Donde canta la oscuridad 5 #2
11%

5 #2

Era un aullido agudo, infantil. Las pupilas se me dilataron al reconocerlo. Aquella voz… ¡Aquella voz!

—Giry… —musité. Estaba viva. Aún estaba viva a pesar del fuego que debía rodearla—. ¡Giry! ¡GIRY!

—Tu hermana ha muerto —replicó el humano, implacable—. Ni siquiera un fae puede sobrevivir a eso.

—¡No! ¡No! —bramé. Señalé con el brazo tembloroso aquellas puertas devoradas por el fuego—. ¡Suele ir a las cocinas de madrugada! ¡Está viva! ¡La estoy escuchando gritar! —Él frunció el ceño y sus manos disminuyeron la fuerza con la que me apretaban—. ¡Déjame ir!

—¿Dónde están las cocinas?

—En la planta inferior, detrás la escalera principal. La puerta que conduce a ellas está escondida tras un tapiz que cuelga de la pared. ¡Sé muy bien dónde se encuentran! ¡Suéltame, por favor ! ¡Yo podría…!

Él me liberó, dejándome caer de cara contra el suelo, hecha un nudo de brazos y piernas. Con los ojos llorosos, sin apenas fuerzas, vi entre el humo denso cómo el humano se daba la vuelta y desaparecía en aquel averno de llamas y alaridos.

El rey Oberón se acercó a mí y me echó su capa sobre los hombros. Me aferró los brazos con fuerza, mientras los soldados se acercaban. Me murmuraba palabras que no conseguía entender.

— Tranquila —me instó—. Tienes que tranquilizarte.

Hasta aquel momento, no me había percatado de que estaba jadeando con violencia.

El calor que producía el incendio me azotaba la cara, arrancándome ríos de sudor que corrían libres por la piel. En mis oídos hacía eco un insoportable pitido monocorde y agudo, que parecía dispuesto a destrozarme los tímpanos.

¿Cómo…? ¿Cómo había llegado a desatarse aquella locura…?

De pronto, creí ver una figura surgir entre las llamas, totalmente intacta, como si formase parte de aquel ambiente abrasador. Pestañeé, y reconocí de pronto la figura del Fantasma. Entre sus brazos llevaba un cuerpo pequeño, envuelto en la capa que debía haberse arrancado de la armadura.

—¡Giry! —chillé.

Corrí hacia él, desembarazándome ásperamente de las manos del rey.

El caballero se colocó de rodillas y depositó a mi hermana en el suelo con una delicadeza que parecía impropia de esas manos.

Estaba viva, aunque respiraba con cierta dificultad, y parte de su preciosa y larga cabellera rojiza había desaparecido.

Por desgracia, no era lo único. Una quemadura, granulosa y brillante, se derramaba desde la sien hasta su delgado brazo, terminando en la muñeca.

Había arrasado con sus cejas y sus pestañas.

Una marca que le quedaría de por vida y que le recordaría siempre lo sucedido.

Alcé la mirada hacia aquella masa crepitante, naranja, roja y dorada, que seguía despidiendo chillidos agonizantes y moribundos. Los últimos alaridos de faes y humanos que lo último que sentirían antes de abandonar el mundo sería el dolor lancinante que producía el fuego arrasando su piel quemada.

Me quedé sin respiración y me doblé sobre mí misma. Sentía una terrible opresión en el estómago. Un dolor sordo y extraño recorría cada centímetro de mi cuerpo.

Alcé las palmas de mis manos y, tras contemplarlas un instante infinito, escondí mi cara en ellas. Unos sollozos violentos escaparon de mis labios entreabiertos. Traté de calmar la respiración, pero antes de que pudiera lograrlo, unas voces me hicieron alzar la mirada.

Uno de los guardias de mi familia arrojó frente a mí un cuerpo desmadejado que apestaba a alcohol y a sudor.

Entorné la mirada a duras penas y una expresión trastornada y conocida me golpeó de lleno.

Era Malthus, el guardia borracho que había custodiado nuestras dependencias. Recordé su reverencia torpe de aquella noche, cuando pasé frente a él, junto a mis padres.

A su lado había varios soldados, así como el rey Oberón y lord Veyl. Las llamas que danzaban a apenas unos metros de nosotros creaban largas sombras en sus rostros, tiznados de ceniza y sudor.

—Ha confesado ser el autor del desastre, mi señora —dijo uno de ellos. Había desenvainado la espada y la punta se balanceaba peligrosamente cerca del rostro del borracho.

—Estaba bebiendo a escondidas en la biblioteca del segundo piso, y derramó la jarra de vino sobre el candil encendido y un par de libros —añadió el otro, arreando un puntapié al hombre que yacía en el suelo—. Cuando el fuego empezó, el muy cobarde huyó, en vez de dar la voz de alarma.

—¿Es eso cierto? —preguntó con brusquedad el rey. Se inclinó hasta tener la cara del presunto culpable a la altura de los ojos.

Malthus se retorció y gateó hasta mí. Me sorprendía que todavía pudiera moverse, después de haber acabado él solo con una botella de Sangre de Aurora. Sus manos se estiraron y sujetaron, temblorosas, el borde de mi falda. Las tenía en carne viva, repletas de quemaduras brillantes.

Lo observé paralizada, sin aliento.

—Yo… yo… —El hombre estaba tan ebrio que no era capaz de hablar—. Lady Vienna…

El rey Oberón se incorporó de pronto, sin dedicarle otro vistazo.

—Matadlo —ladró.

Debería haber sido yo quien ordenase aquello, pero las palabras se habían enredado en mis cuerdas vocales y no parecían capaces de salir de allí.

No entreabrí ni siquiera los labios cuando uno de los soldados sujetó al hombre por el pelo, obligándolo a erguirse.

El aullido de terror que lanzó apenas fue un murmullo comparado con el alarido destrozado que profirió cuando la espada de uno de los caballeros le atravesó la garganta. La sangre se derramó como una cascada y la cabeza cayó hacia un lado, solo sujeta por un poco de tendón y músculo.

Con un ruido sordo, Malthus cayó frente a mis pies.

Tardó unos momentos en dejar de retorcerse.

Me llevé las manos a la boca, horripilada, y retrocedí, arrastrándome, alejándome de aquel charco sanguinolento que cada vez crecía más y del cuerpo quemado e inmóvil de mi hermana pequeña.

Me detuve cuando mi espalda golpeó contra unas piernas fuertes y firmes. Cuando volví los ojos, aquel humano, el Fantasma, me ofreció una mirada negra.

—Pobre florecilla —creí oírle susurrar, antes de desviar la vista hacia el estandarte de mi familia que, como todo, ardía sin control. Las llamas habían engullido la camelia roja—. No ha quedado ni un solo pétalo .