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—A veces es inoportuno tener tantos invitados —susurró, casi para sí misma—. No me agrada tener soldados y servidumbre que no nos pertenecen. Casi me siento una extranjera en mi propio hogar.
Podría haberle recordado que habían sido mi padre y ella los que habían insistido en invitar a la mayor parte de las familias faes del reino, además de haber extendido la invitación al rey.
Yo deseaba una fiesta pequeña, pero ni ellos me habían dado la opción ni yo lo había exigido.
Y aunque mi familia contaba con una gran cantidad de criados, soldados y caballeros a su disposición, hubo que contratar a muchos más.
Sobre todo, ante la presencia del rey. Su seguridad era primordial.
Guardé silencio y me limité a seguirla hasta la puerta de madera que había al fondo. Estaba entreabierta y, a través de ella, pude ver parte del escritorio de mi padre. La madera robusta y oscura; la vela encendida en una esquina, derramando cera caliente.
La respiración se me entrecortó y mis manos unidas se crisparon.
Aunque sabía lo que ocurriría a continuación, cuáles serían sus palabras, un sudor helado se deslizó entre mis hombros. El corazón hizo eco en mis oídos con golpes de tambor.
Mi vida —mi futuro— pendía sobre aquel escritorio de caoba.
Cuando alcanzamos la puerta, mi madre rozó sus nudillos con la madera antes de abrirla por completo.
Tras ella, lord Dain Daaé alzó la mirada. La pluma que sujetaba su mano cayó sobre el pergamino a medio escribir cuando sus ojos se clavaron en mí.
—Hija mía —murmuró, antes de ponerse en pie. Se había ataviado con sus mejores galas. El jubón de su pecho estaba bordado con hilos en tonos rojo y oro. Lo hacían resplandecer.
Rodeó la mesa con un par de zancadas y abrió los brazos para estrecharme contra él. Yo me dejé acunar y el tacto cálido y suave de su chaleco borró los nervios que me habían hecho temblar.
No era un secreto la relación especial que manteníamos.
Desde pequeña había merodeado cerca de él.
Lograba escaparme de mis cuidadoras humanas y siempre terminaba en este mismo despacho, sobre sus rodillas, mientras mapas y pergaminos se extendían bajo mi mirada curiosa.
A mi madre no le gustaba que me involucrara en sus asuntos.
«El gobierno no es cosa de mujeres», solía decirle, con un suspiro, cuando me veía pintarrajear sobre las últimas recaudaciones de impuestos que había pedido el rey.
Mi padre se reía, aunque decidió expulsarme de su despacho cuando crecí y empecé a hacer demasiadas preguntas.
Sin embargo, nos quedaron nuestros paseos alrededor del castillo, cerca del acantilado sobre el que se asentaba nuestro hogar.
A pesar de que era un fae ocupado, podía pasar horas junto a mí, hablando, riéndose o simplemente observándome.
Alguna vez, Kallias me había siseado entre dientes: «Si la ley lo permitiera, padre te elegiría a ti como heredera». No había luna llena en la que no paseáramos y habláramos hasta bien cerrada la noche. Aquellas veces, siempre me acostaba tarde.
—Cuánto has crecido, Vienna —suspiró él, cuando se separó de mí.
Me sentí orgullosa en aquel vestido blanco, vaporoso y brillante, con el cabello suelto, repleto de perlas y diamantes.
Capas y capas de gasa y seda me envolvían como el halo que rodeaba a los Inmortales.
Era la primera vez que me maquillaba, y ahora mis ojos, rodeados de polvos dorados, parecían tan inmensos como las estrellas que brillaban en aquella noche de principios de otoño.
—Ven, siéntate. —Mi padre señaló la butaca de madera que reposaba frente a su escritorio—. Es hora de hablar de tu futuro.
Asentí con una sonrisa débil antes de obedecerle. Mi madre cerró la puerta con suavidad y permaneció junto a ella, con las manos unidas sobre el regazo y en silencio.
—Hoy alcanzas tu mayoría de edad, hija mía.
—Su voz adquirió un tono solemne, serio—.
Y ha sido mi deber como padre buscarte un pretendiente.
—Una pequeña sonrisa tiró de sus labios—.
Ya te lo he dicho en muchas ocasiones. Siempre he querido para ti alguien fuerte, generoso, cálido, que pueda cuidarte y protegerte. Que te elija a ti antes que al mundo.
Asentí, mientras en el interior de mi mente Raen me devolvía la mirada. Mis manos arrugaron sin querer la falda que me cubría las piernas trémulas.
—Alguien que merezca estar a tu lado y te proporcione toda la verdad que mereces.
La respiración se me entrecortó de camino a los pulmones. De pronto, toda la seguridad que había sentido se hizo pedazos. Y la angustia poseyó mi cuerpo y mi alma.
—Teniendo en cuenta todos esos detalles y contando con la aprobación del rey Oberón, he encontrado un candidato digno de ti.
Por favor , susurró un fragmento agónico de mi interior. Dime que mi prometido será Raen Zenir. Por favor. Por favor. Júrame que su nombre es Raen Zenir.
El corazón me dolía con cada latido. Las uñas hundidas en mi vestido atravesaban la tela y dejaban marcas de lunas partidas en mis piernas.
—Te casarás con el príncipe heredero Ciro, el futuro monarca del Reino de Elysia.
Los labios de mi padre se movieron unos instantes más, pero mis oídos no oyeron más que un zumbido intenso, que rugía .