10/08/1884
Melody había vuelto a aparecer.
No pensaba que eso fuera a ocurrir, de hecho me había mentalizado de que no lo haría.
Verla sentada junto a mí, observando el atardecer con la fascinación reflejada en sus ojos, era la mejor imagen que me podían regalar los Dioses de Ofem.
El atardecer llegó a su fin y esperé a que se marchara.
No lo hizo.
Sus grandes ojos me miraron acompañados de una cálida sonrisa. Antes de que yo hiciera ningún movimiento, Melody se quitó los zapatos y se recostó sobre la hierba. Seguí sus movimientos, colocándome junto a ella.
El cielo oscuro se alzaba ante nosotros, inmenso e intimidante. Aunque nada me intimidaba tanto como ella. Medía cada uno de mis movimientos, pues tenía miedo de asustarla. Temía la idea de que se apartara, como hacían todos los demás.
Pero ella no era como el resto. En un mundo de margaritas, ella era una rosa. Una rosa que crecía entre las demás flores, alzándose con fuerza y destacando sobre el resto. Con unos preciosos pétalos rojos que no se podían comparar con ninguna otra cosa.
De vez en cuando, el viento de agosto se alzaba, y hacía ondular la hierba. Melody reía al notar el roce de esta bajo sus pies. A mí se me escapaba una pequeña sonrisa.
Su risa era mi melodía favorita.
—Mi estrella favorita es esa —dijo.
Seguí la dirección de su mano. Señalaba la estrella situada a la izquierda, justo sobre el pico de una de las montañas. La que se mantenía apartada del resto.
Sola, en medio de la oscuridad.
Como acto instintivo, no tardé más de un segundo en dedicarle una mirada de admiración.
—No es la que más brilla, lo sé —añadió tras una pausa—. Pero es la más feliz.
Volví a fijar la vista en el cielo, reuniendo todo mi autocontrol para no volver a mirarla.
La hierba volvió a moverse con otra ráfaga de viento. Melody soltó otra risa. Me encantaba oírla reír.
La decepción se apoderó de mí cuando Melody calló. Entonces me levanté de un salto para arrancar un puñado de hierba. Después, me arrodillé a su lado con cautela. Deslicé la mano hasta rozar la planta de su pie.
Su risa estalló al instante y se encogió sobre sí misma.
—¡Para! —exclamó sin respiración—. ¡Me haces demasiadas cosquillas!
Satisfecho, me acerqué algo más a ella, colocando mis manos en cada uno de sus costados. Y mis dedos comenzaron a moverse sin que pudiera detenerlos. Comencé a hacerle más y más cosquillas.
Se encogió aún más. Reía y reía. Y por cada risa suya, una nueva sonrisa se dibujaba en mis labios. Mi brazo derecho se deslizó entre la hierba, provocando que los dos cayéramos juntos colina abajo. La sujeté con fuerza, asegurándome de no soltarla mientras descendíamos rodando.
Cuando nos detuvimos, alcé la vista.
Sus ojos se clavaron sobre los míos mientras una gran sonrisa se dibujaba en sus labios.
Estaba sobre mí y yo, tendido sobre la hierba. Sus brazos estaban colocados a ambos lados de mi rostro.
—¿Quién tiene la situación controlada ahora, eh?
Mis ojos recorrieron cada una de las partes que formaban su rostro. Con sumo cuidado, coloqué mi tembloroso pulgar sobre su mejilla y la acaricié.
Contuve la respiración durante aquellos segundos en los que mi dedo surcó la línea de su pómulo.
Mi corazón dejó de latir cuando alzó su mano para apartar la mía. La había asustado. Había sido un insensato. Pero entonces ocurrió algo inesperado. Colocó su mano entre nosotros.
—Haremos una promesa de meñiques.
Su dedo rodeó mi meñique. Lo apretó.
—Prometemos ser mejores amigos el resto de nuestra vida. Pase lo que pase.
Mi respiración se detuvo por millonésima vez.
¿Estaba soñando? Estaba claro que era eso. Todo era parte de un sueño. Melody SinClair no estaba sobre mí pactando ser amigos por toda la eternidad. No me estaba prometiendo su amistad. Aquello no estaba pasando. Claro que no .
Pero si era un sueño, lo disfrutaría todo lo que durara, apreciando cada instante y guardándolo en mi memoria para cuando despertara.
Apreté su meñique en respuesta.