9 #2
Mi corazón golpeó contra las costillas. Una, y otra vez.
—No acertarás —siseó el humano, con una risotada. Me ubicó frente a él y se apretó contra mi espalda, arrancándome un escalofrío de repulsión. No era alto; tras mi hombro, solo asomaba un fragmento de su rostro. Mi cuerpo cubría el suyo por completo.
El Fantasma apoyó el extremo de la flecha en la cuerda.
Negué, con las uñas del humano clavadas en la piel. No podía disparar. Me movía demasiado. Me alejaba sin remedio.
—Te haré lo mismo que hicieron los tuyos con mi familia —me siseó el humano. Salivaba de placer—. Lo que ha ocurrido en tu bonito palacio será un sueño de una noche de estío comparado con…
La flecha cruzó la distancia como un rayo de plata.
Un sonido seco me sobresaltó, y las palabras murieron en el acto.
Giré la cabeza, solo un poco, y se me escapó un gemido cuando vi las plumas ensangrentadas de la flecha asomando por el ojo izquierdo del humano. Casi le había atravesado el cráneo. El párpado había quedado partido en dos mitades perfectas.
El asaltante se derrumbó a mi espalda.
Los soldados de los Verlac no se detuvieron a pensar. Ninguno pareció sorprendido tras aquella maniobra, apenas necesitaron una mirada antes de lanzarse contra el enemigo.
El desconcierto de los asaltantes duró apenas un instante, pero suficiente para que se abrieran paso entre ellos. El humano que sujetaba a Fern tiró de ella en dirección al bosque, aunque parte de los guardias lo siguieron.
El combate rugió a mi alrededor. Las espadas chocaban, los cuerpos se empujaban, y yo no sabía a dónde huir.
Huracanes de acero me cercaban cuando unos dedos férreos me agarraron por el cuello del vestido.
Sentí el tirón, brusco, y antes de poder gritar, el Fantasma me devolvió al interior del carruaje de un violento empellón.
—Po… podrías haberme matado —susurré con la voz quebrada, casi sin aire.
—Ha sido un placer, florecilla —fue su respuesta.
Cerró dando un portazo y desapareció. El ruido del combate volvió a llenar el silencio.
No sabía dónde estaba Fern, pero tampoco me quedaban fuerzas para averiguarlo. Me agazapé junto a Giry, en una esquina, e introduje la mano bajo la capa hasta aferrar con fuerza sus dedos helados.
Solo podía esperar a que todo terminara.
Por la ventana, contemplaba el caos exterior. Los rostros tensos y sudorosos de los humanos. Los soldados de los Verlac eran más lentos que sus enemigos, pesados bajo el metal de las armaduras, pero sus golpes eran precisos, mortales.
Mientras otros podían morir para defendernos, yo solo podía esconderme, tapándome los oídos para no escuchar los gritos ni el estruendo del metal.
Si alguien abría la puerta del carruaje y veía a Giry, no podría detenerlo.
El Fantasma podía no aparecer esa vez, y yo moriría sin oponer resistencia… o, peor, viviría para desear no haberlo hecho.
Mi deber era mantenerme hermosa. Eso me habían enseñado desde pequeña: hablar con dulzura, sonreír siempre, producir herederos como si fueran flores. Pero la belleza no te salvaba. No te libraba del chasquido seco del cuello cuando se quebraba como una rama podrida.
Había tardado demasiado en entenderlo. Media vida y muchos silencios tragados.
—¡Retirada! —rugió de pronto una voz entre los árboles—. ¡Retirada!
El grito se propagó como un eco de liberación.
A través de la ventana vi a decenas de humanos correr junto al carruaje, deshechos, derrotados, perdiéndose entre la espesura del bosque.
Algunos me miraron de reojo al pasar, con resentimiento, como si mi vida intacta fuese una ofensa, pero ninguno se atrevió a atacarme de nuevo.
De rodillas, con la espalda contra el fondo del carruaje y la mano de Giry entre las mías, los observé desaparecer.
Pasaron apenas unos momentos antes de que alguien golpeara suavemente la puerta.
Esta se abrió despacio, como si quien lo hacía temiera lo que podría encontrar.
Un soldado de los Verlac asomó la cabeza. Al vernos, dejó escapar un suspiro de alivio.
—¡Están vivas, mi señora! —gritó hacia el exterior.
Escuché entonces la voz de lady Nohr, cargada de un alivio impaciente.
—¡Gracias a los Inmortales!
