01/09/1884
El sol empezaba a descender entre las montañas. Melody SinClair aún no había llegado.
Fruncí el ceño.
Era un día de celebración en la aldea, en honor al sol. Resultaba curioso ver cómo todos bailaban y festejaban en su nombre… y, aun así, nadie parecía prestarle verdadera atención.
Mientras lo observaba, pensé en ella. No vendría. Seguramente se estaría divirtiendo con sus amigos y su familia en el festival.
Deseaba que se divirtiera, que fuera lo más feliz posible, de verdad. Pero saber que esa felicidad no tenía nada que ver conmigo era como una pequeña estaca clavada en mi corazón.
Me detuve al escuchar unos pasos acercarse veloces hacia mí y me volteé con una rapidez sorprendente.
—¡Hola! —exclamó con una sonrisa radiante.
No respondí.
Pero, de haber podido hacerlo, me habría quedado sin palabras.
Parpadeé un par de veces mientras mis ojos recorrían su cuerpo. Iba más arreglada de lo habitual, con una gran trenza llena de pequeñas florecillas .
Tuve que apretar los labios mientras ella se sentaba junto a mí. Sus ojos estaban clavados en el atardecer; los míos, en ella. No podía dejar de mirarla. ¿Se habría dado cuenta de mi descaro? Intenté apartar la vista. No lo conseguí.
El atardecer terminó sin que lo notara y Melody se levantó de pronto.
Deseaba que se quedara conmigo todo el tiempo que quisiera; me daba igual. Para mí podrían haber sido años, incluso una vida entera… pero me habría conformado con un solo segundo más.
— ¿Y si en vez de observar las estrellas, bailamos bajo ellas?
Su pregunta me sorprendió. Arqueé las cejas. ¿Había oído bien?
Su mano se inclinó hacia mí. Melody SinClair me había tendido la mano. Melody SinClair me había invitado a bailar. Melody SinClair quería pasar un rato más conmigo.
Alterné mi mirada entre la mano y su rostro. Necesité unos segundos para asegurarme de que no había sido producto de mi imaginación. Melody entrecerró los ojos.
Mi mano se acercó con cuidado a la suya.
Quedé frente a ella, con el pecho acelerado.
—No sé bailar demasiado —dijo, con una leve sonrisa—. Pero creo que tú tienes que rodearme la cintura.
Hice lo que me indicó.
—Y yo tengo que agarrar tu cuello —agregó.
Sus manos se posaron sobre mí, rodeando mi cuello. Seguidamente, se aseguró de que estuviéramos bien colocados. Entonces retrocedió un paso, y lo vi como una indicación para dar comienzo a nuestro baile.
Los violines festivos sonaban de fondo y poco a poco se fueron mezclando con el sonido de la lluvia. El agua caía sobre nosotros, pero no me importó.
No necesitaba hablar, no necesitaba encajar, no necesitaba ser normal, no necesitaba ser el protagonista. Solo la necesitaba a ella.
Parecía estar pasándoselo bien, puesto que una sonrisa surcó sus labios rosados.
El viento se mezclaba con la lluvia y, mientras nos movíamos en círculos, su trenza se deshizo. Todos los mechones ondulados de su cabello cayeron desordenados sobre sus hombros. Melody SinClair me miró, con las mejillas sonrosadas y el cabello mojado.
Me envalentoné y alargué mi brazo, invitándola a dar una vuelta sobre ella. Ella entendió mi gesto y siguió los movimientos que marcaban su paso.
Entonces tropezó.
La sujeté con rapidez, atrayéndola hacia mi cuerpo. Ella estalló entre risas. Al principio me sorprendí. Después, me reí con ella.
Terminamos tumbados sobre la hierba mojada. Observé su perfil; la punta de su nariz se dirigía hacia las estrellas. El cabello mojado se mezclaba con la tierra y no tenía ni un solo mechón sobre su rostro.
Entonces una pregunta surcó mi mente. Una pregunta de lo más estúpida e irracional.
¿Y si algún día llegaba a besarla?
El corazón me dio un vuelco solo de pensarlo.
Agregué una promesa más a mi lista. Si algún día mis labios rozaban los de Melody SinClair, sería allí, en esta misma colina.
Porque ya no era mi lugar, se había convertido en el nuestro.
Y, si llegaba el remoto e imposible caso de que Melody SinClair me correspondiera, depositaría en aquel beso todos mis sentimientos, explicándole todo lo que no podía decir con palabras.
Pero eso jamás pasaría. Porque era solo un deseo, una promesa hecha a partir de un sueño. Y los sueños nunca se hacen realidad.
Una loca y descabellada idea surcó mis pensamientos. Por primera vez en mi vida, me obligué a no seguir pensando. Solo actué.
Mis labios rozaron su mejilla. Ocurrió durante un escaso segundo, pero fue suficiente para que me mareara. Me aparté, con la respiración acelerada.
Fue la primera vez en la que mis labios rozaron su piel. Y volví a desear.
Deseé, deseé. Deseé, deseé. Deseé, deseé. Y deseé que hubiera una próxima vez. Una en la que mis labios acariciaran los suyos.
Pero hasta que eso ocurriera, me guardaría este recuerdo.