Capítulo 68
Melody
No parpadeé, tampoco moví un solo músculo.
Tenía sobre mí la mirada de Archer y Delphine… o Laureen.. o mi ¿madre?
—Mel. —El tono de Archer delataba tanto su preocupación como la sorpresa.
Lo miré, porque no era capaz de dirigir mi vista hacia ella. Su mirada me tranquilizó, apretó mi mano y, seguidamente, empezó a acariciarme el brazo trazando pequeños círculos sobre mi piel.
—No es algo sencillo de explicar —balbuceó Laureen.
Apreté los dientes, prestando más atención a las sábanas que a ella.
¿Delphine era mi madre? ¿Cómo…? ¿Por qué?
El dolor me atravesó sin contención. No sólo había fingido su muerte, sino que decidió abandonar a sus dos hijas; hacernos creer que nuestra madre estaba muerta. ¿Qué clase de persona haría algo así?
Había pasado años preguntándome cómo hubiera sido mi vida si ella hubiera seguido viva. Cuántas cosas podríamos haber hecho y todo lo que los Dioses me habían arrebatado.
Pero todo era mentira.
—Supongo que decirle a tu hija que la abandonaste haciéndole creer que estabas muerta debe de ser complicado —repliqué con resentimiento.
—Melody —contestó en una súplica—. Déjame explicarlo.
Me callé. Pese a que una parte de mí me gritaba que no merecía el derecho de explicarse; que ninguna excusa serviría para cubrir el dolor en mi pecho, le di paso a hablar. Quizá necesitaba aferrarme a todo aquello que pudiera explicar por qué nunca quiso verme.
Delphine cogió una bocanada de aire.
—Yo trabajaba como sirvienta personal de la reina. Pasaba todos y cada uno de mis días dentro de las paredes de palacio. Con el tiempo me convertí en la doncella de Berthilda y… conocí a Collin. Tu padre era el consejero del rey —explicó.
¿Mi padre era consejero del rey?
Miré a Archer y supe que estaba pensando lo mismo.
Mi padre envenenó la copa de aquel hombre porque planeaba matar al antiguo consejero del rey, planeaba matarlo a él. Fue un asesinato en defensa propia.
—Terminamos enamorándonos —continuó—. Al principio todo iba bien, hasta que la reina Berthilda se quedó embarazada de su primogénito.
El embarazo fue duro, en varias ocasiones llegamos a pensar que la perderíamos.
Cuando nació su bebé, me quedé cautivada al verlo.
Sus venas resplandecían del dorado más brillante que puede existir .
Mi respiración se detuvo. Vi por el rabillo del ojo los hombros de Archer tensarse.
—Al pasar unos minutos, el color se desvaneció. Tanto el rey Vance como su mujer desconocían ese detalle, puesto que yo había sido la encargada de arropar al niño entre mis brazos durante su primer aliento.
Pestañeé un par de veces.
—El poder del heredero —susurré.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—El niño empezó a crecer. Yo… Solo le conté lo que vi a Collin. Tenía miedo y estaba confusa.
El modo en que pronunció su nombre hizo que me mareara un poco. Collin Ederhart. Ese era su verdadero nombre.
Cuando la visitamos nos dijo que debíamos encontrar a Collin, pero ella sabía que no lo íbamos a encontrar, que ya no existía. Nos hizo ir al palacio a propósito.
—Mis sospechas eran ciertas —prosiguió, deslizando una mano por su rostro para secar la lágrima—.
Aquel bebé era portador del poder del heredero.
Le expliqué a los reyes lo que había visto durante el parto, pero se negaron a creerme.
Me acusaron de traición y me desterraron fuera de las tierras de Banglad.
Yo… me fugué con tu hermana Sloane y contigo, que empezabas a desarrollarte dentro de mí.
Decidí empezar una vida en una aldea lejana.
Afortunadamente, mi hermana me ayudó durante aquellos dos años.
—Hizo una pausa—. Collin se quedó en el palacio, ejerciendo su labor.
Sus cartas me explicaban los avances del pequeño heredero que, sin duda alguna, molestaron enormemente a sus padres.
Las únicas personas que tenían contacto con él eran lo s reyes y Collin.
Por lo visto, ellos empezaron a temer por la autenticidad de la leyenda, así como que el niño poseyera un poder mucho mayor al suyo.
Esos temores aumentaron con el paso de los días.
