Donde canta la oscuridad 3
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L levaba lunas imaginando el discurso que me dedicarían en mi Ceremonia de Mayoría de Edad. Pero en aquel momento apenas pude entender más que palabras sueltas. Desde que supe que Raen nunca sería mi prometido, todo dejó de tener sentido.

Mi cuerpo había memorizado el ritual, así que no me equivoqué en ninguno de mis gestos.

Y, a pesar de que había soñado mucho con probar por primera vez la Sangre de Aurora, el elixir alcohólico que se ingería en ocasiones especiales, el dulzor espeso me decepcionó cuando empapó mi lengua y se deslizó por la garganta.

No me resultó demasiado distinto al vino de los humanos, que una vez Kallias había robado de las cocinas.

La ceremonia terminó antes incluso de que fuera consciente de ello. No me percaté de que todo había finalizado hasta que mi padre me ofreció su brazo y los invitados se acercaron en tropel para felicitarnos.

A algunos viejos conocidos, como lord Myrr, me fue más sencillo devolverles la sonrisa y asentir ante sus palabras.

Sin embargo, cuando se trataba de desconocidos, como la pareja de faes que acababa de acercarse a nosotros, me era más difícil mantener la compostura.

No hallaba ningún consuelo. Aquellos rostros hermosos, pero vacíos, me recordaban demasiado a la expresión del que sería mi futuro esposo.

—Es un honor recibiros en mis tierras, lord Veyl —saludó mi padre.

—Sí, es agradable abandonar la corte de vez en cuando y arrancar a mi esposa del Valle de los Cuatro Ríos —coincidió el fae, antes de volverse en mi dirección—. Sobre todo, para ocasiones que lo merecen, sin duda.

Bajé un poco la mirada y murmuré por décima vez en aquella velada:

—Os doy las gracias por viajar desde vuestro hogar para honrarme con vuestra visita.

Sabía quién era lord Veyl Verlac. No solo lo conocía cualquier fae, todo humano con una educación mínima había escuchado alguna vez el nombre del hermano del rey Oberón.

No era el más pequeño; por lo que tenía entendido, había otro hermano Verlac, que solía residir y gobernar sus tierras, ya que lord Veyl pasaba la mayor parte del tiempo en la corte, como consejero.

Era el dueño de la provincia más extensa de todo el reino: el Valle de los Cuatro Ríos, donde los cauces del Cendaluz, el Esval, el Liris y el Nimbel se unían en una cruz perfecta en el Cruce Celestial, un inmenso puente de cuatro caminos.

Era el lord fae más poderoso después del propio monarca.

Y su aspecto lo proclamaba a gritos. El rey Oberón era hermoso de una forma antigua, ancestral, pero la belleza de aquel fae era devoradora.

Por lo que había oído, tenía la edad de mi padre, pero ni una sola cana ensombrecía su cabello rubio y bien peinado.

Ni una sola arruga estropeaba un rostro de piel pálida y perfecta, esquinas angulosas y ojos grandes y húmedos.

Y de un verde que recordaba a la hierba tras la tormenta.

La fae que se encontraba a su lado debía ser su esposa, lady Nohr.

Al contrario que él, tenía un cabello castaño que caía en una cascada de rizos que llegaba a rozar sus rodillas.

Su rostro me recordó al de La Plateada, marmóreo y perfecto.

El iris de sus ojos tenía el mismo tono que la luz dorada que invadía el salón.

Era la representación misma de la belleza y la salud.

Sabía que tenían una hija de una edad similar a la mía.

Mis padres habían acudido a su Ceremonia de Mayoría de Edad hacía solo un par de lunas.

—Os felicitamos de corazón en vuestra Ceremonia de Mayoría de Edad —dijo ella, con una sonrisa.

De pronto algo me golpeó por detrás, a la altura de la cintura. Giré ligeramente la mirada, mientras mi padre volvía a intercambiar unas palabras con lord Veyl.

Mi hermana Giry alzó el rostro hacia mí, acelerada por la carrera. Tenía los labios tiznados de rojo, lo que significaba que debía haber robado los frutos rojos de algunos de los platos que esperaban a ser servidos.

Sus dedos arrugaron la falda de mi vestido. Parecía asustada.

—Vienna —me susurró—. ¿Quién es ese ?

Fruncí el ceño, confusa, y seguí la mirada de mi hermana pequeña. Entreabrí los labios cuando me topé con el rostro de aquel que había logrado arrancarle un estremecimiento. No sabía quién era, pero estaba segura de que no podía ser miembro de la familia Verlac.

La sombra que mis ojos habían captado en mi camino hacia el trono había sido un borrón blanco y negro.

No era un fae, sus orejas redondeadas lo afirmaban.

Lo cual no tenía ningún sentido, porque aquella ceremonia estaba prohibida para cualquiera que no perteneciese a nuestra raza.

Aunque era solo un humano, era indiscutiblemente alto, casi tanto como lord Veyl.

Su cuerpo, esbelto, estaba vestido con una armadura negra, mellada en algunas zonas.

En su cinto portaba una espada que podía doblar en tamaño a todas las que había visto en mi vida.

