Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 72
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Capítulo 72

Melody

El Caso Cenit nunca fue lo que creímos.

Como todo lo demás, no había sido más que un engaño. Una tapadera. Una forma de llegar hasta nosotros.

El Caso Cenit no era la búsqueda del empobrecimiento del reino, era su salvación. Una manera de encubrir aquello que tanto temían. De nuevo, un engaño.

Pensé en la rabia de Charlton al mirar a Archer. La prisa por convertirlo en rey de Banglad antes de que todo saliera a la luz.

Donald SinClair no existía, Delphine Pennington tampoco. Solo eran Laureen y Collin Ederhart.

Y Archer… no era Archer. Era el legítimo rey de Banglad, el heredero.

Aquel niño de la colina. El niño al que nadie prestaba atención y del que todos se olvidaron, resultó ser el más poderoso de todos .

Archer llevaba dos días huyendo de Odilia. Se estaba abriendo una brecha entre los reinos de Ofem y la marea cambiaba constantemente. Los reyes de Northem, Floresten y Ombra exigían la presencia inmediata del heredero de Banglad.

Archer no había sido coronado. Y mientras los reinos lo reclamaban y el propio pueblo de Banglad pedía a su rey… Él se negaba a serlo.

Odilia había venido a hablar conmigo en varias ocasiones.

—Esto es mucho más grande de lo que cree —me dijo—. Se trata del don de Banglad, de la leyenda hecha realidad. Del poder de los cuatro reinos.

Estaba furiosa y Archer la evitaba constantemente. Y, por mucho que quisiera negarlo, a mí también.

Apoyé los codos sobre el balcón y dejé escapar un largo suspiro. La noche había caído sobre el reino y bañaba todos los rincones del jardín de oscuridad.

Me fijé en el muro y distinguí sobre la pared de piedra una silueta que reconocería en cualquier parte.

Me mordí la carne interior del labio y, finalmente, decidí salir del dormitorio. Bajé corriendo los escalones, los mismos por los que había tratado de escapar de los guardias días antes.

Me deslicé entre los pasillos y observé de reojo los retratos de Berthilda, Vance y Charlton. Ninguno de ellos sonreía, tan solo miraban al frente con ese aire de superioridad. No pude evitar sonreír para mis adentros.

Nunca más volverían a mirar a nadie así.

Me apunté mentalmente decirle a Odilia que ordenase que los retiraran.

Sinceramente, me resultaba un tanto extraño su comportamiento tras la muerte de sus padres y su hermano.

Archer los había matado, pero no parecía tenerle ni un punto de rencor.

Nada. Lo único que le importaba era el bienestar del reino y el deber que le correspondía a Archer.

Odilia lo arriesgó todo para encontrar a su hermano, el príncipe perdido. Quizá eso la hubiera llegado a hacer una idea distinta de quién sería esa persona. Quizá imaginó a alguien dispuesto a reinar, entusiasmado por ejercer tal labor.

Archer no era así. En absoluto.

Finalmente llegué al jardín. Avancé sigilosamente hacia el muro y me detuve a sus pies. Archer estaba tumbado sobre la piedra, mirando las estrellas.

—¡Archer! —grité en voz baja.

Su cuerpo dio un pequeño sobresalto sobre la piedra. Giró la cabeza, recorriéndome con la mirada antes de incorporarse.

—¿Mel? —Abrió los ojos—. ¿Qué haces despierta?

—No podía dormir —respondí— ¿Y tú?

—Lo mismo.

Mis labios se curvaron sin darme cuenta.

Y, por primera vez en días, él me devolvió la sonrisa.

Archer me tendió la mano y me ayudó a subir al muro. Cuando nuestros ojos se encontraron, no vi a ningún rey. Solo a él .

Antes de poder detenerme, me lancé contra su cuerpo. Necesitaba sentirlo, saber que seguía ahí. Solté el aire que había estado conteniendo cuando me devolvió el abrazo, rodeando mi cintura.

—Oh, Mel… —murmuró.

Apoyé la cabeza en el hueco de su cuello.

—Te he echado de menos —susurré con sinceridad—. No vuelvas a alejarte de mí. Dijiste que no lo harías.

Sus músculos se tensaron.

—No me he alejado de ti —respondió en voz baja—. Pero tú deberías hacerlo de mí.

Me separé lo justo para mirarlo.

—No digas eso —repliqué—. No después de todo lo que hemos pasado.

Tardó unos segundos en responder.

—Estoy maldito, Mel —dijo al fin—. Y no soy un rey. Pretenden que lo sea… pero no lo soy.

—Sí lo eres —afirmé.

Dejó caer los brazos sobre la piedra y apartó la mirada.

—Mel… —Negó con la cabeza, visiblemente abatido—. No lo entiendes.

—Me parece que el que no lo entiende eres tú. —Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Eres el elegido de los Dioses de Ofem, Archer. La leyenda que todos esperábamos.

—No soy nada de eso, joder…

Sus palabras salieron como un reproche de sus labios. Nos quedamos callados unos largos segundos, inmersos en esta extraña tensión que se había implantado entre ambos.

—¿Por qué te has subido aquí arriba? —rompí el silencio.

Archer se removió ligeramente.

—Me gusta ir a los sitios más altos.

Sonreí.

