6 #2
— ¿Aquí? —repetí, confundida—. ¿En esta tienda, decís?
El silencio se volvió eterno antes de que el rey articulara:
—En Sombramar.
Parpadeé y no pude evitar dar un paso en su dirección. Lo observé, perpleja, segura de que había oído mal.
—La provincia de Sombramar es mi hogar —musité.
—Lo sé, querida sobrina —contestó él, con una sonrisa conciliadora—. Pero piensa en las consecuencias de lo que podría ocurrir si permanecieras aquí. En los peligros que tendrías que enfrentar. Sola.
No estoy sola , estuve a punto de murmurar, antes de que él continuara hablando.
Podía nombrar a otro capitán de la guardia.
Tenía soldados a mi servicio, criados, familias nobles leales a la mía, como la de lord Wynn, pero por la expresión incómoda que mostraba mi tío, aquello distaba mucho de ser suficiente.
—Te conozco desde que eras una niña. Sé que harías un trabajo extraordinario, pero… no está tu padre ni tu hermano. Si estuvieses prometida oficialmente, quizá…
El rey continuó hablando, pero mis oídos se cerraron. Entorné la mirada, buscando algún signo de error en sus palabras, algún titubeo, pero no encontré nada en su tono conciliador y en la media sonrisa tensa que no abandonaba sus labios.
Mi padre me había dicho la noche anterior que el príncipe heredero Ciro sería mi futuro marido.
Jamás se habría atrevido a decir nada así de no haber sido oficial.
Pero ¿entonces…? Sacudí la cabeza y volví a mirar a mi tío, cuyos labios seguían moviéndose a pesar de que ya las palabras no tenían sentido para mí.
Una parte de mí lo entendía, sin embargo.
El valor de una mujer fae dependía de su familia, de los varones de su familia.
Yo los había perdido, no había ninguna figura de autoridad, de sangre, que me respaldara.
«Tu tío es el rey, no debe guiarse por el corazón, sino por el deber», me pareció que siseaba la voz de mi madre en mis oídos.
«¿Cómo podría casar a su único hijo con alguien cuyas posesiones están en peligro? ».
No había gobernadoras en el Reino de Elysia. Aquello solo era propio de países con leyes salvajes. Las hijas únicas estaban destinadas a casarse con segundos y terceros hijos de otras familias faes. Nunca llegaban a ser señoras de las tierras que pisaban desde el nacimiento.
—Contigo como única gobernadora de Sombramar, las tierras, Giry, tú misma…
estaríais en peligro. Sé que has recibido una educación exquisita, pero ¿cómo podrías administrar Sombramar?
¿Cómo la defenderías, si jamás has recibido una clase de estrategia de batalla?
Sobre todo ahora, cuando las revueltas humanas son cada vez más numerosas.
Tragué saliva y asentí, con la barbilla pegada al pecho, para que nadie pudiera observar las lágrimas agolpándose en mis ojos.
El rey Oberón suspiró y recortó la distancia que nos separaba.
Su mano se alzó y se apoyó en mi cabeza, de la misma forma en que mis dedos se entrelazaban en el cabello de Giry cuando ella comenzaba a sollozar.
—No te voy a abandonar, Vienna —susurró, acercándose a mí con lentitud—. Ni a ti, ni a tu hermana. Os brindaré los mejores cuidados, encargaré la administración de estas tierras en quien más confío hasta que te comprometas con un fae digno, que cuide de ti y sea merecedor del gobierno de Sombramar.
Alcé ligeramente la cabeza, pero el rey no me miraba a mí. Sus ojos claros estaban puestos en su hermano menor, lord Veyl, que esperaba serio y con la mano apoyada en el cinturón. Su esposa, a su lado, bajó el rostro en gesto de sumisión, con ambas manos unidas en el regazo.
Entendí de pronto lo que sugería, pero no fui capaz de reaccionar.
