Donde canta la oscuridad
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C uando descubrí que una segunda hija a lo máximo que podía aspirar en la vida era a un buen matrimonio, no era más que una niña.
No luché contra mi destino. Era algo que mi madre me había hecho entender desde que había aprendido a caminar.
Una tradición que cumplían todas las hijas faes de las familias nobles del reino.
Sí, había oído habladurías sobre jóvenes que habían tratado de escapar o se habían fugado con amantes que sus padres no habían elegido.
Pero nunca más se volvía a saber de ellas.
A la mayoría las encerraban en sus hogares de mármol y oro, y a otras les arrancaban las orejas y las obligaban a formar parte de la Orden Gris.
Yo nunca había tenido intención de ser una de ellas.
Para nosotros, el matrimonio tenía un matiz sagrado.
La unión estaba estrechamente ligada con la creación de futuros herederos.
Por ello, siempre nos casábamos jóvenes, poco después de haber cumplido la mayoría de edad.
Éramos más longevos que cualquier humano, más fuertes, más hábiles, más hermosos, pero no éramos tan fértiles como ellos.
Mi madre solía arrugar la nariz y comentar que procreaban «como ratas».
Por eso eran tan débiles y su vida apenas duraba un tercio de las nuestras.
Tener un hijo se consideraba una bendición de La Plateada. Un primogénito aseguraba tu legado, aunque solo si era varón. Como mi hermano Kallias. Una segunda hija, como yo, era un regalo de los Inmortales. Así que cuando mi hermana Giry nació, su llegada fue como un milagro. Era la tercera.
Sabía cuál era mi lugar y lo que se esperaba de mí. Y estaba deseosa por demostrarlo.
Sin embargo, temblé cuando Fern, mi doncella, anudó las últimas lazadas de mi vestido, encargado especialmente para aquella noche. Las costureras reales, las mismas que una vez habían vestido con sedas a la reina antes de que muriera, habían sido las encargadas de confeccionarlo.
Había sido un regalo especial de mi tío, el rey Oberón.
—Deberíais sonreír, lady Vienna —comentó Fern, en voz alta, mientras una de las doncellas de mi madre terminaba de aplicar rubor a mis mejillas—. Sois hermosa, pero esta noche…
Nuestros ojos se encontraron en el espejo, y se mordió los labios para que una risita no escapara de ellos.
—Raen no podrá parpadear cuando te vea —añadió, cambiando el tono para que solo yo pudiera oírla—. Se le secarán esos bonitos ojos que tiene y le terminarán resbalando de las cuencas.
Le dediqué una mirada desorbitada, mientras la otra doncella le daba un empujón y le chistaba: «Cuida esa lengua, niña».
Todo el mundo sabía qué ocurriría en apenas unas horas. Desde el propio rey, que era el invitado de honor a mi Ceremonia de Mayoría de Edad, hasta el más humilde de nuestros sirvientes.
Esta noche conocería el nombre de mi pretendiente.
En circunstancias normales, yo no sabría cuál había sido el elegido.
La revelación formaba parte del regalo. Pero La Plateada, que protegía a las novias y al amor, me había bendecido hacía mucho, trayendo a Raen a nuestro palacio cuando ambos éramos solo unos niños.
Su nombre completo era Raen Zenir. Era el único heredero de su familia, que había sido masacrada mucho tiempo atrás por los humanos que poblaban sus tierras.
No había sido el primer levantamiento de los humanos, mi propio padre había luchado contra rebeliones así durante toda su vida.
Pero aquel fue el más terrible; jamás se había registrado nada parecido en la historia del reino.
Lo ocurrido nunca había estado claro, las habladurías y las historias se mezclaban de tal forma que nadie sabía lo que había sucedido realmente.
Cuando Raen llegó a nuestro hogar, escuché murmurar a la servidumbre sobre la crueldad de sus padres, y sobre las vejaciones y los maltratos que habían tenido que soportar los humanos bajo su mando.
Más de una vez, las pesadillas me despertaron por la noche, imaginando que era yo la que moría por orden del padre de Raen.
Pero aquel niño que llegó al Palacio de los Vientos, mi hogar, era tímido y educado, y era gentil con todos los criados humanos que empezaron a servirle a regañadientes.
Con el paso de las semanas no solo se ganó el respeto y el cariño de la servidumbre, también la amistad de Kallias y el aprecio de mis propios padres, que lo criaron como a un hijo más.
Al principio lo rehuía. Siempre estaba junto a mi hermano y, por aquella época, Kallias disfrutaba de hacerme rabiar.
Una vez, encontró varias coronas de flores que había estado haciendo durante todo un día y las destrozó con la espada de prácticas.
Cuando Raen me vio junto a ellas, llorando, me limpió las lágrimas con los pulgares y se colocó una de las coronas destrozadas sobre sus ensortijados cabellos negros.
No se la quitó durante toda la jornada y, cuando llegó la hora de acostarse, Kallias acudió a mi dormitorio para disculparse. Aunque solo abrí un poco la puerta, pude ver tras su sombra la figura de Raen, sonriente, con las flores marchitas en su cabeza.
