6
D e aquella noche solo me quedó un recuerdo confuso de dolor, brasas y humo.
Alguien me había conducido hasta una tienda que habían montado de forma provisional en los límites del castillo, pero no recordaba quién.
Antes de acostarme, una de las criadas me había proporcionado una infusión de amapola que me adormeció enseguida.
No tuve sueños, pero tampoco descansé. Cuando abrí los ojos, los sentí hinchados y aletargados. Había estado llorando mientras dormía.
No encontré a nadie a mi lado. En las telas verdes de la tienda se reflejaban las sombras de las personas del exterior, y las voces y órdenes dadas a gritos las atravesaban.
Me incorporé y una ola de mareo me obligó a permanecer sentada antes de intentar levantarme. Junto a la cama, sobre una pequeña mesa de madera, habían dejado un bonito vestido, un cepillo y una palangana llena de agua para que me aseara.
En silencio, con la mente completamente en blanco, me vestí, arrojando el atuendo de la otra noche, sucio de barro y ceniza, a una esquina. Fern era siempre la que me ayudaba a arreglarme, por lo que la lazada de los cordeles no quedó bien hecha, pero por primera vez me trajo sin cuidado.
Fern … ¿Qué habría sido de ella? No la había vuelto a ver desde que había abandonado mi habitación, antes de la fiesta. Quizá ahora sus cenizas decoraran los suelos del Palacio de los Vientos.
Sumergí la cara en la palangana hasta que me quedé sin aire en los pulmones. Cuando me aparté, jadeaba, y las gotas de agua que resbalaban por mi barbilla mojaron el pecho del vestido.
Busqué el peine y comencé a cepillarme el pelo con ímpetu, con tirones violentos, sin emitir ni un sonido. Solo me detuve cuando vi un mechón grueso entre las cerdas. El cuero cabelludo me palpitaba.
Ahogué un grito en el fondo de la garganta y lancé el peine contra las paredes de la tienda, deseando romperlo en mil pedazos.
Arreé una patada a la mesa y esta se volcó, arrojando su contenido al suelo. Hubiese deseado tener la fuerza suficiente como para reducir todo aquello a fragmentos minúsculos. Los mismos fragmentos minúsculos en los que me había convertido yo.
Chillé, golpeé y pateé todo lo que pude y quise. Nadie se asomó, nadie acudió al escuchar mis berridos desesperados. En mi cabeza, imaginaba a mi madre, ceñuda, observándome con los brazos cruzados: «Una dama fae nunca se comportaría así».
Solo cuando me detuve, agotada, con los músculos doloridos, tuve fuerzas para apartar la tela que conformaba la precaria entrada de la tienda y enfrentarme al exterior.
La habían orientado hacia el este, por lo que fue el muro y los árboles asomando sobre él lo primero que avisté. El castillo se hallaba a mis espaldas.
—El rey Oberón desea verla, lady Vienna —dijo una voz a mi derecha, sobresaltándome.
Me volví. Un joven guardia apostado en la entrada de la tienda me contemplaba con los ojos llenos de cautela. Estaba segura de que me había escuchado aullar.
—¿Dónde está mi hermana? —pregunté, con la voz rota.
—No… no lo sé, mi señora. —El rostro del guardia se tensó—. Mis órdenes son llevaros hasta el rey.
Asentí, sin fuerzas, y seguí la espalda estrecha del joven. No había tomado una nueva bocanada de aire cuando me enfrenté a la montaña ennegrecida que antes había sido mi hogar, del que ya no quedaba nada.
Las banderas con el escudo habían desaparecido al ser engullidas por el fuego, solo permanecían sus mástiles ennegrecidos. Las piedras grises se habían transformado en azabache y todo adorno de madera había sido reducido a polvo. Los detalles dorados se camuflaban ahora con la fachada.
Bajé la mirada, sin ser capaz de mantenerla en aquella horrible visión y, a unos metros, vi la figura esbelta del rey Oberón.
Se encontraba frente a la fachada principal, discutiendo acaloradamente junto a otros nobles faes.
Reconocí a lord Veyl y a lord Myrr, nadie más.
La mayoría de los aliados más cercanos a mis padres se habían alojado en el propio castillo, en las plantas superiores.
Eché un vistazo hacia aquellas ventanas ennegrecidas que ahora parecían cuencas sin ojos, y cerré los párpados con fuerza. Imaginaba cuál había sido su suerte.
Me detuve a un par de metros de los señores faes, mientras el guardia que me acompañaba se adelantaba para anunciarme.
Mi madre siempre me había recalcado que no era de buena educación interrumpir a los varones, aunque una voz en mi cabeza me susurró que, de no haber sido por una desobediencia, por una huida en mitad de la noche, yo sería lo que era ella ahora, un puñado de cenizas grises sin vida.
Mi título flotó en el aire y, al instante, aquella decena de rostros se volvió de inmediato en mi dirección. Las palabras que escapaban de sus labios se cortaron en el acto.
—Lady Vienna… —pronunció el rey Oberón, en tono formal. Tras él, los faes se dispersaron. El único que permaneció a su lado fue su hermano, lord Veyl—. Me alegra veros despierta. Acompañadme, os lo ruego. He pedido que preparen comida y bebida.
