8
E l amanecer llegó demasiado pronto. El sol partía el cielo como una herida sangrante.
Desperté empapada en sudor, a pesar de que los días de verano habían acabado, atrapada entre sábanas que pesaban como el acero.
Junto a la cama, doblado sobre una butaca, se encontraba el vestido rojo que Fern había dejado la noche anterior.
El traje para el funeral. Para los humanos, el color de la muerte era el negro, pero para nosotros lo era el carmesí.
Como el fuego que devoraba. Nuestro mayor enemigo.
Aunque también como la camelia roja que relucía en nuestro escudo, la que destacaba contra un océano oscuro.
Cuando era un niño, Kallias me guiñaba un ojo, mientras jugaba con su capa roja y decía: «Es como si fuéramos los señores de la muerte.
Como si fuéramos los que decidiésemos quién entra en el Alto Jardín de los Inmortales y quiénes son enviados al Abismo».
Cuando mi madre nos descubrió jugando a algo así, nos castigó a ambos, mientras mi padre apretaba los labios para no echarse a reír.
Tuve que sacudir la cabeza cuando el recuerdo de sus rostros se convirtió en unas manos invisibles que estuvieron a punto de arrancarme el corazón.
Fern me ayudó a vestirme en medio de un silencio sepulcral. Yo no la miraba; hacía todo lo posible por contener las lágrimas.
Cuando salí al exterior, el campamento bullía con una energía frenética.
Soldados, guardias, criados, todos corrían de un lado a otro cargando maderas, piedras, armas y cuerdas.
Algunos desmontaban tiendas, otros levantaban nuevas.
El aire olía a esfuerzo y a resignación.
No quedaba nada de nuestro antiguo patio de armas.
Parecía un lugar distinto. Las fuentes no echaban agua; alguien había apartado los maniquíes de entrenamiento que Giry, a veces, decoraba con flores, y Kallias y Raen reducían a astillas.
Los setos, los matorrales y la hiedra salvaje habían ardido como tantas otras cosas.
—Es la hora, mi señora —dijo una voz grave.
Giré la cabeza. Lord Veyl estaba de pie junto a la entrada de mi tienda, y a su lado, como una sombra viva, aguardaba el Fantasma. Su presencia llenaba el espacio como una amenaza muda. Sus pupilas me atravesaron, antes de apartar la vista.
Lord Veyl me ofreció el brazo y yo lo tomé con manos trémulas.
El funeral de mi familia y de todos los invitados que habían muerto la noche anterior se llevó a cabo en un pequeño patio trasero, que las llamas no habían alcanzado.
No hubo ceremonia para los humanos que habían perecido; por lo que escuché, se vertieron los cuerpos a una fosa común que habían excavado en el límite del bosque y los supervivientes recitaron una oración en su honor, antes de volver al trabajo.
«Su tristeza es diferente a la nuestra», solía decir mi padre, aunque vi los rostros de muchos criados tan demacrados como el mío.
La ceremonia fue corta. No se contó con el apoyo de las hermanas de la Orden Gris ni hubo sacerdote que la oficiara, sino que fue conducida por el propio rey Oberón.
Frente a él se colocaron más de una docena de ataúdes.
Cajones de madera sencillos, lejos de los féretros de mármol en los que solían reposar nuestros cuerpos después de la muerte.
Tres de ellos estaban cubiertos con un estandarte de mi familia que habían podido salvar de las llamas.
Los que pertenecían a mi padre, mi madre y Kallias.
El de Raen no estaba marcado de ninguna forma; podía ser cualquiera.
Así que yo clavaba la mirada en cada ataúd, susurrando con la mente rota todo lo que me hubiese gustado confesarle cuando vivía.
Pero daba igual cuántas plegarias en nombre de él y de mi familia elevara a los Inmortales.
Nunca volvería a verlos. Jamás recibiría una mirada severa de mi madre, mi padre no volvería a ofrecerme sus paseos, mi hermano no se burlaría con cariño de mí, Raen no me miraría a escondidas.
Nuestras manos no volverían a rozarse de casualidad cuando nos cruzásemos por las galerías, y solo las flores labradas en la piedra seguirían siendo las únicas testigos de aquel roce prohibido.