El soldado se hizo a un lado y, tras unos instantes, fue su rostro hermoso, impecable, el que se asomó.
—¿Os encontráis bien, lady Vienna? —preguntó.
—Creo que sí —respondí, mientras me incorporaba despacio. Las piernas todavía me temblaban con violencia.
Su hombre me ayudó a bajar del carruaje, pero cuando mi calzado embarrado tocó el suelo, ella me sujetó de la muñeca y me obligó a girar sobre mí misma para asegurarse de que estaba ilesa.
—La mejilla —murmuró al percatarse de la mancha de sangre seca en mi rostro.
—Ha sido una flecha, mi señora. Solo me ha rozado.
Lady Nohr suspiró.
—Es una lástima —dijo al fin—. Espero que no os deje marca, tenéis una piel preciosa.
Prefería mil veces una piel menos preciosa y seguir viva.
Aun así, recordé al instante el rostro dormido de Giry y apreté los labios; quizá no fuera tan distinta a lady Nohr como deseaba creer.
Otra mujer habría recogido el cuchillo caído y se habría lanzado contra un bandido; yo me había encogido y había esperado que alguien viniera a salvarme.
—Cuando lleguemos a la posada pediremos ungüento de eucalipto. Seguro que os vendrá bien. —Se volvió, dándome la espalda—. ¡Sair Erik!
El caballero acudió al instante. Lady Nohr lanzó una mirada despectiva a su gorguera rota y a la armadura maltrecha.
—Quiero que se le escriba a mi marido de inmediato, relatándole lo sucedido —ordenó, deteniéndose un instante para mirar los cuerpos tendidos—.
Comprobad si ha habido muertos entre los nuestros y notificádselo también.
—Sus ojos se posaron en mi mejilla herida y volvió a suspirar con cierto resentimiento—.
Quiero que nos detengamos en la primera posada que encontremos.
Necesito un descanso después de lo ocurrido.
—Así se hará —respondió él con un gesto seco, antes de alejarse a zancadas.
—¿Cómo deseáis que procedamos con los bandidos? —preguntó el soldado que me había encontrado en el carruaje, incapaz de apartar la vista de un muchacho caído, que debía tener su misma edad.
—Los amontonaremos a un lado del camino —dijo lady Nohr—. Así servirá de ejemplo.
El soldado asintió con un gesto seco, pero sus ojos permanecieron un poco más en el joven caído, antes de alejarse con los brazos un tanto rígidos.
—Los animales los devorarán —musité.
—Lo sé —contestó lady Nohr, antes de volverse hacia mí—.
Puede parecer cruel, pero los humanos deben aprender.
Deseaban arrancaros las orejas, querida.
¿Sabéis qué es lo que habrían hecho con ellas?
Las habrían vendido y habrían ganado mucho oro, mientras vos habríais sido condenada a engrosar la Orden Gris.
—¿La Orden Gris? —repetí—. ¿Por qué dejaría de ser una fae si no he cometido ningún crimen? —pregunté, con voz trémula—. Vos lo habéis recalcado, habría sido una víctima.
Lady Nohr no contestó, pero sus labios se torcieron en una sonrisa condescendiente. Me miró de la misma forma en que mi madre observaba a Giry cuando estaba a punto de perder la paciencia.
Aparté la vista, incómoda por aquel extraño silencio, y, al hacerlo, vi a Fern más allá, inclinada sobre un soldado herido.
Murmuré una disculpa sin pensar y caminé hacia ella.
A cada paso, notaba la mirada de lady Nohr hiriéndome la espalda, inquisitiva, como si quisiera asegurarse de que yo sabía cuál era mi lugar. No me atreví a volverme.
—¡Vienna! —exclamó Fern en cuanto me vio, aunque se apresuró a cambiar el tono. No estábamos solas para que pudiéramos hablar con tanta familiaridad—. Por los Inmortales, pensé… —Su voz se extinguió en un resuello ahogado.
El soldado sobre el que permanecía inclinada levantó la vista hacia mí. Tenía la frente abierta por una herida y la manga empapada de rojo. De alguna forma, su rostro me resultó familiar. Quizá, demasiado parecido a aquel joven asaltante que se pudriría a un lado del camino.
Su voz sonó fatigada cuando me habló:
—Supongo que es la primera batalla que presenciáis.
Lo observé unos instantes.
—Y espero que sea la última —respondí. El temblor en mi voz me traicionó.
