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R edactaron el Contrato Real aquella misma mañana, mientras yo velaba a mi hermana Giry y un par de criadas se turnaban para cambiarle las cataplasmas que cubrían sus quemaduras.
Antes del almuerzo (al que no acudí), firmé el documento bajo la mirada de lord Veyl y otros nobles faes invitados a mi Ceremonia de Mayoría de Edad.
Cuando clavé la punta de la pluma sobre el pergamino, entrecerré los ojos, dolorida, como si fuera mi propia piel la que arañase.
A pesar de ello, sabía que no tenía alternativa.
No solo había perdido a casi toda mi familia, también los invitados más cercanos a ellos, los amigos íntimos de mis padres, aquellos que eran más leales.
El único que había salido indemne había sido lord Myrr.
Me ofreció hospedaje en sus tierras, como tributo a la larga amistad con mi padre, pero cuando le hablé de la oferta del rey, se limitó a asentir y a retirarse.
Ni él ni ninguna otra familia, por mucha lealtad que me profesaran, se opondrían a la idea del monarca.
Nadie nos acogería a Giry y a mí en sus tierras si con ello desafiaban la propuesta del rey de Elysia.
Mi padre, de haber estado vivo, tampoco lo habría hecho.
El funeral se celebraría al amanecer. Sabía que los cuerpos que habían encontrado habían sido transportados a una tienda de campaña de color negro, situada cerca de las murallas de la fortaleza.
Nadie me había invitado a reconocerlos, aunque yo tampoco me había atrevido a poner un pie en su interior.
Alguien a quien había escuchado a medias me había asegurado que se habían recuperado los cuerpos completos de mis padres, mi hermano Kallias y Raen, pero tras las delgadas paredes de tela de la tienda de campaña había escuchado los murmullos de los criados y los guardias.
De cómo los cadáveres calcinados se habían deshecho en cenizas cuando los habían tratado de mover, de cómo los rasgos se habían convertido en máscaras negras sin forma, de cómo muchas de las familias cercanas a mis padres solo podrían llorar frente a una sepultura vacía, porque no había quedado más que un puñado de hollín y joyas ennegrecidas.
Solo me alejé de Giry cuando acudieron a asearla. En el momento en que comenzaron a movilizarla, mi hermana empezó a sollozar en sueños y a gemir de dolor. No lo soporté. Prácticamente salí huyendo, con las manos aferradas entre sí para no apretarlas contra mis oídos.
Había pasado varias horas arrodillada junto a su lecho. Al salir al exterior, los rayos de sol que caían sobre el castillo ennegrecido eran anaranjados y no lucían con la misma fuerza.
La actividad en el patio de armas era escasa, al contrario que aquella misma mañana. Criados y soldados se agrupaban en torno a tiendas u hogueras improvisadas, comiendo algo, o simplemente hablando. Escuché incluso alguna carcajada aislada.
No vi al matrimonio Verlac, tampoco al rey ni a ninguno de sus allegados, lo cual agradecí. No era capaz de fingir de nuevo, ni siquiera un leve entusiasmo, ante la idea de abandonar mi hogar y convertirme en huésped de otra tierra.
Volví el rostro y mis ojos se quedaron quietos en las puertas del palacio. O, más bien, en lo que quedaba. Un par de bisagras ennegrecidas y un montón de cenizas frías junto a ellas. Nadie las vigilaba.
Miré a ambos lados, como si esperara encontrarme alguna mirada de advertencia y, tras un instante de vacilación, me dirigí hacia lo que quedaba de la entrada de mi antiguo hogar.
Con la respiración contenida y, a punto de echar a correr, me adentré en la fortaleza.
Mis ojos entrecerrados no fueron capaces de abrirse por completo hasta que atravesé parte del vestíbulo y me detuve junto a la gran escalera que ascendía, con las camelias de mármol entrelazadas en los pasamanos.
Esa misma que había bajado corriendo muchas veces, perseguida por Kallias, mientras mi madre nos contemplaba con ojos censores y los criados hacían todo lo posible por contener las carcajadas.
No quedaba nada de los enormes tapices bordados ni de las alfombras gruesas ni de los estandartes y las banderas…
Solo roca desnuda cubierta de hollín. Aunque habían realizado un buen trabajo de limpieza, parte de las enormes arañas colgantes yacían ahora sobre el suelo, destrozadas, y la cera de las velas se había convertido en masas blanquecinas aquí y allá, adornando la superficie con su color lechoso.
La piedra no ardía, pero el interior del palacio estaba repleto de tela y de madera.
El incendio se había propagado a la velocidad del relámpago, devorando hasta las astillas de los muebles.
