Donde caen los reyes (Ofem 1) 10/10/1884
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10/10/1884

Aquella tarde decidí mostrarle mis sentimientos. Y solo encontré un modo de hacerlo.

Pasé horas buscando en la pradera. Sabía que era una tarea complicada, puesto que en la aldea apenas crecían. Ya habían pasado tres horas, pero no me iba a rendir.

Mi corazón dio un vuelco cuando, entre el campo de margaritas, distinguí una pequeña mancha roja.

Allí estaba. Corrí hasta llegar a ella.

Era la única rosa. Y era perfecta.

Satisfecho, extendí la mano para arrancarla. Una espina se clavó en mi dedo. Hice una mueca al ver la sangre brotar, del mismo tono que sus pétalos.

Llevé la rosa conmigo, con sumo cuidado de no volver a pincharme. Al llegar a la colina, me senté sobre la hierba. El atardecer ya había comenzado y Melody no tardaría en aparecer.

Alcé la flor ante mis ojos.

Por fortuna, llevaba conmigo un pequeño cuchillo, el mismo con el que aquella mañana había ayudado a papá a tallar un arco. Quité cada una de las grandes espinas hasta que el tallo quedó limpio.

Guardé la rosa en mi bolsillo y alcé la vista. Había empezado a llover y el atardecer se estaba desvaneciendo. ¿Dónde estaba?

Las gotas cayeron aún con más fuerza. ¿Acaso era una señal? Coloqué las palmas de mis manos hacia arriba, dejando caer las gotas sobre estas. Sonreí ante la sensación.

—¡Hola!

Giré el rostro.

Melody SinClair se había sentado a mi lado, con una gran sonrisa sobre sus labios. Estaba totalmente empapada, de pies a cabeza.

Con las manos temblorosas, saqué la rosa de mi bolsillo. Casi cerrando los ojos, alargué el brazo hacia ella, teniéndosela.

Sus dedos rozaron los míos al aceptarla.

—Es preciosa —dijo.

Sus ojos se posaron en el tallo.

Luego alzó la mirada al cielo.

—¿Sabes? Creo que nunca me ha gustado la lluvia. —Ladeó la cabeza—. Pero creo que ahora es mi cosa favorita.

No respondí pero si lo hubiera podido hacer, le habría dicho que estaba totalmente de acuerdo con su afirmación.

Melody SinClair era mi cosa favorita.