Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 67
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Capítulo 67

Melody

Miré con curiosidad los cuerpos quemados.

Tanto los reyes como Charlton habían quedado reducidos a cenizas.

Quise apartar la mirada pero no pude. Algo en mi interior me pedía que guardara esta imagen, que recordara el lugar donde los reyes cayeron.

Porque ahora Odilia era la única persona de sangre real que quedaba con vida.

«A excepción de Archer».

Los brazos cálidos de Archer —o tal vez debería decir Asharion— me envolvían gran parte del cuerpo. Estaba mareada y dolorida. Mi cuerpo temblaba y, cada vez que ese temblor aumentaba, él me estrechaba más contra su pecho. Sentía su corazón acelerado, como un caballo cabalgando.

—Archer —susurré .

—Lo sé, tranquila. —Pese a que intentaba transmitirme calma, sabía la preocupación que escondía tras sus palabras.

La princesa se colocó frente a nosotros, sin rastro de alguna quemadura por la piel. Recordé la disculpa de Phil y sus palabras, pidiéndome que confiara en la princesa.

Ella se marchó antes de que se alzara el fuego. Por lo tanto…

—¿Có-cómo lo sa-sabías? —balbuceé, demasiado confusa como para no preguntar.

Odilia se sorprendió al escuchar mi débil intento de mantener una conversación.

—Tenía mis sospechas —respondió, sorprendentemente tranquila—. Pero no estaba segura.

¿Qué?

Abrí los ojos.

—En…entonces… Po-podríamos… —empecé a pronunciar.

—Pero no habéis muerto, ¿no? —concluyó.

Me quedé perpleja, sin saber qué demonios responder.

Dedicó un vistazo rápido a las cenizas de su difunto hermano. Me entristeció su pérdida, pese a que en aquellos momentos no podía complacerme más la muerte de Charlton.

Archer se tensó cuando su hermana —porque era su hermana— volvió su atención hacia él.

—No te compadezcas —dijo Odilia, apretando los labios hasta formar una fina línea.

—No lo hago —respondió él, sereno.

La princesa entrecerró los ojos y asintió. Su vestido se había quemado por varias partes y lo que anteriormente había resultado ser azul, ahora era un negro puro. No miré el mío, pero estaba segura de que la poca tela que me cubría también había adoptado el mismo color.

Cerré los párpados, derrotada, mientras relajaba el agarre de mis manos sobre el brazo de Archer.

—Necesito llevarla a un sanador —dijo con un tono que se asemejaba más a una orden que a una petición—. Y que no sea un incompetente.

—Por supuesto —contestó Odilia, retrocediendo un paso y haciendo una señal con la mano—. En el palacio tenemos al mejor del reino. Preparé un par de corceles de más por si… Bueno, por si mis suposiciones eran ciertas. Podéis montar en uno. Os llevará hasta allí mucho más rápido.

Archer asintió y no tardamos en abandonar la plaza.

—Tenga —dijo una voz que reconocí al momento.

Abrí levemente los ojos, viendo la figura borrosa de…

—¿Phil?

—Gracias, Gray —contestó Archer al mismo tiempo—. Espera, ¿Phil?

No llegué a escuchar la respuesta del guardia.

Mi vista se volvió borrosa mientras nos montábamos sobre el animal.

El corcel relinchó en cuanto Archer tiró de las riendas y cruzó las calles del reino.

El viento me golpeó el rostro con fuerza, pero apenas fui consciente de ello.

Cada zancada del animal hacía que una punzada me atravesara la pierna y tuviera que aferrarme más al cuerpo de Archer.

Él sujetaba las riendas con una mano y mantenía la otra alrededor de mi cintura.

—Aguanta un poco más —murmuró, con la mandíbula tensa.

Asentí sin fuerzas para responder.

—Venga por aquí. —Creí escuchar que pronunciaba la princesa.

¿Ya habíamos llegado al palacio?

Intenté abrir los ojos un poco más, pero los párpados me pesaban lo mismo que un montón de piedras. Todas las figuras que me rodeaban eran manchas desdibujadas.

Noté cómo Archer me sujetaba con más fuerza.

—¿Puede llevarla hasta allí?

Sí. Era la voz de la princesa.

Pero no llegué a escuchar la respuesta de Archer. Caí en el desmayo.

Cuando volví a abrir los ojos me encontré en un entorno totalmente distinto.

Lo primero que vi fue una lámpara enorme que colgaba encima de mí.

Estaba en una habitación, pues mi cuerpo descansaba sobre una cómoda cama.

Unas largas cortinas color burdeos caían desde unos altos ventanales.

