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Un largo camino se extendía ante mí. Una alfombra de hierba real atravesaba el pabellón, partiéndolo en dos hemisferios perfectos. Sobre ella, flotaban luciérnagas.
Los inmensos ventanales abiertos al exterior dejaban pasar el aire de la noche, tibio y salado, que hacía oscilar con dulzura las enredaderas con flores que caían de los grandes candelabros.
Los estandartes con el escudo de mi familia, donde una camelia roja abría sus pétalos frente a un océano azul, se agitaban como las olas del mar.
A ambos lados de aquel sendero verde se encontraban todos los invitados. Decenas de rostros hermosos me observaban con curiosidad, recorrían con las pupilas las puntas afiladas de mis orejas y bajaban por el vestido de color madreperla. De soslayo, vi rostros inclinarse entre sí, susurros al oído.
No pude evitar que un escalofrío se deslizase por mi espalda.
Mis padres comenzaron a caminar delante de mí, y yo los seguí, con las manos a la altura del pecho, apoyadas una en la otra. De esa forma, las largas mangas de mi vestido se agitaban y se movían como las alas delicadas de una mariposa.
Una ligera exclamación de asombro me hizo sonreír.
No debía apartar la mirada de la espalda de mis padres, o de quien aguardaba al otro extremo del camino.
El rey Oberón esperaba sentado en un trono que mis padres habían construido especialmente para su visita.
Vestido de rojo y dorado, con la corona enclavada en su frente, parecía un arce antiguo, repleto de memorias ancestrales.
En su pecho podía ver enhebrado con hilos de oro el escudo real: una rosa encarnada atravesando una corona.
Su visión siempre me había resultado imponente, a pesar de que formaba parte de mi familia política. Sin embargo, no pude evitar que mis ojos volvieran a deslizarse hacia los lados.
En la estancia estaban representadas todas las provincias del Reino de Elysia.
Algunos rostros los reconocí, sobre todo los de los varones faes.
Amigos, aliados de mi padre, que alguna vez había contemplado, risueña, mientras jugaba cerca de la chimenea en su despacho.
A otros era la primera vez que los veía.
La mayoría venían acompañados por sus esposas y por algún hijo o hija, vestidos con sus mejores galas.
De pronto, mis pupilas se quedaron atascadas en un punto.
Tras el rostro hermoso de un fae de cabello oscuro, una figura masculina me llamó la atención.
No era más alta que aquellos que lo rodeaban, pero el brillo de su armadura atraía la luz de los inmensos candelabros hacia él.
Parpadeé, confundida. Aquel tipo de vestimenta estaba prohibido en aquella sala, cuando se estaba celebrando una Ceremonia de Mayoría de Edad.
Alcé la vista un poco más, y solo capté un resplandor plateado y la sombra de una mirada muy oscura, de unos ojos que se clavaban en mí, antes de que otros rostros ocultaran su visión.
No podía mirar atrás, eso se consideraría una afrenta contra el rey, así que continué caminando con la barbilla alzada, sin girar de nuevo el rostro, a pesar de la extraña quemazón que me aguijoneaba la nuca.
Por desgracia, mis ojos abarcaban más de lo que deseaba, y por mucho que no quisiera mirarlo, el rostro de Raen, de mi querido Raen, apareció frente a mí, muy cerca de donde se encontraban mi hermano Kallias y mi hermana Giry.
Debía estar al tanto de la decisión de mi padre.
A esas alturas, si hubiera sido elegido mi prometido, lo sabría.
Quizá, estaría situado junto a mi familia, y no en la primera fila, con los invitados.
Pero él me sonreía y me observaba como si yo fuera la reencarnación de La Plateada.
Noté el ardor crecer tras mis párpados, y tuve que apretar l os dientes hasta que el dolor físico superó al dolor que me provocaban los recuerdos deshechos.
No podía derramar ni una lágrima. En el momento en que lo hiciera, no podría detenerme.
Mis padres llegaron ante el rey Oberón y realizaron la reverencia protocolaria. Después, ocuparon su lugar a la derecha del trono, frente a mis hermanos.
Ahora, solo quedaba yo.
El rey asintió con una sonrisa cuando posó sus ojos dorados sobre mí.
A pesar del afecto que sentía por él, me estremecí cuando sus pupilas se escurrieron desde mi rostro a mis pies, muy juntos.
No me miraba como habría contemplado a su sobrina.
Me observaba de la misma forma en la que podría mirar una flor hermosa que acababa de desplegarse solo para que la admirase.
Me obligué a esbozar una pequeña sonrisa y coloqué una mano encima de la otra, al nivel del pecho, antes de hacer la reverencia.
Después, me giré hacia mis padres y repetí el gesto.
Tras esto, di medio giro y volví a reclinarme ante mis hermanos.
Kallias me dedicó un guiño rápido y Giry me lanzó una sonrisa desdentada.
Por último, encaré a los invitados, cuyos ojos se deslizaban por mí como la lluvia al correr por los árboles. No había ni un centímetro de mi piel, cubierta o no, sin analizar, sin comentar, sin juzgar.
La sonrisa me tembló, pero logré sujetarla en mis labios cuando me postré por última vez. Era un gesto de agradecimiento hacia ellos, pero en mi cabeza solo apareció el rostro de Raen cuando me incliné por completo.
Aquella reverencia me recordó a la de un condenado a muerte que ofrecía su cuello desnudo al verdugo que sujetaba el hacha .