Donde canta la oscuridad 4
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D ebía alejarme de él.

Apartarlo a manotazos, incluso, a pesar de que una dama fae no debía usar la violencia. Tenía que darle la espalda y correr hacia el Pabellón de las Estrellas para contarle a mi padre lo que acababa de sugerirme.

Pero, en vez de ello, permanecí inmóvil. Ni siquiera fui capaz de respirar.

—Quiero a tu familia y les estaré eternamente agradecido por el trato que me han dispensado durante todos estos años, pero mi apellido es Zenir.

Y quiero que siga siéndolo. Deseo ocupar el lugar que ocupó mi padre antes de que lo asesinaran —dijo, con lentitud.

Paladeaba cuidosamente las palabras, sin pestañear, con los ojos quietos en los míos.

—Lo comprendo —susurré.

—Mi Mayoría de Edad se cumplirá dentro de una semana.

Un par de días antes, sé que tu padre anunciará mi adopción, y yo no podré hacer nada para negarme.

El rey aprobará su decisión. —Sus brazos temblaban, y los dedos se hundían más en mis hombros, allá donde la tela no los cubría.

Mi piel se había convertido en nieve, la suya ardía—.

Si nos marchamos y conseguimos escondernos hasta que la cumpla, podremos casarnos.

Y permanecer juntos. Ambos seremos mayores de edad, faes de la nobleza, y no necesitaremos la aprobación del rey Oberón.

Si lo lográbamos, si Raen y yo nos uníamos en sagrado matrimonio bajo la luz de los Inmortales, del Radiante y de La Plateada, ni siquiera el rey podría disolver nuestro matrimonio. Nuestras uniones eran sagradas. Irrompibles. No se disolvían sino hasta la muerte de uno de los cónyuges.

Raen respiró hondo y su agarre se suavizó. Sentía las huellas de sus dedos mí, como un hierro al rojo vivo sobre mí.

No añadió nada más. Tanto él como yo sabíamos que estaba proponiéndome una locura.

Un absoluto desafío a todas nuestras costumbres y obligaciones.

Si nos encontraban antes de que Raen cumpliera la Mayoría de Edad, ambos estaríamos perdidos.

Quizá, él perdería la provincia de Sylvaris; la tierra que siempre había pertenecido a su familia.

Pero a mí… me cortarían las orejas y me obligarían a formar parte de la Orden Gris.

Cuando era una niña, mis pesadillas siempre habían estado relacionadas con aquellas carnes mutiladas. A veces me despertaba gritando.

Ahora pocas veces me fijaba en algún miembro con mis propios ojos, aunque siempre se había tratado de damas.

Era extraño que hubiera algún varón entre sus filas.

Generalmente éramos nosotras las que soportábamos castigos más severos.

Al fin y al cabo, eran ellos los que recibían títulos, los que debían gobernar.

La Orden Gris estaba compuesta por los faes.

Una vez que vestían el hábito gris, dejaban de considerarse uno de los nuestros, aunque tampoco se las consideraba humanos.

Permanecían en un limbo extraño, silencioso, en el que solo podían transitar hacia la muerte sirviendo sin exigencias a los nobles faes.

Generalmente se encargaban de servir en los templos de los Inmortales y de cuidar y sanar a los enfermos más graves.

Raen me pedía demasiado.

Le devolví la mirada. Escuchaba un eco ensordecedor en mis oídos, un corazón que latía errático, pero no sabía si era el suyo o el mío.

—Sí —susurré de pronto—. Me marcharé contigo.

La corona de iris que bordeaba las pupilas de Raen desapareció cuando estas devoraron los últimos restos. Así que no vi más que oscuridad antes de que sus labios cayeran sobre los míos.

La espalda se me enterró más en aquella columna y mi cuerpo se arqueó cuando sus brazos me rodearon.

Nadie me había besado jamás. Hacerlo a escondidas antes del matrimonio era un juego sucio reservado a la servidumbre humana.

Algo que La Plateada no aprobaría y que El Radiante castigaría.

Más de una vez, durante algún paseo nocturno, había oído risas ahogadas y jadeos escapando de algunas puertas entreabiertas.

Y yo siempre había apretado el paso y no había mirado atrás.

Sin embargo, había soñado demasiadas veces con aquel momento.

Y ahora, mis huesos, mis músculos, mis labios, se habían disociado de mi mente; sabían perfectamente qué hacer, sabían cómo moverse.

La lengua de Raen acarició mi labio inferior y yo jadeé, dejándolo entrar. Él gruñó algo ininteligible contra mi boca y mis dedos se aferraron a sus hombros, apretando sin piedad.

La oscuridad me engulló cuando dejé caer los párpados, subyugada.

Y yo me dejé mecer por ella. Él pasó sus dedos por mis mejillas, recorrió mi frente y comenzó a bajar con una lentitud tortuosa por mi largo cabello ondulado.

Las puntas morían cerca de mis rodillas, pero sus yemas se retrasaron en mis caderas.

Un estremecimiento violento me sacudió.

Me besaba como si aquello no estuviese mal, como si tuviéramos a nuestros pies todo el tiempo del mundo.

Yo quería creerlo, pensar que así era. Que aquella danza lenta entre nuestras lenguas era solo el preámbulo de lo que nos esperaba.

