5
S olo mis pasos quebraban el silencio que se había adueñado de aquella noche. No había luna llena, pero las estrellas brillaban tanto en el cielo que ni siquiera necesité una antorcha para seguir adelante. Los insectos parecían haber perdido la voz y no corría ni una ráfaga de viento.
En algunas almenas había luz, y por las murallas veía caminar a los soldados que estaban de guardia. Por si acaso, tuve cuidado en colocar el cabello tras mis orejas, para que fueran bien visibles.
Hice bien, porque cuando pasé junto al palacete donde descansaba la mayoría de los invitados, los ojos de los hombres armados se clavaron en mí.
Aunque, tras una rápida ojeada, nadie se atrevió a detenerme.
Solo un joven pareció dubitativo, antes de que su compañero le propinara un empujón nada disimulado y negara con la cabeza.
Cuando nuestros ojos se cruzaron, se apresuró a inclinarse y a bajar los hombros.
No me sonaba su rostro. Debía ser uno de los jóvenes guardias contratados para esta noche. Me reconociera o no, al día siguiente sería la protagonista de los rumores, y estos llegarían tarde o temprano a oídos de mi familia. No obstante, ya no podía echarme atrás.
No quería hacerlo.
El olor a algas y a sal, mezclado con la humedad de la tierra, me golpeó cuando atravesé los establos, en dirección a una de las salidas más discretas de las murallas, la que solían usar los sirvientes cuando acudían al mercado a por provisiones.
Un par de mozos dormitaban tumbados sobre el heno, pero cuando levantaron las cabezas al escuchar mis pasos, yo ya había pasado al otro lado, fuera de los muros del palacio.
Una antorcha estaba encendida en el umbral del templo de La Plateada.
Era un edificio de piedra gris, recogido, y su tejado curvo de tono madreperla se fundía con las ramas más bajas de los árboles que lo rodeaban.
En vez de entrar, rodeé la construcción por su lateral, hasta dar con el pequeño embarcadero.
En los días de estío me había sentado en el borde decenas de veces con Giry a mi lado, con los pies descalzos chapoteando en el agua. Mi hermano Kallias solía observarnos de lejos, con una media sonrisa dibujada en los labios. Cuando éramos pequeños, acostumbrábamos a bañarnos juntos.
Pero esta vez me encontraba sola, estábamos en otoño, y Raen todavía no había llegado. Junto al pequeño muelle había una barca preparada. Se mecía con la corriente y el casco chocaba con la madera con suavidad. Un pequeño saco de arpillera se escondía bajo los asientos. Provisiones, quizá.
Miré a mi alrededor, pero no oí ni un solo paso. Tal vez fuera pronto, así que decidí esperar.
Al principio me quedé quieta, con las manos unidas sobre el regazo.
Después, cuando las piernas comenzaron a hormiguearme, empecé a caminar en círculos.
Rodeaba el templo vacío, pero siempre, al doblar la última esquina, aceleraba el paso, esperando encontrarme a Raen con una capa de viaje y una sonrisa junto al embarcadero.
Pero el tiempo fue pasando, la luna se movió en el cielo y las estrellas la acompañaron. Pensé en descalzarme e introducir los pies en el agua, pero aparté la idea de mi cabeza cuando me arrodillé para tocar el río helado.
El corazón comenzaba a descontrolarse en mi pecho, así que me escurrí hasta la barca y me dejé caer sobre los asientos. Después, me arrebujé en la capa de viaje y me recliné, apoyando la mejilla sobre el borde de madera.
Mis ojos estaban fijos en el sendero que traería a Raen hasta mí.
A lo mejor fue el susurro del agua que mecía la embarcación, quizá el canto de las aves nocturnas, pero hubo un momento en que dejé caer los párpados y no volví a separarlos.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero entonces me erguí con tanta brusquedad que estuve a punto de volcar la barca. Me sostuve de la borda, con las manos temblando, y miré a mi alrededor, de pronto sin resuello.
Creía haber oído un grito.
Sin embargo, a mi alrededor la noche continuaba tan en calma como antes de quedarme dormida. Aún estaba oscuro, pero no debía faltar demasiado para el amanecer. La hora del Caballero debía haber pasado hacía mucho.
Entonces, la brisa me trajo un susurro.
Voces.
Decenas de ellas que se mezclaban en la distancia.
Fruncí el ceño. Salté al embarcadero y me quedé un instante escuchando.
No había duda. Eran voces, gritos, exclamaciones, que se mezclaban a lo lejos creando una cacofonía, un zumbido intenso que me recordó al del enjambre de abejas del que escapé cuando era pequeña, después de que Kallias golpeara la colmena con su espada de madera.
De Raen no había ni rastro. Sabía que le había prometido esperar, pero aquellas voces me hicieron alejarme del embarcadero, del templo de La Plateada. Lo dejé atrás.
Mis pies desanduvieron el camino que había recorrido.
Cuando vi las murallas del palacio, me detuve en seco.
Parecía que estaba a punto de amanecer. Una corona dorada rodeaba las almenas y los torreones más altos.