Su mano buscó la mía, dudosa, como si temiera que fuera a apartarme.

—No me hundiste la vida, Archer —le hice saber, entrelazando nuestras manos para eliminar cualquier duda que tuviera—. Me hiciste creer en un mañana.

Nuestras miradas se encontraron y pareció que ninguno de los dos estaba preparado para apartarla.

—Vámonos —dijo de pronto.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Q-qué?

—Vámonos.

No necesitó añadir nada más. Había algo en su forma de mirarme que lo decía todo. Y supe exactamente a dónde quería ir.

—Está bien —respondí al final.

Sus labios se curvaron en una amplia sonrisa, casi infantil.

Me ayudó a bajar del muro y me guio hasta los establos del palacio. Escogimos dos corceles. Al principio pensé que aquello era un delito, pero luego recordé que todo aquello… le pertenecía.

Cogió las riendas del caballo y yo me sujeté con fuerza a las del mío.

En cuanto cruzamos los muros del palacio, el aire frío de la noche me golpeó el rostro. El corcel echó a galopar y, poco a poco, el centro del reino fue quedando atrás.

La luna bañaba el paisaje, lleno de prados y bosques. El viento agitaba la hierba del sendero por el que pasábamos y el único sonido que nos acompañaba, además del paso de los caballos, era el canto de los grillos.

—Oh, pero qué lento eres —me burlé, adelantando a Archer.

Vi por el rabillo del ojo que arqueaba una ceja.

—¿Me estás retando, princesa? —Una sonrisa cruzó su rostro.

Vacilé, agarrando las riendas con más firmeza.

—No me alcanzarías .

—Averigüémoslo.

Quedé tras de él cuando su caballo aceleró. Y, tras un largo camino de adelantamientos, llegamos a nuestro destino.

Aceleré el ritmo de mi corcel por última vez y al detenernos, me bajé del animal con una sonrisa triunfante.

—Como te dije —expulsé el polvo de la tierra de mi vestido—, demasiado lento.

Archer se bajó del caballo y vino hacia mí. Se inclinó tanto que pensé que me iba a besar, pero en su lugar, se desvió hasta que sus labios quedaron junto a mi oído.

—Aún no hemos llegado a la cima —susurró.

Me quedé de piedra, asimilando sus palabras. Cuando reaccioné, Archer ya iba por la mitad de la colina.

—¡Tramposo! —grité, echando a correr tras de él.

Al llegar arriba no encontré su figura por ninguna parte. ¿Dónde estaba?

Pegué un grito ahogado cuando unos brazos rodearon mi cintura por detrás, alzándome y haciéndome girar. Apoyé mis manos sobre su pecho al parar en seco.

—Retarme no es inteligente.

—¿Y eso por qué? —me atreví a preguntar.

Estar tan cerca de él era una tortura. Sus manos, su cuerpo, su respiración… Le deseaba como nunca había deseado nada o a nadie.

Su mirada recorrió mis labios.

—Porque hago lo que sea por alcanzar mi objetivo.

—¿Y cuál es tu objetivo? —Apenas llegué a oír mi voz.

Acercó su rostro al mío, hasta que una fina línea invisible separaba nuestros labios.

—Tú, Mel —murmuró—. Siempre has sido tú.

Sus labios chocaron contra los míos de manera desesperada. No era un beso lento ni delicado. Se trataba de un beso lleno de sentimientos reprimidos.

Me aferré a él sin pensar. Sabía que, si no me sostenía, mis piernas no resistirían.

Un gemido escapó de mis labios contra los suyos, y su cuerpo se tensó al instante. Se separó unos centímetros de mí. Sus ojos eran distintos; más oscuros e intensos.

Era como un baile, un último baile antes del nuevo comienzo. Estaba ensimismada con su mano aferrándose a mi cintura, con sus brazos rodeando mi cuerpo y atrayéndome contra él, como si no existiera suficiente cercanía.

Dijo que yo sería su perdición, pero no era así. Él era la mía, y lo había sido desde mil ochocientos ochenta y cuatro.

No supe en qué momento terminé tumbada sobre la hierba húmeda, con su cuerpo encima del mío. Sus manos se apoyaban a cada lado de mi rostro. Colocó su pulgar sobre mi mejilla, como había hecho aquella noche cuando tan solo teníamos ocho años.

Porque era él. Archer Kesington.

Con la respiración entrecortada, Archer clavó sus ojos en los míos. Incluso en la oscuridad, continuaban brillando con el mismo verde de siempre. Sonreí embobada, incapaz de escapar de este instante .

Me devolvió la sonrisa. Entonces, dejó caer su cuerpo junto al mío. Nuestras respiraciones, aún agitadas, rompían el silencio de la noche. Sus brazos me acercaron a él, juntando nuestros cuerpos como dos piezas de un puzle.

Observamos las estrellas de la misma manera que solíamos hacer.

Mi estrella feliz seguía brillando en el cielo, recordándome que todo iría bien.

Porque ahora conocía la verdad. La leyenda era real y nuestro futuro aún estaba por escribirse.

Siempre había vivido aferrada al pasado, pensando que lo era todo; sin mirar hacia adelante, sin pensar que existiría algo mejor.

Era hora de empezar a vivir el presente.

Porque, quizá, era precisamente allí donde comenzaba mi historia.