Temían la veracidad de la leyenda, el cuarto don de Ofem.
Y… tomaron una decisión: matar al primogénito.
No tardé ni un segundo en desviar mi mirada hacia Archer. Tenía el ceño fruncido, y algo que no supe percibir en su mirada. Sin embargo, restaba atención a las palabras de mi madre.
—Collin no soportaba la idea de, no solo asesinar a un niño, sino de matar al heredero, de acabar con la leyenda.
¿Qué clase de padres harían algo así? —Negó con la cabeza—.
Supongo que el poder te acaba cegando. Y, por eso, Collin, unas noches antes de la que iba a ser su sentencia, se llevó consigo al niño.
Lo dejó en el único lugar donde pensamos que estaría a salvo.
No podíamos cuidar de él, pues les hubiera resultado demasiado sencillo encontrarnos.
Los Kensington llevaban años intentando tener un bebé —miró a Archer—.
En cuanto les presentamos al niño, no dudaron en cuidarlo como si fuera suyo.
Respiré profundamente, intentando ordenar toda y cada una de las cosas que estaba revelando dentro de mi mente, pero me resultaba demasiado complicado.
—Los reyes no nos lo pusieron fácil. Hablaron con los demás reinos, asegurando que el bebé estaba maldecido. Fue entonces cuando sentenciaron su castigo. —Su voz tembló—. Con tal de ocultar la verdadera identidad del niño, le lanzaron una maldición.
—¿Qué tipo de maldición? —inquirí.
«Que no fuera lo que estaba pensando, que no fuera lo que estaba pensando, por favor».
—Le arrebataron su voz —contestó, bajando la mirada—. No obstante, toda maldición tiene sus condiciones. No sé cuál fue la de Archer, pero está claro que la rompió.
Su mano temblaba encima de la mía, se la apreté aún más. Respiró con fuerza antes de dirigirse a ella.
—Continúa —le pidió.
Mi madre asintió, y tras unos segundos, retomó su explicación.
—Los reyes comenzaron a sospechar. Me localizaron. Así que me vi obligada a irme. Tanto Collin como yo adoptamos otros nombres y falsificamos nuestras muertes. Y nos prometimos no volver a vernos. —Me dedicó una mirada—. Y no volver a veros.
Las lágrimas asomaron por mis ojos, descendiendo como riachuelos sobre mis mejillas.
—Los reyes no se cansaron de buscar. No podían permitir que hubiera una mínima posibilidad que amenazara a su reino o su mandato. Hasta dónde sé, intentaron asesinar al niño junto con sus padres adoptivos. Pensaba que nadie había sobrevivido, que el fuego del niño los quemó a todos…
La incómoda tensión que volaba por la habitación me tenía mareada.
—Está bien —contesté débilmente—. Ahora quiero que salgas de mis aposentos.
—Mel… —empezó a replicar.
—Haga lo que le dice —la cortó Archer.
Sus palabras sonaron tan cortantes como una orden. Porque, a fin de cuentas, lo eran. Mi madre no replicó, no podía permitirse el lujo de desobedecer al heredero.
El heredero.
El título resonó en mi cabeza.
Mi madre me observó una última vez, con los ojos cristalinos. No fui capaz de retenerle la mirada. Bajé la barbilla y el sonido de sus pasos desvanecerse me indicó que se había marchado.
—Thomas fue un aliado del rey —agregó Archer en un tono que dejaba clara su incomodidad—. Él controlaba mis movimientos. Le contaba a los Eldermort toda la información que conseguía sobre el Caso Cenit y tu padre.
Su revelación no consiguió sorprenderme.
—¿Sabes dónde está? —pregunté.
Su mirada, dura, me retuvo durante una larga exhalación.
—Lo envié al calabozo —contestó finalmente.
Me quedé paralizada sin saber qué responder, si es que había alguna respuesta apropiada.
Envió a su mejor amigo al calabozo. Aunque, en cierto modo, nunca había llegado a serlo del todo. Eso debió de destrozarlo, y yo no estuve despierta para ayudarlo.
Lo miré de reojo, y al ver su expresión lo comprendí. Enviarlo al calabozo no había sido una condena para Thomas, sino también un castigo para él.
Moví mi cuerpo hacia un lateral de la cama, dejando un gran hueco a mi lado.
—Ven conmigo —le pedí, señalando las sábanas.