También había un biombo de seda bordada y varios sillones tapizados.

No hacía falta ser demasiado inteligente para saber que me encontraba en un dormitorio del palacio.

Entonces sentí un apretón en mi mano. Giré, dolorida, el rostro. En cuanto mi mirada recorrió aquel cabello oscuro que conocía tan bien, toda presión en mi pecho se desvaneció.

Era el chico más bello que había visto jamás, pero hoy lucía diferente.

Su cabello ya no estaba tan revuelto, ahora sus ondas se marcaban a la perfección, como grandes pinceladas oscuras.

Su piel estaba totalmente limpia, sin dejar rastro de ninguna mancha de suciedad, tan solo moratones y algún que otro corte sobre los labios y la mejilla izquierda.

No iba vestido con una camisa medio abierta: estaba dentro de un traje negro que ayudaba a realzar el color de sus ojos.

Parecía de la realeza.

—Mel —susurró.

La manera en la que pronunció mi nombre hizo que algo en mí se rompiera. Se acercó, dejando su nariz a escasos centímetros de la mía. Sentí su aliento fresco sobre mi piel, haciendo que mi vello se erizara.

Pensé que iba a besarme, pero en vez de eso, apoyó su frente sobre la mía, dejando ir un largo suspiro.

—Estoy bien —musité, levantando lentamente el brazo. Me dolía, pero en aquel momento me resultó indiferente. Acaricié su cabello, pasando mis dedos entre las ondas.

Me hubiera quedado así toda la vida, atrapada en ese instante. Mi corazón latía con fuerza, como si hubiera recuperado las ganas de vivir.

—Debería llamar al sanador —murmuró mientras empezaba a apartarse.

Lo atraje hacia mí, impidiendo poner ninguna distancia entre ambos.

—No te apartes —sus ojos se clavaron como una flecha sobre los míos—. Todavía no.

Curvó sus labios con una bonita sonrisa. Asintió y se quedó allí, conmigo.

Permanecimos un largo rato dentro de aquella burbuja, hasta que la puerta chirrió.

Odilia entró en la habitación con pasos fuertes, como era de esperar. Elevó la mirada hacia mí antes de abrir los ojos con sorpresa.

—Señorita SinClair —pronunció—. Se ha despertado.

Asentí y me percaté de que no tenía ni idea de cuánto tiempo había estado dormida ni cuantas cosas me había podido llegar a perder. Archer debió leer mi pensamiento porque agregó:

—Has estado dormida dos días.

—Dos días…—repetí, con las palabras pesando más de lo normal.

—Avisaré al sanador —dictó Odilia—. La señorita Pennington espera tener una charla con usted.

—¿Delphine Pennington?

Miré de reojo a Archer, y deduje por su mirada que él tampoco sabía de qué se trataba.

—Avise primero al sanador —intervino Archer—. Ya habrá tiempo para lo demás.

«Ya habrá tiempo».

Esa frase me reconfortó. «Ya habrá tiempo». Porque no había muerto.

Odilia pareció conforme con la decisión. Asintió y se retiró. Sin embargo, al llegar al marco de la puerta se giró, dedicándole una última mirada a Archer.

—Ya habrá tiempo para lo demás —repitió él con determinación.

La princesa no dijo nada, tan solo volvió a asentir antes de salir definitivamente de la habitación.

—Odilia pensó que estos aposentos te gustarían —me informó, rompiendo el silencio.

—Sí —respondí de inmediato—. Es… está bien. Gracias.

Abrió la boca para decir algo más pero entonces, la puerta volvió a chirriar, indicándonos nuevamente que alguien estaba entrando en la habitación. Archer juntó de nuevo sus labios, dirigiendo su atención hacia el que supuse que sería un sanador.

El hombre se presentó y empezó a examinarme. Archer hizo un —nada sutil— ruido con la garganta cuando el médico observó mis piernas y se detuvo varios segundos a examinar mi muslo. Me reí para mis adentros; dudaba que a algún hombre le interesasen unas piernas amoratadas y heridas.

Aún sobresalían hilos negros de la piel. No obstante, la herida había mejorado notablemente. La rojez había disminuido y ya no quedaba rastro de sangre seca.

—Parece que está todo bien —declaró el hombre colocándose sus gafas correctamente—. ¿Cómo se encuentra, señorita SinClair?

—Bien —respondí—. Mejor que antes, por supuesto.

Era cierto que me dolían varias partes del cuerpo pero, en comparación a lo que había vivido hacía unos días, no era nada, tan solo restos del verdadero dolor.

El sanador asintió.

