4 #2
Mi padre deseaba bailar con una traidora, con alguien que abandonaría su hogar en unas horas y no lo volvería a pisar hasta tener un título distinto.
Él nunca me había golpeado, pero me pregunté si me abofetearía de saber la verdad.
Aun así, le dediqué una reverencia y esbocé una pequeña sonrisa mientras le susurraba:
—Por supuesto, padre.
Pasada la medianoche, creí haber cumplido mi deber con creces, y pedí permiso para retirarme, a pesar de que no notaba ni el más leve ápice de sueño.
Hice las inclinaciones pertinentes, deseando apartar la cara ante la sonrisa de los invitados y los ojos atentos del rey Oberón.
Cuando abandoné el Pabellón de las Estrellas me sentí como una fugitiva, huyendo de algo, o de alguien.
La fiesta no se prolongaría mucho más. La mayoría de lores invitados se despertarían temprano al día siguiente para regresar a sus tierras o para reunirse con mi padre o con el rey.
Desde mi dormitorio a oscuras, en el que se escuchaba el eco de la fiesta, fui consciente de cómo la música se iba apagando, de cómo las voces se convertían en susurros hasta finalmente desaparecer.
En ningún momento me dormí. Ni siquiera fui capaz de tumbarme sobre el lecho.
Cuando Fern acudió para ayudarme a desvestirme, la despaché y le pedí que se acostara temprano.
Ella obedeció, aunque una expresión de sospecha brilló en su mirada clara.
En vez de ponerme el camisón que esperaba doblado sobre la cama, elegí un vestido sencillo para el que no necesitaría ayuda y una capa de color pardo.
Me cepillé tantas veces el pelo que dejé mi cuero cabelludo palpitante, casi en carne viva.
Raen me había dicho que me esperaría en el templo a la hora del Caballero.
El Palacio de los Vientos albergaba junto a las murallas los dos templos dedicados a los Inmortales, pero yo siempre me dirigía al mismo.
Y él lo sabía. El templo de La Plateada era el más alejado, fuera de los muros de mi hogar, aunque estaba lo suficientemente cerca como para ser seguro.
Allí corría el río Aguasrosas, un afluente del Cendaluz, que comunicaba nuestro hogar con Verdemar, la capital de nuestro territorio, a apenas unos kilómetros de distancia.
La hora del Caballero era la más oscura de la noche, a eso debía su nombre. El momento en que los soldados despertaban en sus campamentos y se preparaban para la batalla que librarían al alba.
Mis zapatos solían ser delicados, repletos de bordados y apliques dorados, pero elegí unas botas que apenas me había puesto alguna vez, en las escasas ocasiones en las que no había tenido más remedio que montar a caballo.
Extraje una sola vela del único candelabro que no había apagado de mi dormitorio, y abandoné la habitación, con el corazón martilleando errático en mis extremidades. El fuego que sostenía se agitaba por culpa de mis temblores.
La galería de piedra se encontraba en penumbras. Todas las luces estaban apagadas. Yo arrastraba el único resplandor. Las puertas estaban cerradas y no asomaba ni un atisbo de dorado tras ellas. Todos debían dormir.
Me detuve durante un instante junto a la puerta de Raen, la última.
Estuve a punto de llamar, pero decidí seguir el plan.
Aunque no había guardias cerca, ya que la mayoría se encargaba de velar el sueño del rey Oberón y de los invitados más ilustres en un palacete anexo que mis padres habían arreglado especialmente para la ocasión, no quería llamar la atención.
Al girar la esquina, me detuve en seco. Al final de la galería, junto a las escaleras principales que descendían, el despacho de mi padre estaba entreabierto y, la luz tras la puerta, encendida.
Lancé una plegaria a El Radiante, y contuve la respiración mientras trataba de oír algo. Agucé un poco más la vista y, junto a la entrada que daba a la escalera, en el mismo lugar donde lo había visto horas atrás, dormitaba Malthus, el viejo guardia al que mi madre le desagradaba incluso mirar.
No se oía nada más.
Solté el aire con suavidad y me obligué a seguir adelante. Los latidos de mi corazón hacían tanto eco en mis oídos que era incapaz de escuchar mis propios pasos.
Contuve el aire cuando pasé junto a la puerta entreabierta del despacho.
No oí nada tras ella, ni siquiera el susurro de una respiración.
Me imaginé a mi padre leyendo, concentrado, como tantas veces lo había espiado a escondidas, o quizá, descansando sobre su sillón.
A veces se quedaba dormido mientras revisaba los documentos del reino.