Tardó menos de diez segundos en juntar su cuerpo al mío. El colchón cedió bajo su peso mientras sus brazos me rodeaban, provocando que una calidez familiar se apoderara de mí. Después de todo lo ocurrido necesitaba algo reconfortante, y él también.
—Me están viniendo unos buenos recuerdos a la mente —murmuró.
Negué con la cabeza.
—Eres idiota.
—Esta vez no estás tan tiesa. —Sus labios se curvaron en una sonrisa.
Suspiré, aunque me alegraba de haber retomado este tipo de conversaciones.
—Tal vez sea porque no hay ninguna razón por la que deba estarlo.
Acercó sus labios a mi oído. Su aliento impactó contra mi piel, haciendo que se erizase.
—Me alegra comprobar que aún te pongo nerviosa.
—No me pones nerviosa —mentí.
Sonrió con suficiencia. Sabía que intentaba apaciguar la situación y distraerme, por muy complicado que fuera de lograr.
—Sigue diciéndote eso, princesa. —Se separó, dejando un espacio suficiente para que me permitiera volver a respirar con normalidad—. Las mentiras tienen fecha de caducidad.
Fruncí los labios.
—Sí. Lo hemos podido comprobar, ¿verdad?
Nuestras miradas se encontraron. Archer me arrimó un poco más a él, pero dejando espacio suficiente para que no me agobiara.
—No sientas que no puedes estar mal —dijo mientras deslizaba una mano sobre una de las almohadas—. Tienes derecho a estarlo.
Negué con la cabeza.
—Estoy molesta —reconocí—. Y herida y… sorprendida, y me siento atascada.
Sus ojos se habían dirigido al techo. Soltó su suspiro sonoro al tiempo en que sus dedos se enlazaban con los míos bajo la sábana.
—Y feliz —finalicé.
Arqueó levemente las cejas.
—Eres el…
—No lo digas —me interrumpió.
Callé. Nos quedamos unos minutos en silencio. El aire entre nosotros había cambiado, ahora estaba repleto de preocupaciones y de miedos que no sabíamos reconocer.
Por una parte me alegraba haber descubierto la verdad sobre el Caso Cenit y todos los secretos de mi padre.
Pero por otra… no podía evitar sentir un nudo en el pecho.
Porque ahora que todo había salido a la luz, teníamos que afrontar una certeza mucho mayor a cualquier cosa que hubiéramos imaginado.
—¿Has hablado con alguien estos días? —pregunté en un susurro.
Tardó unos segundos en contestar.
—Odilia.
—Tu hermana —repuse.
Entendí con su mirada lo reacio que se mostraba ante esa revelación. Hizo caso omiso a mi comentario.
—Encontró informes del rey, cartas escritas por Thomas donde explicaba todos mis pasos, donde decían todo lo que encontré de ti.
Fruncí el ceño.
—No fue culpa tuya.
—Joder, Mel —contestó, ahora más alto—. Yo les di todas las pistas de Donald SinClair, yo hice que dieran con él. —Se incorporó hasta quedar sentado sobre la cama, dándome la espalda—. Yo hice que te encontraran.
—No es cierto —dije ahogadamente.
—Sí, lo es. —Bajó la cabeza—. Y cuanto antes lo aceptes, antes podrás odiarme.
Me quedé en silencio.
Hubieran dado con mi padre de todos modos. De no ser por Archer, yo… seguiría en aquel hospital. Quizá no me hubiera visto envuelta en el Caso Cenit, pero no cambiaría nada de lo que ocurrió tras el accidente.
No cambiaría haberme reencontrado con él.
Tal vez aquello fue planeado por los Dioses de Ofem. Tal vez fueron ellos los que me vigilaron, esperando que recogiera todas las pistas hasta dar con el heredero. Cuando, en realidad, había estado frente a mí todo el tiempo.
—Debería irme —dijo Archer, alejándose de la cama—. Tienes que descansar.
—Ya he descansado lo suficiente —repliqué.
—Más, Melody. —Clavó sus ojos esmeralda sobre los míos. Siempre me invadía una gran calidez al observarlos, sin embargo, en ese momento tan solo sentí una sensación gélida—. Deja curar todas las heridas que te he causado.
No sabría decir si lo que me sorprendió más fue que me hubiera llamado por ni nombre completo o el tono en el que lo hizo.
Por un pequeño instante dejé de ver a Archer, porque el que había hablado era el rey Asharion.