—No quisiera ofenderos —musité, esbozando una sonrisa moribunda—, pero creo que no soy capaz de probar bocado.
—Comprendo, comprendo. —Oteó a su alrededor, como si se estuviera asegurando de que nadie nos vigilaba, y acto seguido se acercó a mí, quedando a pocas pulgadas de distancia.
Sus manos se posaron sobre mis hombros cuando habló—: Mi muy querida sobrina, no sabes cuánto siento esta horrible desgracia.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero me obligué a tragármelas. Se convirtieron en un ácido que se deslizó por mi garganta y me corroyó desde el interior. Solo fui capaz de permanecer en silencio. De haber entreabierto los labios, habría comenzado a gritar.
—Sé que necesitarás muchas lunas para asimilar todo lo sucedido, pero solo quiero que sepas que me tienes aquí.
Como tu rey, y como tu tío. —Sus dedos apretaron mi hombro encogido.
Sabía que era una muestra de afecto, pero yo solo quería sacudirme aquellos dedos largos—.
Estaré para lo que desees. No estáis solas. Ni tu hermana ni tú.
—Giry —murmuré de pronto—. ¿Dónde está?
Su mano se apartó por fin de mí y sentí cómo una cadena de hierro se deslizaba por mis hombros y me dejaba libre.
—Venid conmigo —dijo, en voz alta, volviendo a su tono formal—. Os conduciré hasta ella.
El rey Oberón caminó con paso firme. Su hermano, aunque no había pronunciado palabra, lo siguió en silencio. Caminé a sus espaldas, con el corazón latiéndome en la garganta.
Lord Myrr me contemplaba desde la distancia con los labios torcidos en una mueca de dolor.
No era el único que me observaba; era objeto de todas las miradas.
A mi paso, los ojos de todo ser vivo se centraban en mí y, a continuación, los susurros se alzaban como aves al vuelo.
Desde criados, a guardias, y también algunos de los invitados que habían escapado de las llamas.
Hundí las uñas en las palmas de mis manos y me encogí.
Clavé las pupilas en el suelo y no me atreví a levantar la cabeza durante el camino.
Habían llenado el patio de decenas de tiendas de campaña. Nosotros nos encaminamos hacia una de tela roja, situada en uno de los extremos. Un par de guardias custodiaban la entrada. Inclinaron la cabeza a nuestro paso.
En su interior, una figura se encontraba arrodillada junto a un camastro estrecho. Giró la cabeza al oír nuestros pasos. Era lady Nohr, la mujer de lord Veyl. Sus manos delicadas acunaban las de mi hermana.
Le dediqué una reverencia rápida antes de acercarme a aquel lecho improvisado.
El aspecto de Giry no había mejorado respecto a la noche anterior. Tenía los ojos cerrados y respiraba pesadamente.
Bajo la luz diurna, sus quemaduras podían apreciarse mejor.
El tejido granulado que se extendía desde su sien hasta el final de la muñeca estaba ennegrecido, casi putrefacto.
Era como si su cara se hubiera convertido en un dibujo trazado con ceniza y alguien hubiera borrado la mitad de un manotazo.
No había facciones claras tras aquellas quemaduras.
Apreté los dientes para sofocar las náuseas.
—¿Giry? —musité, con un hilo de voz.
—Intentamos que permanezca dormida el mayor tiempo posible, lady Vienna —me informó la fae, alzando sus ojos atigrados hasta mí—. Por el dolor.
Volví a asentir, porque era lo único que era capaz de hacer.
Aquella última palabra me había arrancado el corazón.
Temblorosa, extendí las yemas de los dedos hasta su mejilla sana, pero fui incapaz de tocarla.
Bajé la extremidad con brusquedad, mientras sentía cómo las lágrimas volvían a llenar mis ojos.
—No puede quedarse aquí, en una tienda, rodeada de polvo y soldados —dijo entonces el rey Oberón que, junto a su hermano menor, se había quedado un par de pasos por detrás—. Necesitará cuidados y supervisión constante hasta que sane y el peligro de infección cese.
—Podríamos trasladarla hasta uno de los edificios anexos al castillo, algunos de los que no se han visto afectados por las llamas —me oí decir, con voz queda—. Nuestro capitán de la guardia…
—Tengo entendido que ha perecido en el incendio.
Tragué saliva, y me obligué a hablar de nuevo.
—Entonces yo misma me encargaré de llamar a las hermanas de la Orden Gris.
Las palabras que escaparon de mis labios parecieron hacer eco en aquellas paredes de tela. Nadie respondió de inmediato, pero, a mi espalda, casi sentí cómo el aire se agitaba, cargado de avispas invisibles que zumbaban sin piedad.
—Querida sobrina…
Me volví hacia el rey. No me había percatado, pero lady Nohr se había alejado unos pasos para colocarse a la izquierda del monarca. A su derecha permanecía lord Veyl, silencioso. Los tres me examinaban con una mezcla de tristeza y frustración.
La distancia que nos separaba era corta, pero tuve la sensación de que era un abismo lo que se abría entre nosotros, no el suelo terroso de la tienda.
—No os podéis quedar aquí.