Pero entonces un ligero canturreo, las palabras de una vieja canción, hizo que nuestros labios se separaran con un resuello.

En los muros del deseo, donde el alma se desangra,

crece una flor en silencio. Ella tiembla, él la llama.

Raen giró la cabeza y su cuerpo se volvió rígido bajo mis manos trémulas. Seguí el camino que trazaban sus ojos y mis pupilas se dilataron de súbito.

Me separé de él abruptamente, ahogando un alarido.

El humano de cabello blanco, el Fantasma , como lo había llamado Raen, nos dedicó una larga y silenciosa mirada que logró apartar de una bofetada toda la sangre de mi rostro.

Se había quedado quieto en el centro del claustro, como si hubiésemos sido nosotros los que lo hubiéramos interrumpido a él en mitad de su paseo.

Raen temblaba a mi lado de rabia.

—No era mi intención molestaros —dijo, torciendo ligeramente los labios. Su voz se arrastraba como el siseo de una serpiente.

Sin añadir ni una palabra ni esperar a que alguno de nosotros separara los labios, nos dio la espalda y desapareció por la galería adyacente, silbando lo que restaba de canción, hasta que la melodía se perdió entre sus pasos.

Raen y yo permanecimos paralizados, incapaces de mirarnos a los ojos y sin saber qué decir. Él carraspeó, incómodo, y se separó un paso de mí.

Sus labios hinchados y húmedos debían ser un reflejo de los míos. Tenía las mejillas salpicadas de rubor y el pecho aún le subía y le bajaba a toda velocidad.

Nuestras miradas se cruzaron, pero fuimos incapaces de decir nada. Apenas un momento antes me había sentido tan maleable como un trozo de arcilla entre las manos de un artesano; ahora mi cuerpo se había vuelto rígido, frío. Casi extraño.

Fue un milagro de los Inmortales que Giry llegase en aquel instante corriendo, con la falda del vestido alzada hasta las rodillas.

Se detuvo frente a nosotros, jadeando ligeramente.

—Madre te está buscando, Vienna. —Nos observó durante un momento con el ceño arrugado, sin comprender muy bien qué hacíamos los dos en aquel lugar oscuro—. Creo que está enfadada.

Esbocé una mueca, entendiendo, y la tomé de la mano para volver con ella al Pabellón de las Estrellas.

Miré por encima del hombro a Raen, que se había cruzado de brazos y se había dejado caer sobre la columna en la que antes se había hundido mi espalda.

Yo todavía podía sentir las muescas de la piedra clavadas en mi piel.

Nos examinó con el ceño fruncido.

—¿Nos acompañas? —le pregunté, intentando que mi voz no sonase temblorosa.

—Id adelantándoos —repuso, apartando la mirada—. Os seguiré más tarde.

Ahogué un suspiro en lo profundo de la garganta, pero, antes de que pudiese avanzar más de cinco pasos, su voz llegó de nuevo a mí.

—A la hora del Caballero, en las puertas del templo.

Me detuve y lo miré por encima del hombro. Todo el calor que me había sacudido terminó de desaparecer tras aquellas palabras. Entendí lo que quería decir.

Con paso rápido, me alejé de él. Giry, a mi lado, miraba de vez en cuando hacia atrás, para desviar después sus pupilas hasta mí.

—¿Por qué está Raen tan enfadado? —preguntó, al cabo de unos minutos.

—Quizá no le gusten los invitados —mentí, encogiéndome de hombros.

—Está celoso de quien te observa tanto.

—Giry, me guste o no, esta noche todos me miran. Cumplo la Mayoría de Edad —repliqué, sonriendo con burla—. Cuando llegue tu turno, sucederá igual.

Ella añadió algo más, pero no pude oírla cuando entramos en el Pabellón de las Estrellas, y la música de los instrumentos de viento y cuerda, las conversaciones y las risas ahogaron la cuestión en mi cabeza.

A unos metros de distancia, mi madre me lanzó una mirada letal.

Tuve la decencia de palidecer y bajar un poco la cabeza.

Sabía que no le gustaba que me esfumara así, y menos cuando el otro desaparecido era Raen.

Había dicho alguna vez que estaba transitando una edad peligrosa, y que los jóvenes en edades peligrosas hacían cosas peligrosas.

Ella no quería que yo fuera víctima de aquel peligro. Y mucho menos en mitad de una fiesta en la que muchos ojos estaban clavados en nosotros como anfitriones. Y, sobre todo, en mí.

Le di la espalda y busqué desesperadamente un lugar donde posar mi mirada. Tenía la sensación de que, si continuaba presa de sus ojos de hielo, ella adivinaría lo que había ocurrido bajo esos arcos oscuros.

Por suerte, mis pupilas se toparon de pronto con la sonrisa amplia de mi padre.

—Te estaba buscando, Vienna. Me gustaría que me concedieras un baile, hija mía. Será uno de los últimos, antes de que te marches a la capital.

Su mano, amplia y suave, se extendió bajo mis ojos.

La miré, estremecida, y recordé los labios de Raen sobre mi propia boca, sus manos deslizándose por mis costados; su voz, sonando clara en el claustro:

A la hora del Caballero, en las puertas del templo.