Donde canta la oscuridad 2
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D e pronto, ese sendero que siempre había visto trazado frente a mí había desaparecido. Como si hubiera estado marcado en la tierra y, tras un tifón, el agua torrencial lo hubiese desdibujado, dejándome varada en mitad de ninguna parte.

—¿Qué? —fue lo único que mis labios pudieron pronunciar.

Volví la cabeza para mirar a mi madre, pero ella permanecía inmóvil, con los ojos fijos en algún lugar, pero no en mí. Su rostro no mostraba emoción alguna.

—No… No puedo casarme con el príncipe —balbuceé, de pronto.

La expresión de mi padre cambió. Parpadeó y se irguió sobre el asiento. Sus ojos cayeron sobre mí como aquella vez que había enfermado de niña. La misma mirada de preocupación brillaba en sus pupilas.

—Comprendo que estés alterada —comenzó, tras una pausa.

—No, no —repetí. Fui incapaz de mantenerme sentada un instante más. Me puse en pie y me alejé de sus manos, que se extendían hacia mí en un gesto de paz—. Ciro no puede ser el candidato. Ni siquiera… ni siquiera lo conozco .

—Ya basta, Vienna —me interrumpió mi madre. Avanzó un solo paso, pero bajo la suela exquisita de su zapato plateado todo el despacho pareció temblar—. Cuando te refieras al heredero de la corona, hazlo con un título adecuado.

—Por supuesto que conoces al príncipe heredero —añadió mi padre. Bajó las manos hasta apoyarlas sobre el escritorio, pero la sonrisa tentativa no desapareció de sus labios—. Es tu primo, al fin y al cabo. Sois parientes. Habéis compartido incluso juegos, cuando erais unos niños.

—Pero… —La voz se extinguió en algún hueco de mi garganta. Una parte de mí quería gritar, pero otra no tenía fuerzas para ello.

Sí, era cierto. Había coincidido con el príncipe en varias ocasiones.

Pero no era cierto que hubiese compartido juegos con él; mi hermano y mis padres nunca me habrían permitido tocar una espada, aunque fuera de madera.

Era atractivo, como todos los faes, y amable conmigo, pero jamás había logrado intercambiar más de dos palabras seguidas antes de que un silencio incómodo nos interrumpiera.

—Mi hermana, antes de morir, me susurró que la haría feliz en el Alto Jardín si unía tu mano a la de su hijo.

Negué con la cabeza, mientras el rostro de mi tía, la reina Saskia, aparecía desdibujado en mis recuerdos.

Solo la había visto un par de veces cuando era muy pequeña y, para entonces, ya estaba tan enferma que jamás abandonaba sus dependencias.

No dejaba que nadie contemplara su cuerpo esquelético, su rostro demacrado.

Éramos faes y debíamos ser bellos hasta el momento de nuestra muerte.

—Serás reina algún día, Vienna —insistió mi padre. Sonreía, ignoraba cómo mis pupilas se movían de un lado a otro, descontroladas—. Y llevarás en tu vientre al futuro rey.

Desesperada, clavé las rodillas en el suelo y crispé los dedos sobre la piedra helada. Me postré hasta que mi frente rozó su aspereza.

—¡Álzate, Vienna! —masculló mi madre, con los dientes apretados—. No seas ridícula.

Pero yo me mantuve con la barbilla pegada al pecho, las rodillas juntas y la mirada clavada en las piedras grises. Me habían enseñado bien a arrodillarme desde niña.

— Lord Dain —pronuncié, con la voz rota y temblorosa. Le hablé de la misma forma en la que se dirigían a él los sirvientes humanos—. Os pido formalmente reconsiderar la decisión del príncipe heredero Ciro como mi futuro consorte.

Levanté ligeramente la cabeza y lo espié entre mis dedos.

Tenía la esperanza de que recapacitara. Por los Inmortales, era mi padre.

Mi querido padre. El que había dejado que me sentase sobre sus piernas en las reuniones y junto al que caminaba por las noches.

El que siempre me observaba con el orgullo resplandeciendo en su mirada.

El que siempre me había prometido felicidad.

Recapacitaría. No me obligaría a contraer matrimonio con alguien indeseado. Era lo más valioso para él, me lo había susurrado cientos de veces.

Él torció los labios y lanzó un largo suspiro, antes de ponerse en pie y sortearme de la misma forma en la que se esquiva a una cucaracha que ha muerto bocarriba.

— No .

El mundo volvió a tambalearse bajo mis piernas dobladas, pero ya no escuché aquel rugido que llenaba mi cabeza, solo el sonido de mi respiración, cada vez más rápida y superficial.

Me sentí pendiendo sobre el Abismo, el lugar adonde caían las almas de los difuntos rechazadas por los Inmortales.

La punta de sus botas se detuvo a apenas unos centímetros de la tela de mi vestido. Ya no veía los resplandores bordados en ella. Aquella falda no tenía más que un tono apagado, frío, como el de la piel de los muertos, como la leche cortada que a veces tenían que beber los humanos.

El frío y el calor me azotaban. Sentía cómo mis mejillas comenzaban a hervir mientras por mis venas corría la sangre como la nieve tras el deshielo. Separé los labios, pero mis cuerdas vocales no vibraron, mi lengua no se movió.