Apenas oí nada de lo que pronunció el rey. Los recuerdos y la pena lo devoraban todo; sentía la mente partida por la mitad.
De no haber sido por lord Wynn, que se percató del violento temblor de mis piernas y me ofreció su brazo, habría caído de rodillas allí mismo, entre los muertos.
Aquel simple contacto logró derrumbar la barrera frágil que guardaba las lágrimas tras mis ojos.
Cuando se rompió, dejé de ver los ataúdes, al rey, a los Verlac, incluso a los recuerdos que habían destellado en mi memoria.
Me convertí en un despojo encogido y sollozante que no veía más que un mundo turbulento y desdibujado, en el que ya no había lugar para mí.
«Cuando reconstruyamos el castillo y todo lo que ha destrozado el fuego, les proporcionaremos la sepultura que merecen», me prometió mi tío, tras la ceremonia.
«Hasta entonces, reforzaremos las fronteras de Sombramar para evitar las rebeliones humanas oportunistas.
Te prometo, querida sobrina, que haremos del Palacio de los Vientos un lugar seguro de nuevo».
Juró quedarse los primeros días allí, supervisando los trabajos de reconstrucción. Lo dijo con una sonrisa tierna en sus labios, aunque a mí no me proporcionó ningún consuelo.
Todo parecía ir demasiado rápido. El ajetreo me engulló. Había demasiado que hacer, y yo, al no poder ayudar en nada, no era más que un estorbo lloroso al que había que sonreír y frente al que inclinarse.
Los invitados se marcharon con sus muertos y, pronto, me vi sola junto a la puerta del carruaje en el que viajaría junto a mi hermana.
Lord Veyl me había ofrecido ocupar un lugar en el vehículo de su esposa, más amplio y cómodo, pero yo había rechazado la oferta con voz temblorosa.
El viaje duraría varios días, no podría mantener una sonrisa falsa y conversaciones incómodas durante tanto tiempo. Necesitaba estar junto a Giry. Tocarla, para saber que seguía ahí. Malherida, sufriendo, pero viva . Ella era lo único que me quedaba de lo que había sido mi vida antes de las llamas.
Los caballos empezaron a resoplar, impacientes, mientras los criados terminaban de asegurar las cargas: montones de provisiones, barriles de agua, cofres con armas y las cajas que contenían los restos de lo que alguna vez fue mi hogar.
Los estandartes de los Verlac ondeaban sobre los carruajes oscuros: lirios del valle, blancos, superpuestos a una noche estrellada.
De la camelia roja de mi familia ya no quedaba ni rastro.
Todo estaba dispuesto para la partida.
Cuando subí al carruaje, ocupé mi lugar sobre el incómodo banco de madera, con la vista fija en el rostro dormido de Giry. Su respiración era débil, pero constante.
La quemadura tenía un brillo sanguinolento y parecía haberse extendido con el paso de las horas. La piel cercana al borde herido estaba roja e inflamada. Supurante.
Me apresuré a apartar la mirada.
—Es la primera vez que abandonarás Sombramar —susurró Fern, mientras acomodaba una manta sobre mi hermana.
Aunque hacían falta manos y toda la ayuda posible en el Palacio de los Vientos, había conseguido traerla conmigo. Sabía que en el Valle de los Cuatro Ríos habría doncellas a puñados, pero la necesitaba a ella. Era la única frente a la que podía llorar sin vergüenza.
Asentí en silencio. Miraba a través de la ventana, pero no veía nada en realidad. Pude haber asomado la cabeza para ver cómo desaparecía mi hogar en la lejanía, pero no lo hice. Habría dado igual. Las lágrimas lo emborronaban todo.
—He oído decir que el Valle de los Cuatro Ríos es un lugar encantador —continuó, con suavidad.
Alzó su mano, como si quisiera tocarme, pero la apartó en el último instante.
Pareció obligarse a sonreír—. Su fortaleza es enorme y siempre está llena de invitados y nobles de otras provincias de Elysia. Será muy distinto a Sombramar.
—Sí —murmuré—. Lo será .