Epílogo
Melody
Al abrir los ojos noté un vacío. Me incorporé despacio, esperando a que mi vista dejara de oscilar y el mundo volviera a enfocarse.
El aire fresco de la mañana me envolvió en un amigable abrazo. Aparté el cabello de mi rostro mientras me ponía en pie, sintiendo la hierba húmeda bajo los pies.
Alcé la mirada hacia el horizonte y los latidos de mi corazón se detuvieron.
Era él. Sentado frente a las montañas, de espaldas a mí, con el cabello oscuro revuelto por la brisa. Supongo que siempre había pertenecido a este lugar.
Pero esta vez no solo era el hijo de los Kensington. Ante mis ojos se encontraba el heredero de las tierras de Banglad, la leyenda.
Él rey Asharion .
Me acerqué a pasos lentos y, sin decir nada, me senté a su lado, tal y como había hecho en tantos atardeceres.
Su mano rozó la mía. Yo volví mi atención hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a alzarse entre las montañas.
—Es lo más bonito que he visto jamás —musité.
Incliné levemente la cabeza, observando el perfil de Archer. Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Dijiste lo mismo la primera vez que viniste.
Abrí los ojos, sorprendida.
Apoyé la cabeza sobre su hombro mientras me rodeaba la cintura con el brazo. Tenerlo junto a mí, sin persecuciones ni peligros, hizo que una calidez familiar se extendiera por mi pecho.
—¿Y qué haremos ahora? —pregunté en un susurro.
Su mirada seguía fija en el sol, naciendo ante nosotros. Inspiró profundamente.
—Supongo que tendremos que aprender a gobernar un reino, princesa.
No dije nada. Me limité a contemplar la salida del sol.
Esta era nuestra historia, la de un arquero y una justiciera; la de un niño abandonado y una rebelde. Juntos, en la colina.
Salvo que esta vez el atardecer había terminado.
Y ante nosotros se alzaba un nuevo amanecer.