—Raen Zenir nunca fue una posibilidad para ti, hija —añadió, antes de desviar la mirada hacia el pergamino que reposaba sobre su escritorio, el mismo que había estado leyendo antes de mi llegada.

De pronto, resultaba mucho más interesante que yo—.

Planeo adoptarlo. El rey ha dado su consentimiento.

No puedes contraer matrimonio con un hermano, aunque este no sea de sangre.

La respiración se me entrecortó en los pulmones y fue incapaz de escapar de ellos. Sentía el cuerpo demasiado pesado. Cada latido contra mis costillas era una puñalada.

La falda de mi madre me abofeteó el rostro cuando se acercó a mí abruptamente.

— Basta ya , Vienna —siseó—. Hoy es un día de celebración.

—Has alcanzado la mayoría de edad —añadió mi padre. Había escuchado aquel tono de voz antes, pero nunca dirigido a mí. Cada palabra era una pedrada que me golpeaba sin piedad—. Podía esperar este comportamiento de Giry, incluso de tu hermano Kallias, pero no de ti.

Volví el rostro con violencia, como si me hubiese abofeteado. A decir verdad, lo hubiese preferido. Prefería sentir el dolor concentrado en la mejilla, y no extendido por cada centímetro de mi piel.

—Levántate de una vez. Son los humanos los que se postran, no los faes.

Mi cabeza y mi corazón querían que permaneciera donde estaba, pero mis músculos me desobedecieron.

Arrastré el pie por el suelo y me erguí, con la mirada todavía gacha.

Las perlas y las horquillas que decoraban mi cabello pesaban de pronto.

Las sentía como cuchillos, clavándose y arañando mi cuero cabelludo.

—Siento mucho mi comportamiento. —La voz ni siquiera era mía. Jamás había sonado tan débil, tan quebrada. Aun así, recité las palabras que había aprendido hacía semanas con exactitud—: Acepto con gusto a mi prometido, el príncipe heredero Ciro.

—Y yo bendigo vuestra futura unión, hija mía. Mañana el rey y yo anunciaremos el compromiso.

Aquellas palabras eran aprendidas también, pero la mano que se apoyó en mi hombro era cálida y me dio la fuerza para alzar la mirada de nuevo. La expresión amable había vuelto a los rasgos de mi padre.

—Deberíamos marcharnos —intervino mi madre. No sonreía, pero su tono sonó menos crispado—. Todos nos esperan.

Mis padres enlazaron sus brazos y yo caminé tras ellos, siguiendo la estela que dejaban sus pasos. Cruzamos la galería de la última planta, donde se encontraban las dependencias familiares. Un par de guardias que vigilaban las esquinas bajaron la cabeza a nuestro paso.

Uno de nuestros siervos más antiguos, Malthus, tropezó con sus propios pies cuando se inclinó hacia delante. Una nube de vapor alcohólico lo rodeaba. Arrugué la nariz cuando pasé frente a su cuerpo tembloroso.

—Deberías deshacerte de él —le masculló mi madre a mi padre, cuando empezamos a bajar los peldaños—. Pasa los días y las noches ebrio.

—Por eso le he ordenado que permaneciera en el ala familiar —repuso él con afabilidad—. No haría buen trabajo protegiendo al rey y aquí no molestará a los invitados.

—No me refiero solo a ellos… —suspiró mi madre, haciendo una mueca de desagrado.

—Solo es un humano triste que no sabe cómo ahogar sus penas. ¿Qué daño puede hacer?

No pude evitar mirar por encima del hombro hacia aquel hombre. Me sonreía y en sus ojos húmedos brillaba una mirada de orgullo. Asintió, como si respondiera a una pregunta que le había formulado, pero yo giré la cabeza, incómoda, y clavé los ojos en las dos cabelleras perfectas que me precedían.

Antes de perder a su familia en un incendio, nunca había probado una gota de alcohol. Era hábil con el cuchillo y solía tallar figuras de madera con las que luego me obsequiaba. Pero de aquello ya solo quedaba el recuerdo.

Continuamos el camino hasta llegar a la primera planta, donde estaban los salones principales. La Ceremonia de mi Mayoría de Edad se celebraría en el Pabellón de las Estrellas. Era la mayor estancia de todo el palacio y mi preferida. Mi padre no había tenido dudas al elegirla.

Ahora, las puertas del color de la medianoche estaban cerradas, pero tras ellas podía oír los murmullos de cientos de invitados, así como el rasgueo contenido de los instrumentos de cuerda que más tarde sonarían en el baile.

A ambos lados, los guardias esperaban. Sus dedos envolvían los inmensos picaportes dorados, en forma de dos medialunas partidas.

Mis padres se ubicaron primero y yo me puse a sus espaldas.

Tomé aire en el instante en que mi padre hacía un asentimiento seco a los humanos.

Con una sincronicidad perfecta, los dos hombres tiraron de las inmensas puertas de madera y, tras ellas, un océano dorado de candelabros, flores y estandartes se derramó ante mí.

—¡Lord Dain y lady Vaelis Daaé! —proclamó en voz alta el Custodio del Nombre, el encargado de anunciar los títulos de los recién llegados. Después, el hombre, vestido de rojo, se volvió hacia mí y volvió a alzar la voz—: ¡Su hija, lady Vienna Daaé!