—Mientras descansabas, he dispuesto todo con lord Veyl.
Se redactará un Contrato Real en el que se estipularán sus poderes sobre estas tierras hasta que contraigas matrimonio y regreses con tu esposo.
La provincia de Sombramar no podría estar en mejores manos.
A él le confiaría mi vida —añadió, con una sonrisa sincera.
El aludido se volvió hacia mí y me dedicó una reverencia profunda. Me había quedado paralizada.
—Prometo cuidar de vuestras tierras con mi vida, lady Vienna.
—No había un atisbo de duda en su voz. Cada palabra que escapaba de sus labios parecía firmada con sangre—.
Mientras tanto, seréis una invitada en el Valle de los Cuatro Ríos y os alojaréis con mi familia en el castillo de Brumaverde.
Allí, vuestra hermana Giry recibirá los mejores cuidados.
Además, tengo una hija de una edad similar a la vuestra.
Estoy segura de que seréis para ella una hermana.
—Te llevaría conmigo a la capital, pero la corte es un nido de víboras. Una huérfana dueña de un territorio tan extenso… —intervino el rey, con una mueca incómoda tirando de sus labios—. Temo que estés más segura lejos de ella.
Miré a mi Giry, que seguía dormida sobre el camastro con aquella horrible herida tiznando su rostro, ignorante de todo lo que habíamos perdido y de todo lo que nos quedaba por perder.
Sabía que era una oferta generosa. La mejor que podía recibir.
El Valle de los Cuatro Ríos era la provincia más rica y poderosa del reino.
Nunca había caído ante ninguna invasión, nunca había sufrido una rebelión humana, como sí había sucedido en otras en las que mi padre había participado para mitigarlas.
Al ser Verlac el apellido del rey Oberón, pocos nobles osarían enfrentarse a ellos. Eran intocables.
—Gracias… —murmuré, devolviendo la reverencia. Mi cabello suelto casi acarició el suelo cuando me incliné—. Por vuestra generosidad.
El rey Oberón asintió, con una sonrisa más amplia y segura en su boca. Alzó una de sus manos y señaló la puerta cerrada de la tienda.
—Podemos discutir los detalles mientras comes algo. Estás muy pálida, y…
—¿Qué ocurrirá con las tierras de Raen Zenir?
Mi pregunta abrupta hizo desaparecer la voz del rey. Se quedó inmóvil durante un momento, observándome con cierta perplejidad. Como si hubiese olvidado que yo poseía la capacidad de hablar. Y de preguntar.
—Mi familia acogió a Raen hace años. Mi padre se encargaba de gestionar la provincia de Sylvaris hasta que él cumpliera la mayoría de edad.
—Cerré los ojos un instante al recordar sus palabras, su promesa, lo que hubiera ocurrido si hubiésemos llegado a huir juntos.
Tuve que respirar hondo para impedir que mi voz se rompiera—. ¿Qué ocurrirá con ella?
—Sylvaris es una tierra pequeña, colindante a la capital. Por esa razón, y ya que no hay ningún heredero vivo que pueda reclamarla, se anexará a ella —contestó mi tío, sin dudar.
Era la opción más razonable. No era la primera vez que algo así ocurría.
Cuando una familia fae desaparecía sin dejar una descendencia clara, las tierras terminaban formando parte de la provincia de Veldara, la capital.
Pero, aun así, mis manos se convirtieron en puños al oírlo.
Jamás había pisado Sylvaris, Raen apenas me había hablado de su hogar, pero cuando él me había ofrecido escapar, me había imaginado paseando a su lado junto a un río, recorriendo su pequeño castillo de la mano, sentada en el suelo, apoyada en él, frente a la chimenea.
Pero ya nunca existirían caminos junto a una ribera, no habría hogares de piedra que imaginar, y el fuego en esa chimenea que recortaba nuestros cuerpos en mi imaginación creció y creció, hasta engullirlo todo .