Donde caen los reyes (Ofem 1) 18/11/1884
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18/11/1884

Estaba esperándola. Como siempre.

Ya no iba a la colina a observar el atardecer ni las estrellas. Iba a pasar los mejores minutos del día junto a ella.

Siempre llegaba antes que Melody porque me gustaba verla caminar colina arriba.

Así que esperé.

No tardó en aparecer y sentarse junto a mí. Pero hoy no mostraba una sonrisa sobre sus labios.

Había estado llorando. Y lo sabía porque su nariz estaba algo rojiza, al igual que sus mejillas. Tenía los ojos enrojecidos y algo hinchados.

¿Por qué?

Se había secado las lágrimas, pero aun así podía notar el rastro seco de ellas sobre su mejilla.

Apoyó su cabeza sobre mi hombro y contuve la respiración durante unos segundos. Estaba triste y, pese a eso, había venido hasta aquí para estar conmigo.

—Gracias —susurró.

Me había dado las gracias. Y ni tan solo estaba seguro de por qué lo había hecho. Pero el simple hecho de que lo hiciera me hizo el niño más feliz del reino.

Nuestras miradas se encontraron.

—Por no abandonarme nunca.

Y esas palabras me dejaron caer dentro de un pozo sin final. No tenía que darme las gracias por aquello ni por nada, en realidad.

Coloqué mi mano sobre la suya. Y ella no la apartó.

—Yo tampoco te abandonaré a ti.

Sus palabras parecían ser una promesa, pero de esas que se rompen con facilidad.

Porque si Melody SinClair permanecía junto a mí, sería el niño más afortunado del mundo. Más afortunado que los hijos de duques, más afortunado que el príncipe.

Era un gran deseo, uno que no se haría realidad.

Porque Melody SinClair sí me iba a abandonar.

Pero decidí agregar una última promesa a mi lista.

El día que eso pasara, yo cumpliría la mía.

Porque yo jamás la abandonaría.

Guardé la promesa en lo más profundo de mi corazón.

Y la cumplí.