9
E l camino hacia el Valle de los Cuatro Ríos se extendía como una herida interminable.
Amanecíamos antes que el sol, con los ojos aún presos del sueño y el cuerpo cubierto de polvo.
Después de un desayuno que siempre duraba demasiado, volvía al carromato junto a Giry y Fern, y allí permanecía, inmóvil, hasta el mediodía.
Almorzaba con lady Nohr, fingiendo interés mientras ella se quejaba de los baches, del calor, a pesar de que ya estábamos en otoño, de la dureza del viaje sobre sus huesos delicados.
Después, la jornada continuaba hasta que el cielo se rendía al anochecer.
Las posadas que regentábamos parecían madrigueras. Los techos eran húmedos, las paredes parecían combadas y las habitaciones resultaban tan estrechas que había que respirar con cuidado para no chocar con los sueños de los demás.
Apenas descansaba, lloraba hasta caer rendida, pero no podía quejarme. Al menos, Giry y yo dormíamos sobre colchones de paja. Fern se acomodaba en el suelo, sobre mantas agujereadas que olían a moho.
Era una rutina silenciosa, mecánica, como si estuviéramos atravesando el purgatorio de los Inmortales una y otra vez, que siempre terminaba con una oración a La Plateada.
Le suplicaba por mi hermana, por su recuperación, pero si ella me escuchaba, hacía oídos sordos, porque la quemadura que se extendía por su rostro empeoraba con cada día que transcurría.
El Fantasma, sair Erik, iba siempre al frente de la caravana, abriendo paso sobre un caballo blanco como una luna llena en una noche profunda. A veces pasaba junto a nuestro carruaje; otras, lo veía de lejos, con su cabello níveo resaltando entre las armaduras negras.
Era una presencia constante que no se alejaba demasiado. Nunca se detenía. Nunca hablaba. Pero siempre aparecía precedido de un ligero tarareo, de aquella vieja canción que le había escuchado susurrar la noche en que mi palacio había ardido.
Los soldados le obedecían sin discutir, a pesar de que, si fuese fae, no sería mucho mayor que yo.
Lo espiaba tras las cortinillas del carruaje, cuando los ataques de llanto me daban tregua, o cuando la vista se me perdía durante las comidas con lady Nohr.
—Le oí decir a un soldado que el blanco de su cabello no es natural —me susurró Fern una tarde, cuando me vio observándolo a través de la ventana—. Son canas, como las de un anciano.
—Eso no tiene sentido —respondí, mientras me apresuraba a desviar la mirada hacia mi hermana, sumida en un sueño intranquilo.
—He visto a campesinos más jóvenes que yo con el pelo ralo de un anciano —dijo ella, antes de encogerse de hombros—. El sufrimiento, el dolor, transforma a todos.
Como hará conmigo , susurró una voz en un rincón de mi cabeza.
Aquel día no pude apartar la vista del Fantasma. Cada movimiento, cada sombra que proyectaba, cada destello del acero en la vaina que llevaba a su espalda… Pero si notó el peso de mis ojos, no dio muestra alguna.
El amanecer fue un murmullo gris. La niebla parecía devorarlo todo, hasta el propio aire.
Viajaba encogida, pegada al cuerpo de Fern, tratando de compartir un calor que ya no existía. Hasta Giry temblaba, a pesar de que permanecía en un estado de duermevela.
El carruaje avanzaba con un traqueteo agotado. Apenas había dormido la noche anterior. La cama de la posada apestaba y en mi descanso había visto a mis padres derretirse ante mis ojos. Una y otra, y otra vez.
Me removí en el asiento y me quedé adormilada hasta que, de pronto, desperté con un golpe seco. El cielo seguía igual, gris, inmóvil. La niebla se había vuelto incluso más densa.
—¿Por qué nos detenemos? —murmuró Fern.
Se asomó y, al instante, su cuerpo se volvió de piedra. Retrocedió tan abruptamente, que estuvo a punto de caer encima de mí.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
El silencio apenas duró un momento. De pronto, oí gritos a lo lejos: órdenes confusas, acero golpeando acero, el relincho de un caballo herido.
—Creo que nos atacan —susurró.
El aliento se me atragantó mientras apartaba con cuidado las cortinillas de mi ventana. La niebla se había vuelto más opaca que nunca. Entre los jirones blancos, pude avistar las sombras de los soldados de la familia Verlac aparecer y desaparecer, como engullidos por ella.
Una súbita corriente de aire helado me azotó el rostro, antes de que un ramalazo caliente me recorriera la mejilla.
Alcé los dedos, temblorosa.
Sangre.
Giré la cabeza.
Una flecha se había clavado en el árbol más cercano.
—No es hora de jugar, florecilla.
Me volví con brusquedad. Me encontré con el rostro afilado del Fantasma a apenas unos centímetros de distancia. Sus ojos negros apuñalaron los míos.
—Si quieres llegar viva al Valle de los Cuatro Ríos, no vuelvas a asomarte. No encontrarás nada agradable que ver.
Espoleó su caballo y se marchó sin mirar atrás. Por la hoja de su espada desenvainada resbalaba algo más oscuro que la niebla.
Me apresuré a obedecerle. Las lágrimas que antes había derramado parecían haberse congelado en mis mejillas y se mezclaban con la sangre que goteaba desde mi barbilla.
