07/08/1884
Melody SinClair estaba llorando.
Mi corazón se quebró en mil pedazos al verla correr, tirando su vestido azul como si no fuera su prenda favorita.
Había sido Cameron Grenville. Aquel maldito idiota se había burlado de ella.
La ira me recorrió por dentro, encendiendo lentamente cada rincón de mi cuerpo.
¿Cómo se atrevía a dirigirse a ella de aquel modo?
Melody pasaba muchos ratos con él… Y eso me enfurecía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Formaba parte de su grupo de amigos. Yo también lo estuve, una vez… Aunque me fui alejando. Nadie lo notó.
Cuando él le decía algo, Melody se sonrojaba de la manera más adorable que había visto jamás.
Me fascinaba ver lo rápido que llegaba el rubor a sus mejillas.
Pero detestaba que fuera por él. ¿Acaso le gustaba?
Cameron era el niño más extrovertido de la aldea.
Siempre asumía el papel de líder, y los demás le seguían sin cuestionarlo. Todo lo opuesto a mí.
En ese instante, me prometí odiar a Cameron Grenville para siempre. Nunca, nunca, nunca, nunca, me agradaría. No después de ver cómo había tratado a Melody SinClair. Y si algún día tenía el poder de arruinarle la vida, lo haría .
Por desgracia, yo era un ser insignificante. Una estrella apartada de las demás; esa que brilla con menos intensidad y que nunca es la favorita de nadie. ¿Cómo podría serlo?
Había asumido mi papel en el mundo y lo aceptaba. Mi salvación era yo mismo y los deseos que guardé para mí.
Me mentí al creer que ver a Melody SinClair llorar solo había quebrado mi corazón. La realidad era que no solo lo había roto, sino que ahora tan solo quedaban cenizas. Unas cenizas que guardaría y que, si algún día tenía la oportunidad, le entregaría. Porque no era mi corazón: era el suyo.
Fue entonces cuando comprendí que debía hacer algo más que una simple promesa. Tenía que ser una lista entera. La lista de promesas de Archer Kensington.
La primera estaba clara: no mentirme.
A decir verdad, no podía mentir a nadie más, puesto que no había nadie capaz de comunicarse conmigo de manera verbal.
Sé que era una estupidez, una ilusión que yo mismo alimentaba… Pero, ¿y si algún día las palabras lograban salir de mi boca? Sí, era algo imposible, pero ¿quién dice que lo imposible no puede hacerse real si lo deseamos con todas nuestras fuerzas?
Y deseé.
Deseé que algún día pudiera hablarle, mirarla a los ojos y decirle lo hermosa que era.
Me prometí que, si algún día tenía la capacidad de hacerlo, le confesaría que me fascinaba.
Le dejaría claros mis sentimientos con palabras suaves acompañadas de actos caballerosos.
Le diría que me gustaban sus ojos. Le diría que me recordaba a una rosa.
Le diría que me encantaba su voz. Le diría, le diría, le diría, le diría …
Le diría tantas cosas que solo pensarlo me hacía darme cuenta de lo estúpido que sonaba.
Le diría.
Si tan solo pudiera decírselo…
Pero no podía. La realidad se clavaba como una flecha en mi corazón.
Tal vez no pudiera hablarle, pero sí podía hacerla feliz… Sí. Ese iba a ser mi propósito: hacer feliz a Melody SinClair.
Llevaba observándola un buen rato. Había salido llorando y ahora estaba entrando a su casa. El vestido había desaparecido.
Me dirigí hacia el lugar exacto en el que lo había arrojado. No tardé en encontrar la tela azul. Melody había llegado a casa en ropa interior. La ira volvió a encenderse en mi interior al pensar en el culpable.
Recogí el vestido con cuidado: estaba desgarrado en varios puntos.
Oh, Mel…
Nunca había cosido, pues esa era una tarea de mujer. Supuse que tendría que aprender de mamá.
Fui a paso ligero hasta casa, cargando la sucia y rota prenda entre mis brazos. Al llegar, me encontré a mamá en la cocina. Me miró de reojo y luego, al ver lo que llevaba, su atención se centró al completo en mí.