Me encontraba en el interior de una sepultura.
Con una mano temblorosa, acaricié la flor de mármol del pasamanos y comencé a ascender hacia el origen de aquella pesadilla. Cuando llegué a la planta donde yo debería haber ardido con el resto de mi familia, mis dedos se habían tiznado de negro.
A mi derecha se abría un ancho pasillo, vacío, tan silencioso como una tumba.
Conducía a la Torre Norte, donde se hallaba el ala familiar.
Allí no habían quedado puertas que cubrieran los huecos que conducían a los antiguos dormitorios, pero sí pude ver los restos de lo que había sido la enorme puerta labrada del despacho de mi padre.
Una mano invisible me aferró por la garganta.
No pude evitar preguntarme qué habría ocurrido si hubiese tomado otra decisión, si hubiese abierto aquella puerta entrecerrada del despacho, si me hubiese despedido de alguna forma de mi padre.
Quizá, la conversación habría sido suficiente como para ganar tiempo y detener de alguna forma el origen del incendio.
Quizá, él podría haber averiguado lo que me proponía, y el revuelo posterior habría impedido que Malthus comenzara el fuego.
Entrecerré los ojos mientras las lágrimas recorrían mis mejillas, y empujé la puerta con suavidad.
El crujido que hizo al moverse reverberó hasta en mis huesos.
Como había imaginado, poco quedaba en pie del magnífico despacho de mi padre.
El incendio había reducido todo a hollín y a astillas de madera ennegrecidas.
Lo único que permanecía en el centro de la estancia, ladeado porque una de las patas había colapsado, era el sillón de cuero donde solía sentarse.
Donde yo misma lo hacía cuando era pequeña y jugaba a ser la gobernadora de la provincia de Sombramar.
Parpadeé, de pronto. Me aparté las lágrimas y avancé, con los ojos clavados en el respaldo del sillón. Milagrosamente, estaba prácticamente intacto. El único daño que había sufrido había sido una laceración en su mismo centro. Un orificio desgarrado. Los bordes estaban ennegrecidos.
Avancé otro paso más y, con cuidado, alisé los fragmentos caídos de cuero.
—Subir hasta aquí solo puede ocasionar un tormento innecesario —dijo de pronto una voz a mi espalda—. Hasta una niña tonta lo sabría.
Me volví, sobresaltada. Apoyado en lo que antes había sido el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada, el Fantasma me contemplaba con cierto aburrimiento.
—No soy una niña —musité, con la voz entrecortada.
El humano se separó de la pared con parsimonia y caminó con pasos lentos y largos hasta situarse frente a mí.
Visto tan de cerca, con aquella inmensa armadura que era una segunda piel en él, su altura parecía infinita.
Apenas llegaba a alcanzarle el hombro, a pesar de que los faes éramos más esbeltos que los humanos.
—He oído por ahí que la nueva huésped de los Verlac grita «fuego» mientras duerme, y que, cuando despierta, se dedica a destrozar todo lo que encuentra —dijo, consiguiendo que me sonrojara de vergüenza al recordar lo que había ocurrido en mi tienda aquella mañana—.
¿Disfrutas revolcándote en algo que jamás podrás solucionar?
—Me mordí los labios y di un paso atrás instintivamente, intimidada por su cercanía—.
¿No contestas? —Sus labios se torcieron en una mueca burlona.
—No puedes tratarme así, humano —murmuré súbitamente, retrocediendo otro poco. Mis piernas rozaron el sillón de cuero y este temblequeó, inestable sobre sus tres patas—. Eres solo un soldado, y yo soy una señora fae del Reino de Elysia, tu superior. Deberías hablarme con más respeto.
—¿Mi superior ? —repuso él, sin borrar aquella expresión gélida de su rostro. Avanzó otro paso. Con las cejas arqueadas, clavó la barbilla en el pecho para poder mirarme a los ojos.
El calor abrasó mi cara, los dientes crujieron en el interior de mi boca.
Con otro paso más el Fantasma acortó en un suspiro la escasa distancia que nos separaba. Su aliento cálido abofeteó mi cabello. No pude evitar un estremecimiento cuando aquellas enormes pupilas de animal acuchillaron las mías.
—Sigues sin responder, ¿eh? —Meneó ligeramente la cabeza y un mechón blanco que había escapado de su recogido me azotó la frente—. Como una noble dama fae debe hacer.
—Déjame en paz —susurré, sin ser capaz de controlar mis cuerdas vocales.
El humano se separó por fin de mí, obsequiándome con una mirada turbia que me recorrió de arriba abajo. Sentí cómo tras aquel escrutinio la temperatura de mi cara ascendía hasta límites imposibles.
