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Unos dedos tiraron ligeramente de las lazadas en mi espalda y eché un vistazo por encima del hombro, esperando ver a Giry de nuevo. Sin embargo, mis ojos se tropezaron con unos ojos castaños y unos labios que me cortaron la respiración, al moverse tan cerca de mí.
—Si sigo esperando a felicitarte, llegará el amanecer.
—Buenas noches, Raen —acerté a decir, con la voz hecha pedazos. Me obligué a estirar los labios, pero estos amenazaron con partirse. Mis ojos se plagaron de llamas mientras trataba de contener las lágrimas.
Había soñado demasiado el estar junto a él, y no podía despertarme ahora. No quería.
Su sonrisa se pronunció y, a pesar de todos los que nos rodeaban, se acercó un poco más a mí. Sus nudillos rozaron el dorso de mi mano, y yo me estremecí.
—Veo que ya has conocido al Fantasma.
—¿El Fantasma? —repetí, confundida.
Sus pupilas se alzaron por encima del mar de cabelleras que nos rodeaban y se clavaron en una esquina del salón.
—El humano vestido con armadura —dijo, con una nota de tensión flotando en sus palabras—. El que parece incomodar a todos.
—Oh.
No seguí su mirada. No quería cruzarme de nuevo con aquel rostro y aquellos ojos.
—¿Por qué lo llaman así? —pregunté, con un susurro.
—Quizá por su cabello blanco, como el de un anciano.
Quizá sea sigiloso matando. Quién sabe. Muchos ponen apodos sin sentido.
—Se encogió de hombros y sus ojos bajaron bruscamente hasta mí—.
Necesito hablar contigo. En privado . —Echó un vistazo a mi padre.
Parecía que la conversación con lord Myrr estaba a punto de llegar a su fin—.
Después del primer baile. Te espero en el Claustro de las Camelias.
Apenas asentí antes de que se alejara de mí. Cuando el resto de los cuerpos lo engulló, miré a un lado y a otro, pero nadie más parecía habernos prestado atención durante aquel intercambio.
La ceremonia continuó. Era tradición abrir el baile con el cabeza de familia, pero con la presencia del rey aquello cambiaba. Así que cuando los instrumentos de cuerda comenzaron a ser afinados y la melodía de las flautas dulces llegó hasta mis oídos, el rey Oberón ya se había acercado a mí.
Me conocía cada una de las danzas que se llevaban a cabo en la corte y en las grandes fiestas, así que ejecuté los pasos con seguridad, mientras la multitud nos rodeaba y los faes cuchicheaban entre sí.
El rey no me dirigió la palabra durante todo el baile, pero cuando los últimos acordes llegaron a su fin, me murmuró en tono cercano, como siempre que estábamos a solas:
—Estoy seguro de que serás muy dichosa en Veldara. —Su sonrisa se acentuó—. Tu tía se sentiría muy feliz de saber que su sobrina será la próxima soberana del Reino de Elysia.
La mueca de mis labios se quebró, así que me apresuré a dedicarle la reverencia de rigor para esconder mi expresión. Con el cambio de melodía, varias parejas nos rodearon y yo aproveché para escapar.
Si alguien me llamó, no lo oí. Con toda la elegancia que fui capaz de reunir, me deslicé entre la seda y las capas de terciopelo, y abandoné el Pabellón de las Estrellas.
Por fortuna, los corredores estaban vacíos, a excepción de los guardias.
Aunque eran más de los habituales, ninguno se dirigió a mí cuando caminé a paso rápido frente a ellos.
Sabía que aquella incursión nocturna me condenaría a ser la comidilla entre la servidumbre y que, irremediablemente, llegaría a los oídos de mi madre.
Por suerte o por desgracia, quizá, para entonces, yo me encontraría ya en Veldara, la capital, encerrada en el Palacio de Sangreal, lejos de sus sermones.
A medida que la fiesta quedaba atrás, los soldados se dispersaban. Cuando apenas me quedaban unos metros para llegar, todos aquellos ojos vigilantes habían quedado atrás.
El Claustro de las Camelias formaba parte del ala este del palacio, en su extremo, cerca de donde comenzaba el acantilado. Tras los muros de piedra clara podía escuchar el rugir del océano.
Di una vuelta sobre mí misma, pero no encontré a mi alrededor más que los arcos de piedra, mudos, y la fuente del jardín, encendida, dejando que el agua resbalara por ella para llegar a los arriates.
De pronto, un siseo me hizo volverme con brusquedad. Vi de soslayo el resplandor de unos hilos plateados bordados en un jubón de cuello alto, y la sombra de una capa roja al alzarse, antes de que unas manos se apoyaran en mis hombros y me empujaran hacia atrás.
Mi espalda golpeó contra una de las columnas del claustro. Los bajorrelieves se enterraron entre mis omóplatos. Unas piernas vestidas con terciopelo oscuro se apoyaron en las mías.
—Raen —mascullé, con el aliento atragantado.
Las pupilas parecían haberle devorado el iris. Apenas quedaba una corona parda rodeándolas, como en un eclipse total.
—Sé que lo que estoy haciendo no está bien —soltó a trompicones, antes de que yo volviera a separar los labios. Todo el sosiego que había gobernado su voz en el Pabellón de las Estrellas había desaparecido. Su voz sonó ronca, ligeramente desafinada—. Pero debíamos hablar. A solas.
Hundí los dientes en el labio inferior y desvié la mirada.
No quería alejarme de él, no cuando por fin estaba tan cerca de mí, pero mi destino ya había sido marcado.
Sabía quién sería mi prometido, y cualquier instante que pasara con él, más cerca de lo que el decoro permitía, estaría mal visto a los ojos de los demás, de los Inmortales que nos contemplaban desde el Alto Jardín.
—Mi padre… —comencé.
—Sé lo que te ha dicho tu padre —me interrumpió Raen. Alcé la mirada de golpe. Sus dedos me apretaron con más fuerza. Las uñas atravesaron la gasa y la seda que me envolvían—. Kallias me habló de sus planes… y de su deseo de prometerte con el príncipe Ciro.
Me quedé sin palabras. Aquello era casi una traición.
Mi hermano mayor participaba en todas las reuniones de mi padre, lo acompañaba a donde fuera necesario.
Sería el próximo cabeza de familia, el futuro señor de Sombramar.
Por supuesto que debía saber todo. Era su deber.
Pero eso no significaba que pudiese hablar de más.
—Yo no quiero unirme a él —balbuceé, aunque sentí al instante un sabor amargo en mi lengua. Aquello era casi una blasfemia, iba en contra de los deseos de mi padre.
—Lo sé. —Raen asintió, un brillo nervioso resplandeció en su mirada. Se acercó un poco más a mí. Su aliento me acarició los labios—. Por eso te he pedido que vengas aquí. Porque puedo darte una solución.
—¿Una solución?
Los ojos volvieron a quemarme. Por los Inmortales, no existía ninguna.
Cuando los padres faes tomaban una decisión, los hijos y, sobre todo, las hijas , acatarlo.
No había finales felices para quienes se atrevían a desobedecerlas.
Las canciones que recitábamos desde la infancia nos lo enseñaban bien.
Raen se acercó un poco más. Sus ojos se emborronaron por la cercanía. Las puntas de su flequillo castaño acariciaron mis mejillas cuando se inclinó sobre mi oído.
—Huye conmigo. —Las palabras resonaron como las campanas de los templos que llamaban a la oración—. Esta misma noche .