Fern y yo permanecimos inmóviles. El silencio dentro del carruaje pesaba más que los gritos de fuera. Me quité la capa y cubrí a Giry por completo.
Mi doncella rebuscó algo, temblando. De un bolsillo escondido en su falda extrajo un largo cuchillo, todavía envainado.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunté, aterrada.
—Se lo robé a un soldado en Sombramar —contestó con una mueca—. Por si acaso.
El carruaje se sacudió con una violencia brutal. Los gritos del exterior se mezclaban con un sonido nuevo, húmedo. Apreté los puños cuando imaginé que era sangre salpicando la madera.
Otra embestida. Fern y yo caímos una sobre otra, y la capa resbaló, dejando el rostro de Giry al descubierto. Alguien intentó forzar la puerta. A través de la ventana vi unos ojos pálidos, desconocidos, llenos de hambre.
—¡Eh! ¡He hallado un precioso botín!
La puerta del carruaje cedió con un chasquido seco, casi arrancada de las bisagras.
El aire helado se coló en el interior junto con un hombre de mirada encendida. Era un humano alto, de hombros anchos, cubierto por un chaleco de cuero endurecido por la mugre. Las botas, agrietadas, dejaron tras de sí huellas de barro fresco.
—¿Me acompañan, mis nobles damas? —preguntó, con una sonrisa torcida.
Fern, temblando, desenvainó el cuchillo y lo esgrimió sin fuerza mientras yo me apresuraba a cubrir de nuevo el rostro de mi hermana.
El asaltante resopló y, con un golpe sordo, la daga cayó al suelo. Después, agarró a Fern por la muñeca y la lanzó fuera, al alcance de otros humanos que aguardaban en la niebla.
Me encogí en el fondo del carruaje, con los brazos alzados frente al rostro.
Él se rio con un sonido casi animal y me arrastró con violencia, dejando a Giry sola y escondida en el interior del vehículo.
Caí contra otro asaltante. Su mano, ennegrecida por la suciedad, me cubrió la boca. El filo de su espada rozó mi cuello, tan frío que me cortó el aliento.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? —murmuró con diversión cruel—. Una fae… pelo negro, piel blanca, ojos azules. Y una bonita camelia bordada en su vestido. No me digas que hemos tenido la maldita suerte de cruzarnos con una Daaé.
Tragué saliva, intentando apartar la mirada. La clavé en Fern, que se debatía entre los brazos de otro bandido.
—¡Eh, Raff! —gritó el hombre que me sujetaba—. ¡He atrapado a una Daaé!
—¿Una Daaé? ¿No se habían asado todos en su castillo? —respondió otra voz.
El hombre soltó una carcajada mientras me acercaba más el filo a la garganta. Pude ver mi reflejo temblando en el acero.
Ahora que la niebla empezaba a despejarse, pude divisar a los soldados de los Verlac. Se miraban entre sí, exhaustos, cubiertos de sudor y fango. El choque de espadas resonaba aún entre los árboles, ocultos en los jirones neblinosos que todavía quedaban.
De pronto, una voz grave ordenó el alto; las hojas de acero se detuvieron un instante en el aire.
Lady Nohr estaba a salvo. Un grupo de guardias rodeaba su carruaje como un muro de hierro, impidiendo que una decena de asaltantes lo alcanzaran.
La vi pálida de horror a través de su ventanilla.
Sus ojos brillaban al contemplar mi cuello atrapado bajo la espada de aquel bandido.
Entonces, tras el vehículo, apareció el Fantasma.
Montaba en su caballo blanco, su silueta se fundía con la niebla. No miraba a los asaltantes, me miraba a mí. Su armadura, manchada de sangre ajena, relucía con un brillo sombrío.
Se detuvo a apenas unos pasos, desmontó de un salto y cayó con firmeza. Ni una herida cruzaba su piel, ni un solo cabello había escapado de la cuerda de cuero que lo sujetaba.
—Vaya, ¿eres tú el mandamás? —se burló el asaltante, apretando más la hoja contra mi piel. Un centímetro más, y cortaría—. Bonito pelo. Pareces una damisela.
El Fantasma se limitó a señalarme con el mentón.
—Suéltala.
—No estás en posición de dar órdenes, bastardo —rugió otro de los humanos.
El hombre que me sujetaba soltó un bufido.
—¡Es una zorra fae! Deberías estar en nuestro bando, no en el de ellos, maldita sea.
¡Eres un traidor a tu propia especie! —Su voz era un veneno vivo destrozándome el oído—.
No pienso dejar libre a esta puta hasta que le arranque esas bonitas orejas puntiagudas y le regale el mismo trato que ellos nos dispensan. ¿Qué opinas, lady Daaé ?
No respondí. Mis piernas parecían de agua, pero los pulmones los tenía llenos de piedras. Miraba al Fantasma sin verlo, tratando de respirar.
Él no apartó la vista de mí.
—Suéltala —repitió. Su voz sonó más grave, más áspera.
—Quizá en tus sueños, bastardo.
El asaltante me arrastró hacia atrás. Yo clavé los talones en la tierra, pero dejé de resistirme cuando los dedos que me sujetaban se clavaron en mi cuello como advertencia.
Sin aliento, vi cómo el Fantasma extendía el brazo con un gesto casi de hastío y un soldado se acercaba para dejarle un arco y una sola flecha.