—Lástima que no pueda hacerlo. Tengo órdenes que cumplir.
A pesar de que el miedo me atenazaba por dentro, estreché los ojos, y la rabia y la impotencia lo fulminaron. Al menos, en la medida en que yo era capaz de hacerlo. Él torció los labios, aburrido.
No añadió nada más. Simplemente, me dio la espalda y echó a caminar con lentitud calculada hasta llegar a la puerta medio deshecha, tras la que desapareció dejando una pequeña nube de ceniza levantada por sus botas.
Me quedé un instante más allí, paralizada por lo que acababa de ocurrir. Jamás un humano me había tratado así. Nunca me había sentido tan humillada. Debía acudir a lord Veyl y a lady Nohr, y denunciar a su caballero… Si es que aquel hombre podía merecer un título así.
Pero entonces, recordé lo ocurrido aquella mañana.
La negativa que había recibido para gobernar mis propias tierras, la disposición de lord Veyl para reconstruir mi hogar, su ofrecimiento de permanecer junto a su familia hasta entonces.
Una queja hacia un caballero que le pertenecía no sería la forma más adecuada de darle las gracias.
Negué y, tras lanzar un último vistazo a aquella sala fría y desolada, abandoné el despacho a paso rápido.
No visité el resto del palacio. Bajé de nuevo por las grandes escaleras y salí al patio de armas. Con las uñas clavadas en las palmas de mis manos, sin mirar a nadie, me dirigí a la tienda de mi hermana.
En el ambiente flotaba un hedor a humo y a hierbas húmedas. La penumbra recordaba a la de los templos de los Inmortales, brillaba un silencio tan denso que solo el susurro de unas manos se atrevía a romperlo.
Giry no estaba sola. A su lado, arrodillada, Fern mojaba jirones de tela blanca en una palangana llena de un líquido viscoso, para después colocarlos sobre su larga quemadura.
Se volvió al escuchar mis pasos.
—¡Vienna! —Fern se incorporó de golpe, casi a punto de abrazarme. Se contuvo en el último instante. Retrocedió, nerviosa—. Te he buscado durante todo el día, pero los Verlac me han tenido tan ocupada que…
—No pasa nada —la interrumpí. La voz me sonó áspera, como si llevara siglos sin hablar—. ¿Cómo está?
—No siente dolor —contestó enseguida—. Cada tres horas, cuando las hierbas comienzan a perder efecto, le damos infusión de lúpulo y amapola. Vuelve a dormir sin ser consciente de lo que ocurre. —Su mirada se nubló un instante—. Lo siento tanto, Vienna…
—Lo sé —susurré, dejando caer los ojos.
Fern vaciló, antes de avanzar un paso hacia mí.
—¿Qué…? —empezó.
—¿Qué voy a hacer ahora? —terminé yo, con una sonrisa rota—.
He firmado un contrato con lord Veyl Verlac.
Se ocupará de las tierras, de la reconstrucción del castillo, del comercio marítimo…
Mientras tanto, me hospedaré en el Valle de los Cuatro Ríos.
Promete criarme como a una hija y encontrarme un esposo con buenos dominios.
—Mis manos, entrelazadas, se crisparon de golpe—.
Cuando esta última instancia se cumpla… podré regresar.
Fern asintió en silencio, aunque su expresión se deshacía a medida que las palabras escapaban de mi boca.
—No tengo otra opción. Giry necesita cuidados especiales.
—Me desplomé a los pies del camastro y escondí el rostro entre los brazos—.
¿Quién seguiría a alguien como yo? Si al menos fuera un varón…
—La voz se me quebró antes de convertirse en un sollozo ahogado—.
Si Kallias hubiese sido el superviviente…
—¡No digas eso! —exclamó Fern, arrodillándose frente a mí—. Giry y tú seguís vivas.
—¿Has visto su cara? —repliqué con dureza—. ¿Quién querrá casarse con ella cuando crezca? La cicatriz nunca desaparecerá. En este mundo, fae o no, si una mujer no es hermosa, no existe.
—Giry es mucho más que eso —susurró Fern, con una ternura que me dolió.
—Lo sé —contesté, con un hilo de voz—. Pero no el resto del mundo.
Cerré los ojos y dejé que las lágrimas resbalaran sin resistencia.
Lloré por mi padre, por todos los recuerdos felices que nunca regresarían; por mi madre y su voz de acero; por Kallias, por sus sonrisas burlonas y sus jugarretas; por Raen y el beso que jamás se repetiría.
Lloré por Giry y por la carne que el fuego le había robado.
Lloré por los días que vendrían, vacíos y helados, como las ruinas del palacio que había sido mi hogar .