El soldado sonrió un poco, con una mueca, más de dolor que de cortesía.
Fern, sin apartar los ojos de él, murmuró:
—Ha sido una suerte que ese caballero estuviera aquí.
Seguí la dirección de su mirada.
A unos metros, el Fantasma se erguía junto al cuerpo de un enemigo caído.
Apoyaba una mano enguantada sobre la empuñadura de su mandoble, mientras observaba en silencio la escena.
Había en su quietud una violencia aún más peligrosa que la de la batalla.
Sus ojos parecían relampaguear de un modo extraño.
—Es uno de los mejores caballeros de los Verlac —murmuró el joven.
—¿Lleva muchos años bajo sus órdenes? —preguntó Fern, sin poder ocultar su curiosidad.
—Desde que era un niño. Lord Veyl lo encontró durante una cacería, en el linde del Valle de los Cuatro Ríos. Hambriento y malherido. —El soldado tragó saliva. Las palabras escaparon trabadas de sus labios—. Dicen que sus canas son consecuencia de las terribles heridas que escondían sus ropas.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Quién podría maltratar así a un niño? —dije, con apenas un hilo de voz.
No obtuve respuesta. El silencio respondió por él.
Una súbita brisa me trajo el tarareo que había oído aquella noche en el Palacio de los Vientos. Giré la cabeza y mis pupilas se hundieron en el Fantasma. En lo que debía esconder la armadura negra que lo cubría.
La idea de un niño marcado de ese modo me resultaba insoportable.
Yo también había recibido castigos, pero mis faltas se saldaban con el postre que me negaban o con un vestido que no llegaba.
Los de los humanos, como él, siempre estaban relacionados con la violencia.
Sobre todo, si éramos los faes quienes los imponíamos.
Sin embargo, lo que ese soldado había descrito sobre el Fantasma no encajaba en nada de lo que pudiera imaginar. ¿Qué clase de furia o salvajismo cubriría de canas la cabeza de un niño?
—No digáis que os lo he contado yo —susurró de pronto él, con miedo pegado a las palabras—. Os lo ruego. No soporta la compasión.
Como si nos hubiese oído, el aludido volvió la mirada hacia nosotros. Frunció el ceño y avanzó con paso rápido hasta alcanzarnos. Su presencia estrechó el aire.
—Tú —ladró, cuando estuvo frente al soldado—. Deja de jugar y ponte a trabajar; tenemos que amontonar los cuerpos.
—Como ordenéis —musitó el hombre, poniéndose en pie de inmediato.
El Fantasma estuvo a punto de darse la vuelta, pero sus pupilas tropezaron con las mías. Algo lo contuvo de apartar la mirada. Quizá, el hecho de que por primera vez no bajé la vista; sostuve su peso sin pestañear.
Fern nos contempló, inquieta, y carraspeó, rompiendo el silencio.
—Deberíamos volver al carruaje, mi señora —comentó, marcando mi título con los dientes.
—Vamos —respondí, apartando los ojos por fin.
Caminamos hacia el carruaje con rapidez evitando mirar a los lados, donde los hombres de los Verlac arrastraban los cuerpos sin ceremonia hasta un montículo al borde del camino.
Aquellas manos ahora frías y sin vida parecieron sujetarme el rostro y obligarme a mirar de nuevo. Las palabras del humano que me había amenazado hicieron eco, mordiéndome de una forma extraña.
Te haré lo mismo que hicieron los tuyos con mi familia.
—¿Crees que seguimos todavía en la provincia de Sombramar?
—Por los Inmortales, espero que no. Llevamos demasiados días de camino —respondió ella, con un ligero resoplido. Frunció el ceño cuando me miró—: ¿Por qué lo preguntas?
Sacudí la cabeza y me acerqué al carruaje. Apoyé la mano en la portezuela, pero no llegué a abrirla.
—Me preguntaba qué habrán hecho los señores faes de estas tierras para que los humanos actúen así.
Las cejas de Fern se arquearon durante un instante, antes de que sus labios se apretaran en una mueca que no supe interpretar.
—Quién sabe —fue su respuesta. Después, miró por encima de su hombro hacia la figura alta de cabello blanco que resaltaba entre todas las armaduras—. Vamos, entremos de una vez. No quiero estar cerca de ese caballero. No me gusta cómo te mira.
—¿Y cómo me mira? —pregunté, con una sonrisa burlona que se quedó en un patético intento.
—Con demasiada hambre en sus pupilas .