Desde aquel momento fui incapaz de apartar la vista de él.
Cada vez que Raen cumplía años, le regalaba una nueva corona de flores que él llevaba hasta terminar el día. Fern me había contado en secreto que, una vez, mientras limpiaba sus dependencias, las había encontrado todas, envueltas en papel de seda para protegerlas de la luz y la humedad.
Él sabía que lo quería, tanto como yo estaba segura de que estaba enamorado de mí.
Pero, aun así, siempre mantuvimos las distancias, siempre nos comportamos.
Algún roce furtivo de manos desnudas o un baile cuando se celebraban fiestas en el palacio.
Pero nada más. Solo miradas escondidas, palabras veladas.
Esperaríamos hasta que llegara nuestro momento.
Yo conocía mi lugar tanto como él era consciente del suyo. Debía honrar a mi familia, y para ello debía controlar mis deseos, aunque, a veces, estar cerca de Raen y limitarme a contemplarlo era peor que sentir cualquier dolor físico.
Pero aquella agonía terminaría esa misma noche, cuando mi padre me comunicase formalmente el nombre de mi prometido.
De pronto, la puerta de mi dormitorio se abrió y, tras ella, apareció mi madre.
Lady Vaelis era hermosa. Todos los faes lo éramos, formaba parte de nuestra naturaleza.
Pero ella lo era de una forma afilada, especial.
Era como una noche helada, brillaba como estacas de hielo en los bordes de los tejados.
Su larga melena era negra como la brea, y su piel, tan pálida y suave como el terciopelo.
Lo único que había heredado de ella era el color del cabello.
Azabache. Mis ojos, aunque también azules, eran diferentes.
Los de ella eran como una mañana clara, los míos ocultaban nubes de tormenta.
Inclinó la cabeza al verme y una ligera sonrisa estiró sus labios rosados. Sus pupilas recorrieron desde mi cabello suelto —como todos los faes lo debíamos llevar—, que casi acariciaba mis rodillas, hasta el borde del vestido blanco. Asintió solo una vez.
Sabía que era la máxima muestra de reconocimiento que recibiría de ella.
Pero, entonces, unas manitas se aferraron a sus piernas y la apartaron con cierta brusquedad. Tras la cadera estrecha de mi madre apareció la figura rolliza de mi hermana Giry.
Solo fui capaz de atisbar el borrón rojizo de su cabello antes de que se abalanzara sobre mí. Apenas me llegaba a la cintura, pero estuvo a punto de arrojarme al suelo. A Fern se le escapó una carcajada.
—Pareces una princesa —me murmuró al oído. Sus ojitos celestes destellaron bajo la luz de los candelabros.
El carraspeo de mi madre sonó cerca.
—Compórtate, Giry —ordenó, con los labios apretados—. Es un día importante para tu hermana.
La doncella que había ayudado a Fern a vestirme se apresuró a apartar a mi hermana de mí.
Ella se resistió un poco, con el cabello revuelto sobre su rostro.
Llevaba un vestido de gala, como yo, de un precioso tono esmeralda, pero no se me escapó la rasgadura que partía una de sus mangas en dos y la mancha oscura que decoraba el borde de su falda.
Comida que habría probado a escondidas, en las cocinas.
Cuando desaparecía, siempre terminabas encontrándola allí. Entre fogones y calderos. Y sobre el regazo de alguna cocinera.
—Si aprendes a comportarte, quizá en unos años puedas verte en su misma posición —continuó mi madre.
Giry manoteó y se deshizo de las manos de la criada. Frunció el ceño y bufó como un animal acorralado.
—Yo no voy a casarme jamás —replicó.
Mi madre ni siquiera se molestó en contestar. Alzó durante un instante los ojos y después volvió a clavarlos en mí, que permanecía quieta y en silencio, con las manos unidas sobre el regazo.
—Acompáñame, Vienna. Tu padre quiere hablar contigo antes de que comience la ceremonia.
Asentí, sonriendo.
Le dediqué una mirada rápida a Fern y pasé al lado de mi hermana. Cuando mi madre nos dio la espalda para internarse en la galería, aproveché para revolverle más el cabello. Ella ahogó una risita.
La galería estaba desierta, pero el silencio no la llenaba. A lo lejos, podía oír los murmullos de los criados que corrían para ultimar los preparativos.
Voces susurradas. El sonido de algún cristal al romperse.
Las antorchas enclavadas en los muros derramaban su color dorado por las paredes blancas. Las enredaderas que se colaban por los arcos abiertos trepaban por ellas y cubrían el techo de flores. Camelias de decenas de colores.
A lo lejos, un guardia humano que vigilaba la entrada al ala familiar giró ligeramente la cabeza cuando nos escuchó. Sus ojos se cruzaron un instante con los míos antes de que un rubor violento coloreara sus mejillas. Con cierta torpeza, se inclinó cuando pasamos por su lado.
Mi madre le dedicó una mirada de desprecio.