y la capa manchada de barro me parecían una afrenta en medio de tanta perfección.
Al final del pasillo de espadas alzadas me aguardaba un fae pequeño, pálido, con tantas joyas que apenas podía ver un resquicio de la piel de su cuello y sus manos.
Su rostro era la imagen desdibujada de lord Veyl y del rey Oberón.
Su cabello rubio era más ralo, más pegajoso, y no tenía la altura de sus hermanos mayores.
Fern me había recordado su nombre poco antes de llegar: lord Kyros Verlac.
Caminó hacia mí con rapidez, parecía deseoso por llegar antes que su sombra.
Cuando se detuvo a un paso de distancia, descubrí que apenas me superaba en altura. Su sonrisa era una mueca apretada, tensa.
—Es un honor recibiros, lady Vienna —dijo, inclinándose para besar mi mano—. Soy Kyros Verlac, señor del Valle de los Cuatro Ríos en ausencia de mi hermano. Vuestro servidor.
—El honor es mío —respondí, intentando no apartar la mano antes de tiempo.
Su sonrisa se ensanchó y ganó seguridad. No debía haber mucha diferencia de edad entre los hermanos, pero de alguna forma él parecía más joven, más vulnerable.
—Mi hermana… —murmuré, echando la vista atrás, hacia la puerta del carruaje.
—Las hermanas de la Orden Gris la esperan en sus aposentos —respondió—. Veyl insistió en que se le proporcionaran los mejores cuidados.
Dos criadas se adelantaron. Tras una breve reverencia, se dirigieron hacia el vehículo, donde Fern trataba de cubrir a Giry con la capa de viaje.
El pequeño brazo de mi hermana colgaba sin fuerzas hacia un lado, mostrando la piel enrojecida, herida, como una flor marchita.
El murmullo se propagó entre los presentes como una ola. Algunas mujeres se cubrieron la boca con abanicos de encaje mientras devoraban el espectáculo con los ojos.
Lady Nohr descendió entonces del carruaje, tan impecable que parecía una figura de porcelana recién esmaltada. Se había empolvado tanto que el sol resbalaba sobre su piel como sobre el mármol.
Kyros se volvió hacia ella con tanta rapidez, que la capa negra que lo cubría me azotó las piernas. Fue a su encuentro con los brazos extendidos. Yo aparté la mirada hasta mi hermana, que desaparecía con discreción entre la multitud, sujeta entre los brazos de las criadas.
—¡Sair Erik! —La voz de lord Kyros se alzó, nerviosa, cortando el murmullo de la muchedumbre.
El Fantasma apareció a nuestro lado. Su cabello blanco caía medio suelto y enredado sobre el rostro. En la armadura todavía tenía perlas de sangre seca.
—Mi señor.
—Acompañad a lady Giry a su dormitorio —ordenó, sin mirarlo—. Después, reuníos conmigo en mis aposentos. Quiero saber exactamente qué ocurrió en el viaje.
El Fantasma asintió una sola vez y se apartó, seco, sin emoción. Las criadas que sostenían la camilla de Giry lo siguieron con los ojos bajos y en un silencio sepulcral.
—Lo que os ha sucedido es terrible, lady Vienna —dijo lord Kyros, girándose hacia mí con una expresión que oscilaba entre la lástima y la curiosidad malsana—.
Recé a El Radiante cuando conocí la noticia.
—Quise responder, pero su voz atropellada me lo impidió—.
Aquí encontraréis paz. El castillo de Brumaverde s erá vuestro nuevo hogar.
Yo me ocuparé de vos hasta que mi hermano regrese de Sombramar.
—Hablaba deprisa, demasiado, como si no pudiera soportar un instante de silencio.
—Querido —intervino lady Nohr, en tono meloso—, ¿podríamos retirarnos? El viaje ha sido largo.
—Por supuesto, por supuesto —respondió lord Kyros de inmediato, girándose hacia ella con algo que parecía entusiasmo—. Mandaré traer agua fresca y fruta.
Ella asintió y posó levemente sus ojos atigrados sobre mí.
—Esta noche conoceréis a mi hija. Ahora mismo debe estar inmersa en sus quehaceres diarios.
Cabeceé, pero ella ya me había dado la espalda. Parte de los faes que se habían apostado cerca de las enormes puertas del castillo la siguieron. Solo unos pocos permanecieron observándome de soslayo.
A mí nadie me ofreció descanso.
Antes de que pudiera excusarme, lord Kyros me tomó del brazo.
—Permitidme mostraros el castillo de Brumaverde.
No pude negarme.
El edificio era un laberinto. Cada galería olía a piedra húmeda y a flores. Las paredes estaban cubiertas de tapices blancos, y el suelo reflejaba la luz de los ventanales como si la piedra estuviera viva.
A su lado, el palacio de mi infancia parecía unas ruinas abandonadas desde hace décadas.
Mientras avanzábamos, lord Kyros no dejaba de hablar. Describía jardines, salones, bibliotecas…, cada rincón con el mismo fervor con el que Kallias recitaba la lección frente a mi padre.
Me estremecí cuando su sonrisa burlona brilló en el centro de mi mente.
Había guardias relucientes en cada esquina, faes cubiertos de joyas imposibles, segundos hijos e hijas, viudas de familias nobles del reino, algunos herederos de pequeñas provincias. Todo parecía brillar demasiado y yo sentía como si no pudiera ver bien entre tanta claridad.
Nos detuvimos decenas de veces. Todos querían presentarse, decir su nombre, expresar su pena por mi «terrible pérdida».
Escuché mi tragedia repetida con una precisión enfermiza. A la décima vez, dejé de oírla.
Solo movía los labios y asentía.