Pero aquello no tenía sentido, porque el sol nacía en el este, y el Palacio de los Vientos se erigía en el oeste.
Ni siquiera gasté saliva ni garganta en chillar. Eché a correr hacia los muros.
No vi a ningún soldado patrullarlos, tampoco había mozos dormitando en las cuadras. Las atravesé a toda prisa, con la falda enredándose en mis piernas, mientras los gritos, las voces, crecían, y un extraño crepitar que jamás había oído se superponía a todo ello, mareándome.
Cuando llegué al patio, me detuve en seco.
Mis ojos se clavaron en el edificio principal.
En mi hogar. De la primera planta a la última salían despedidas llamas anaranjadas y largas como basiliscos, que teñían de negro la piedra gris.
No solo el palacio estaba en llamas. Parte del bosque que lo precedía y llevaba hasta el acantilado por el que tantas veces había paseado junto a mi padre se había unido a aquella fogata infernal.
Fuego. Lo que más temían los faes. Nuestro mayor enemigo.
Si nosotros éramos la propia reencarnación de la vida, de la naturaleza, el fuego lo era de la muerte.
No había nada tras él, no había nada que salvar cuando él llegaba.
Solo cenizas.
Mi instinto me ordenó quedarme allí, o darme la vuelta y regresar al embarcadero, junto al agua, pero mis piernas se movieron y corrí como no lo había hecho nunca.
Tropecé con varios sirvientes, que me lanzaron una mirada desorbitada al reconocerme.
La mayoría corrían de un lado a otro; algunos seguían órdenes, portando cubos de agua, mientras otros tan solo chillaban y se dejaban llevar por el pánico.
Algunos, incluso, abandonaban el recinto por la entrada principal de las murallas.
No muy lejos, a una distancia considerable de las llamas, vi al rey Oberón, rodeado por un muro de soldados.
Llevaba la túnica para dormir y una capa de viaje sobre sus hombros, tiznada de polvo y humo.
No era el único que parecía haber escapado a salvo del palacio.
Atisbé a otros invitados, como lord Myrr y el matrimonio Verlac, que observaban con mirada desorbitada el Abismo de los Inmortales en el que se había transformado mi hogar.
Lady Nohr tenía las largas uñas clavadas en sus mejillas.
Vi algunas cabezas más asomarse por las ventanas de la residencia anexa, con expresiones horrorizadas, pero no se atrevían a bajar.
De mi familia no había ni rastro.
No sabía dónde se había originado el fuego, pero el rey Oberón había tenido tiempo para escapar de las llamas antes de que lo alcanzaran.
Pero no mis padres, ni mi hermano Kallias, ni Giry, ni siquiera…
Raen. No había acudido al embarcadero del templo de La Plateada porque no había podido abandonar el palacio.
Sus habitaciones se encontraban en la Torre Norte. En la misma que debía estar yo, fundiéndome con la madera y los velos de mi cama… aquella misma que ahora se había convertido en una forja de gritos y llamas.
—¡NO! —aullé. Eché a correr en dirección a la fortaleza—. ¡No! ¡No! ¡NO!
Lord y lady Verlac me lanzaron una mirada aterrorizada cuando avistaron mi figura.
El rey Oberón alzó la mano y me señaló con un dedo; tenía el rostro completamente deshecho, tintado por el humo y la ceniza.
Sus ojos verdes resaltaban como dos faros salvajes.
Me pareció oír cómo ordenaba algo a los soldados que lo rodeaban.
Los rostros asomados a las ventanas volvieron a aullar, descontrolados.
Me lancé contra la puerta de entrada, medio abierta y carcomida por el fuego, pero un brazo férreo me sujetó por la cintura y me hizo retroceder con rudeza. Me debatí, furiosa, y golpeé a diestro y siniestro una armadura cálida por las altas temperaturas que despedían las llamas.
Levanté la vista y el Fantasma me devolvió la mirada.
No obstante, aquella vez no sentí miedo, y volví a mi fiero ataque.
No me importaba que él me abrazase con tanta fuerza, cuando solo era la débil capa del vestido la que me cubría.
Ahora el decoro no importaba. Absolutamente nada.
Solo quería que me soltase y me dejase encaminarme hacia ese mundo en llamas que se parecía demasiado al Abismo de los Inmortales.
Sin embargo, él consiguió sujetar mis muñecas con una sola mano. Con la otra, me obligó a levantar la mirada, apoyando el dedo índice en la barbilla.
—No seas tonta —dijo, con voz seca y sin rastro de compasión. En sus ojos se reflejaban las rojas lenguas del fuego. Parecía un auténtico monstruo—. Si te metes ahí dentro, morirás.
—¡Suéltame! ¡SUÉLTAME! —chillé, sin dejar de debatirme.
No pensaba. El interior de mi cabeza ardía tanto como mi hogar. Estiré las manos y traté de arrebatarle la espada que llevaba a su espalda, asomando del cinto.
Aquello le hizo arquear las cejas, pero su lazo prieto no disminuyó.
De pronto, una voz conocida atravesó toda aquella cacofonía atroz que llenaba mi cabeza. Apagó gritos que no eran míos y el crujido de la madera al derrumbarse.