—Iré haciendo pequeñas revisiones para controlar si evoluciona correctamente —agregó—. Si tiene alguna molestia o dolor, no dude en hacérmelo saber de inmediato.

—Está bien. Gracias —respondí con una sonrisa amable.

El sanador se marchó, dejándonos nuevamente bañados de intimidad.

—¿De verdad estás bien? —preguntó Archer con el semblante serio. Su mano aún se aferraba a la mía.

—De verdad. —Me esforcé en sonreír—. No eres el único que no miente.

—Dioses —murmuró, bajando el mentón—. Me has tenido tan preocupado.

Y se le notaba. Pese a su resplandeciente imagen, se podían apreciar las ojeras que residían debajo de los ojos, delatando su estado.

—Tu también me tuviste preocupada.

Él cogió una bocanada de aire y me miró sin pestañear. Sus dedos rozaron mi mejilla lentamente, disfrutando del contacto.

—¿Por qué…? —pronuncié, incapaz de retenerlo—. ¿Por qué dijo el príncipe que mataste a tus padres?

Era una pregunta horrible, lo supe en cuanto sus músculos se tensaron, pero ya era demasiado tarde para retirarla.

—Porque… —Se pasó una mano por la frente—. Tal vez lo hiciera. Ya no estoy seguro de nada.

Los latidos de mi corazón se detuvieron.

Él desvió su mirada hacia el suelo, como si no fuera capaz de hablar de aquello mirándome a los ojos.

—Maté a veinte hombres. —Archer apretó los puños tras oírme—. No me mires así, lo hice. No sé si voy a ser capaz de volverme a mirar al espejo.

—Mel...

Deslizó su pulgar sobre una de las lágrimas que había empezado a descender por mi mejilla.

—Claro que eres capaz de volverte a mirar. Joder, yo lo hago a todas horas porque… No existe nadie comparable a ti —continuó, y su tono pareció sincero—. Y por ese motivo he sido incapaz de separarme de tu lado.

No pude evitar sonreír entre lágrimas.

—Te abandoné —balbuceé.

—No dejé que lo hicieras. Volviste a mí. No creí que… —Frunció el ceño, ha ciendo una pequeña pausa—. No creí que fueras a acordarte de mí.

¿Que no me acordaría? Pensé en él todos y cada uno de los días desde que me marché de Ambolia. No hubo uno solo en el que no lo recordara.

—Lo… ¿Lo supiste todo este tiempo? Que era yo, que… —Mi voz se rompió.

Su mirada se quebró.

—Sí.

No supe cómo digerirlo.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Él negó con la cabeza, separándose unos centímetros de mí.

—¿Qué querías que dijera? —preguntó, apretando los labios—. ¿Que había estado buscándote desde entonces? Hubieras pensado lo peor de mí. Y con razón.

—Archer…

—Lo siento, Melody.

Quise responder, pero la puerta volvió a abrirse, interrumpiéndonos. Maldije para mis adentros mientras el rostro de Odilia aparecía frente a nosotros.

—Es la hora de hablar con ella, Asharion —dijo entonces.

Me tensé.

—Archer —respondió él con voz cortante—. Mi nombre es Archer.

Odilia inclinó la cabeza, desafiante.

—Pero en realidad no lo es. ¿Cierto?

Su mirada taladró a la princesa.

—Debéis reuniros con la señorita Pennington de inmediato —añadió ella.

—Está bien — respondí, evitando que dieran pie a una inminente pelea de hermanos—. Dígale que entre.

Archer me miró sin pronunciar palabra, aunque no parecía en absoluto conforme con mi decisión.

Odilia asintió y se retiró. Nos quedamos en un silencio tenso hasta que Delphine cruzó el umbral de la puerta.

Llevaba el cabello recogido como la última vez: en un moño medio deshecho. Su mirada se alternó entre Archer y yo.

—Delphine —susurré—. ¿Bienvenida?

Ciertamente, no sabía qué decir, ni tampoco el motivo por el que Delphine se había presentado con tantas prisas ante nosotros. Todo era demasiado confuso.

Apretó los labios, haciendo una mueca sutil.

—Supongo que os debo alguna que otra explicación. —Desvió su mirada hacia Archer—. A los dos.

Arqueé las cejas, esperando que continuase.

—Lo cierto es que no sabría por dónde empezar. —Reconoció con la voz un tanto temblorosa.

—El principio siempre es un buen lugar por el que comenzar —respondí, mostrándole una sonrisa cálida que esperaba que la calmase.

Tomó aire antes de hablar.

—Entonces debería presentarme con otro nombre. —Nuestras miradas se encontraron—. Laureen SinClair.