Estuve a punto de abrir un poco más esa puerta. De mirarlo por última vez. Pero cuando mis dedos apenas rozaron el pomo dorado, aparté la extremidad de golpe.
Había tomado una decisión y no podía echarme atrás. No podía arriesgarme. Tendría que conformarme con el último vistazo que le había dedicado aquella noche, antes de escabullirme hasta el dormitorio.
Sabía que, cuando descubriese mi traición, nada volvería a ser igual.
Me deslicé hacia las escaleras sin mirar ni una vez atrás. Malthus parecía inconsciente, con la espalda apoyada en uno de los pilares y la cabeza gacha. Se había vomitado encima. Podía ver el rastro pastoso que habían dejado la comida mal digerida y el alcohol en su ropa.
Tragué saliva, y miré los peldaños que descendían antes de observarlo de nuevo.
La oscuridad que reinaba me impedía ver si su pecho subía y bajaba.
Entre las manos sujetaba una botella que debía haber robado de la celebración.
La Sangre de Aurora era una bebida demasiado fuerte para los humanos.
Estaba prácticamente vacía; lo poco que quedaba del líquido interior se había derramado a su alrededor, en un charco sangriento.
Él no sería consciente de mi presencia aunque hubiese caminado a su alrededor dando saltos y palmas.
Estuve a punto de descender el primer escalón, pero entonces recordé las figuras de madera que me había regalado hacía años. Su mirada amable antes de que perdiera todo.
—Por los Inmortales —mascullé, antes de arrodillarme a su lado.
Con cuidado, apoyé la mano en su pecho, intentando esquivar el vómito gris que comenzaba a secarse. Durante un instante me quedé paralizada, pero entonces sentí sus pulmones expandirse.
Con un suspiro, le acomodé el mechón sangriento que caía por su frente.
—Cuídate mucho, Malthus —susurré, antes de darle la espalda.
Caminé más aprisa. Sabía que, si apenas había guardias en nuestros corredores, menos encontraría en el resto del palacio.
Fui hasta la planta baja y me dirigí hacia las cocinas, que comunicaban con el exterior por una pequeña puerta escondida.
Doblé una de las esquinas de la galería con rapidez y tropecé de lleno contra algo frío y duro, e inmenso.
Estremeciéndome por el tremendo impacto, retrocedí, perdiendo el equilibrio.
Me habría dado de bruces contra el suelo de no haber sido por una mano que se enredó en mi brazo y logró enderezarme a tiempo.
La vela, no obstante, resbaló de mis dedos y cayó al suelo.
El fuego se apagó, y solo quedó la luz de la luna que entraba por las ventanas abovedadas del corredor.
Levanté la mirada, pero la voz se extinguió en algún lugar recóndito de mi garganta cuando descubrí de quién se trataba.
Él .
Su armadura resplandecía como la piel de un fantasma.
—Es un poco tarde para pasear —comentó, con una expresión impertérrita.
Era mi fortaleza, mi palacio, mi hogar. Podría haber alzado la voz y alguien habría acudido en mi ayuda.
Simplemente por aquel tono violento y aquel sarcasmo, podía exigir que lo encerrasen una noche en las mazmorras.
Mi padre ordenaría que lo azotasen. Que lo decapitasen, incluso, por muy valioso que resultara para la familia Verlac.
Sin embargo, no era capaz de hablar, ni mucho menos de gritar. Solo pude guardar silencio y contemplarlo con ojos espantados.
A él pareció divertirle mi mutismo.
—¿Tienes problemas para dormir?
Jamás un humano se había dirigido de una forma tan directa a mí. No solo estaba prohibido, nadie se hubiera atrevido a hacerlo, perteneciese a mis tierras o fuese un forastero como él.
Debía haber escuchado mal. Aquello no tenía sentido.
Necesité varios instantes para reunir las palabras en mi cabeza, y otros más para convencer a mi lengua de que se moviera.
—No.
Me sentía estúpida por responderle y, a la vez, por no ser capaz de añadir nada. Él no era nadie, solo un soldado que guardaba las espaldas a una familia fae, como la mía. Aun así, tenía la sensación de que, de haber mentido, él lo habría adivinado.
—Entonces eres un ave nocturna —susurró—. Te dejo que sigas volando.
Se inclinó para recoger la vela que había caído de mis manos y me la tendió. Cuando la acepté con dedos temblorosos, él pasó por mi lado, rozándome con el frío metal de su armadura.
Se perdió en la oscuridad del pasillo, sin mirar ni una sola vez atrás .