—Archer, cariño —dijo, acercándose.
Aquel día estaba precisamente guapa. Llevaba puesto su delantal, y su cabello rubio estaba recogido en un moño. Adiviné que había estado preparando comida. Una preciosa sonrisa curvaba sus labios, como siempre. Era mi segunda sonrisa favorita .
Sus ojos, tan marrones como el chocolate, se dirigieron al vestido.
—¿Qué has traído?
Se acercó rápidamente hasta mí. Le permití tomar el vestido y lo observó con detenimiento, frunciendo el ceño.
—Es un vestidito —murmuró—. Y está roto por todas partes.
Apreté los dientes. Tal vez pensara que era irreparable.
—¿Por qué has traído un vestidito, hijo?
La miré a los ojos. A veces pensaba que, mirando a la gente a los ojos, entenderían lo que quería decir.
Sus cejas se alzaron, no supe bien si lo había entendido.
Entonces, hice un movimiento con los brazos, balanceándolos de un lado al otro y moviendo la muñeca con sutileza, como hacía ella cuando cosía.
—¿Estás navegando un barco?
Resoplé.
Cogí el vestido y repetí los movimientos con más énfasis, esperando que al fin lo comprendiera. Y pareció ser que mi obra de mímica dio resultado porque sus ojos se abrieron con comprensión. Sonrío antes de asentir.
—¿Quieres coser el vestido?
Asentí con entusiasmo. ¡Lo había entendido!
—Pero tú no sabes coser —añadió.
La señalé a ella, y luego dirigí mi índice hacia mí. Entonces, se acercó y me rodeó con los brazos en un gran abrazo.
—Claro que te enseñaré a coser, cariño —murmuró antes de darme un besito en la frente—. Y dejaremos ese vestidito como nuevo.
Nos pasamos toda la tarde cosiendo el vestido.
Primero me enseñó a hacer punto y me dio un trocito de tela para que yo practicara.
Cuando se aseguró de que —más o menos— lo había entendido, pasamos a la costura.
Debo admitir que era una tarea de lo más complicada.
Me costó mucho aprender, solía pincharme el dedo continuamente.
Al final le acabé pillando el truquillo y mis manos comenzaron a moverse con soltura.
Mamá estaba encantada. No dejaba de presumir de ser una excelente maestra. Cuando me sentí preparado, afronté la parte más complicada: reparar el vestido de Melody SinClair.
Me costó lo mío y tuve que recurrir en varias ocasiones a la ayuda de mamá pero, finalmente, logré repararlo. Le había tenido que hacer algún bordado de más para disimular las costuras. Había cambiado un poco pero… seguía siendo su vestido.
Satisfecho de mi tarea, doblé la prenda. La coloqué dentro de una cajita de madera que tenía por casa.
Me detuve a observarla, era del mismo tono que su cabello a la sombra.
Decidido, me encaminé hacia la colina con la caja sobre mis brazos.
Aún no había comenzado el atardecer. Dudé unos instantes. ¿Y si ella no volvía a venir? Eso sería lo más lógico. Frustrado, me senté sobre la hierba. La sensación de humedad bajo mis piernas me ayudó a tranquilizarme.
El sol comenzó a ponerse. Y ella no apareció.
Esperé. Por ella, esperaría toda la vida.
Esperé.
Esperé.
Esperé.
El miedo se apoderó de mí. ¿Y si venía? ¿Cómo debía actuar? No, no iba a venir.
Pero…
Tragué saliva, sopesando mis opciones. Al final tomé una decisión.
Dejé la cajita donde estaba, pero yo me fui.
Mi corazón latía desbocado, presa del pánico. Esa noche no dormí.
A la mañana siguiente, salí de casa sin tan solo desayunar. Corrí, corrí, corrí, corrí y corrí hasta llegar a la cima de la colina.
Mi respiración se detuvo repentinamente.
La caja había desaparecido.
No había nadie más en toda la aldea que subiera a esta colina. Tenía que haber sido ella.
Levanté la vista hacia la casa de los SinClair.
Melody salió al porche, bajando los escalones con pequeños saltos, una sonrisa iluminando su rostro.
Y llevaba puesto su vestido azul.