Nada tenía que ver con las que había visto portar a los guardias, ni tampoco con las armas que a veces llevaban mi padre, Raen o mi hermano Kallias, afiladas pero magníficas.

No había nada hermoso en las manchas de sangre seca que se adivinaban en la vieja vaina.

Durante un instante pensé que se trataba de un anciano.

Su cabello, completamente blanco, caía sobre su rostro, ocultándolo.

Ni siquiera lo llevaba bien sujeto. Apenas un cordel anudaba una parte en su nuca.

Los humanos debían llevar el cabello siempre firmemente recogido, éramos los faes los que apenas lo recortábamos y lo dejábamos libre, suelto, como una muestra de nuestro estatus, de nuestro poder.

Debió presentir el peso de mi mirada, porque bajó con brusquedad la barbilla y hundió sus pupilas en las mías.

Era ridículo que un fae pudiera sentir miedo de un humano, pero no pude evitar dar un paso atrás y arrastrar a Giry conmigo.

Me había equivocado por completo. No era un anciano.

Si fuera un fae, sería unos años mayor que yo, nada más.

Jamás había visto un aspecto como el suyo.

Su melena blanca le acariciaba un rostro afilado y pálido.

La nariz era delgada y, bajo ella, sus labios finos, rosados, se estiraban en una mueca apretada y desagradable.

Parecían rotos por una media sonrisa, y no porque los tuviera estirados.

Una leve cicatriz rompía la comisura izquierda en dos.

Todo en él parecía hecho de niebla, pero sus ojos… Tragué saliva, sintiéndome de golpe sin aliento. Jamás había visto una mirada así. Tan negra, que no era capaz de distinguir el iris de la pupila. Pura brea, puro azabache.

Pura oscuridad.

Mi padre percibió su presencia cuando advirtió mi expresión pálida. Sus ojos relampaguearon al encarar a aquel hombre que aguardaba tras lord Veyl y lady Nohr, cuyas orejas redondas se mostraban sin tapujos.

La voz le tembló un poco cuando pronunció:

—No está permitida la entrada de humanos. Y menos, armados. —Sus ojos se entrecerraron al caer sobre la empuñadura de la espada—. Se les han preparado unas dependencias anexas. Deberán aguardar allí.

La sonrisa de lord Veyl vaciló durante un instante, antes de regresar a sus labios con seguridad.

—Sé que no es lo indicado. Lo entiendo, de verdad. Pero se trata… de una medida especial. Es uno de los mejores soldados del Valle de los Cuatro Ríos, sair Erik. Ha venido como guardián de mi esposa.

Sair , repetí. Aquel era el título oficial con el que se les designaba a los caballeros. El más alto que podían recibir los humanos.

No había muchos que recibieran un honor así.

—En la Ceremonia de Mayoría de Edad de mi hija también nos acompañó —añadió, con suavidad.

Un resplandor de hierro iluminó la mirada de mi padre.

—Pero no nos encontramos en el Valle de los Cuatro Ríos. Estamos en Sombramar, la provincia sobre la que gobierno.

—Lo sé, lord Dain. —El fae avanzó un paso, lo suficiente para poder inclinarse sobre el oído de mi padre y murmurar—: Es solo una medida de seguridad ante la presencia del rey Oberón. Este humano es nuestro mejor guerrero. El más fiel. El más capaz.

—Los humanos que responden a mi mando…

—Temo por la seguridad del rey desde hace varias lunas. Los humanos… Después de la ceremonia os lo podré explicar con calma —lo interrumpió lord Veyl—. Oberón es mi hermano, lord Dain. No lo hago para molestaros. Os juro que su presencia no sería necesaria aquí si no lo creyera urgente.

—Debo insistir yo también —añadió lady Nohr, con una sonrisa a la que era imposible negar nada.

Vi una tormenta estallar tras los ojos de mi padre. Pude sentir cómo paladeaba aquellas palabras tras sus labios firmemente apretados. Pude sentir cómo sus brazos se contraían antes de sisear:

—Hablaremos mañana. —Sus pupilas se dirigieron de nuevo hacia el humano, que esperaba convertido en una sombra silenciosa—. Que vuestro caballero aguarde en un rincón.

—Así se hará, lord Dain.

Lord Veyl y lady Nohr hicieron una reverencia antes de que mi padre correspondiera con otra inclinación y me arrastrara hacia el resto de invitados que deseaban presentar sus respetos. Giry soltó mi falda y se marchó corriendo, siguiendo el camino opuesto al de aquel humano.

Me perdí entre las felicitaciones y las buenas palabras.

No tardé en confundir rostros, títulos y nombres, y terminé asintiendo y sonriendo a todo aquel que se cruzaba en nuestro camino.

Hubo un momento en el que mi padre alargó la conversación con lord Myrr, uno de sus mejores amigos y aliados, y yo aproveché para estirar los hombros y observar a mi alrededor.

A aquellas alturas, sentía el cuerpo rígido, y los preciosos zapatos de cristal que me había regalado mi madre para aquella noche comenzaban a hacerme daño en los pies.