Capítulo 66
Archer
Las llamas ascendieron por la soga con gran velocidad.
La figura de Melody, tendida sobre el suelo, me hizo desear destruir todo el puto reino.
La sangre le chorreaba de los labios como un río desbordado.
La ira me recorrió de una manera brutal, abrasadora y cegadora.
Mis puños se cerraron con tanta fuerza desgarré la piel por el choque de mis uñas contra la palma, pero no sentí nada.
Solo podía ver sus ojos color miel, apagados, consumidos por el miedo.
Un calor salvaje me subió por el pecho; el fuego dormido que había vuelto a despertarse. Sentí esa energía de nuevo, una chispa a punto de estallar. Si avanzaba un solo paso más, no se detendría. Pero tampoco quería que lo hiciera.
Volvía a ocurrir. Mi mente se nubló, llevándome a aquel momento.
Me encontraba de nuevo en el pequeño taller de armas.
El negocio había caído en bancarrota, hacía meses que no entraba ni una sola persona por la puerta.
Sabía que había algo más, algo que les preocupaba a mis padres más allá del dinero.
Tampoco entendía el motivo por el que, de repente, habíamos dejado de vender armas.
Nada de aquello tenía sentido. Me sentía encerrado en una jaula, sin voz ni voto.
Ella se había marchado. Conté cada uno de los atardeceres que transcurrieron tras su marcha.
Pensaba que el dolor que se reflejaba en el rostro de mis padres cuando, un día más , verificaban que continuaba sin hablar, era el peor castigo que me habían encomendado los Dioses.
Pero no lo era. Perderla a ella fue lo que me rompió.
Cuando se marchó sentí que el mundo me había dado la espalda. Aquel día, al volver a casa, papá me preguntó qué tal había sido el atardecer. Estaban más que acostumbrados a mis escapadas nocturnas.
Entonces la suerte me aplastó. Y, algo que parecía imposible, ocurrió.
«El atardecer ha dejado de existir», le contesté.
Siempre recordaré la mirada de mi padre. Mi madre respondió con un grito ahogado. Ambos corrieron hacia mí y me aplastaron el cuerpo con un gran abrazo. Dijeron que era el mejor día de sus vidas, lo cual era extraño, ya que, sin duda alguna, fue el peor de la mía.
Tras su ida no me molesté en seguir construyendo armas junto a mis padres. Sin embargo, hubo un día en el que papá me insistió demasiado y yo ya había perdido demasiadas fuerzas como para negarme. Terminamos fabricando un enorme arco y me enamoré de él nada más verlo.
Los días transcurrieron hasta que logré ver el terror en el rostro de mis padres. La víspera de mi décimo aniversario, alrededor de las dos de la mañana, escuché el grito de mamá. Me levanté de la cama de un salto.
—No os lo vais a llevar —dijo con voz firme mi padre. Nunca lo había escuchado hablar de una manera tan seria… tan aterradora.
—Sabemos lo que le haréis —agregó mi madre llorando.
—No sois… —empezó a responderle la voz de un hombre desconocido.
—Somos sus padres —mamá le cortó ferozmente.
Mi corazón se paró al ver cómo el hombre, vestido de manera extraña, desenvainaba una espada.
La alzó justo en el momento en que mi madre no pudo reprimir otro chillido.
Un calor empezó a ascender por mi ser. Sentí dolor, sentí poder, sentí… ira. Papá rodeó a mamá. El hombre empezó a bajar la espada.
El fuego nos inundó.
Me obligué a escapar de ese recuerdo.
Noté como alguien me agarraba del bíceps. Giré mi rostro hacia el guardia, que no tardó más de un segundo en arder, igual que había hecho la soga.
Temblaba mirando a mi alrededor, sintiendo el descontrol chocar contra la furia. La llama se había adueñado de mí, y ya no había forma alguna de pararla.
Cada paso que daba dejaba un camino de llamas. Escuché gritos de fondo, los ignoré. Los edificios habían empezado a arder y los habitantes de Banglad corrían desesperados por salir de la plaza .
No miré atrás. No dudé. Fui hasta la tarima, incendiada en varios puntos. Los reyes habían quedado encerrados en un círculo dibujado por el fuego, dejando a Melody fuera de su alcance.
Las llamas avanzaban hacia ellos, pero no me detuve a observar cómo el fuego los devoraba. Quería disfrutar de la muerte de otra persona: el miserable del príncipe Charlton.
De pie en una esquina, sus ojos reflejaban terror, como un cervatillo indefenso.
No merecía la puta muerte. Quería que sufriera. Lo hubiera degollado lentamente, disfrutando cada uno de sus sollozos, pero tendría que conformarme con el fuego. Me coloqué delante de él y lo agarré por el cuello con un tirón brusco.
—Gua… —balbuceó, el muy estúpido—. Guardias.
Nadie iba a ir a ayudarle, cada uno trataba de salvar su propia vida escapando de las llamas.
Cuando se percató de ello, volvió la mirada hacia mí, con los ojos cristalinos, mientras su cara empezaba a enrojecerse. No era suficiente.
—Desearás no haberla tocado —gruñí.
No tuvo tiempo de responder. No le dejé.
Su grito se perdió entre el fuego, que había respondido a mi rabia.
El rojo surgía con lentitud, rompiendo la piel que lo cubría.
Poco a poco, se empezó a ver la carne viva.
No iba a acelerar, quería que sintiera el verdadero dolor.
Mis ojos se clavaron en él, retorciéndose y bramando hasta no poder ni tan solo respirar.
No aparté la mirada hasta que tuve la certeza de que no quedaba ni rastro de aquel ser miserable.
Hasta que lo único que vislumbré fueron los restos de ceniza .
No volví a mirar en su dirección, aunque sí disfruté de la imagen que había presenciado. Estaría grabada en mi memoria para el resto de días que vendrían. Cualquiera que pensara siquiera en tocar a Melody sufriría el mismo destino.
Caminé, tambaleándome levemente, entre las doradas y vivas llamas hasta llegar a ella.
Se me encogió el corazón al verla tirada sobre la tarima. Mel era la persona más fuerte que conocía, y sin embargo, la habían dejado parecer indefensa.
Caí de rodillas junto a ella. Mi cuerpo ardía y temía su reacción. Sus ojos, antes cerrados, se abrieron levemente.
—Mel —susurré.
Deseaba tocarla; acariciar su brazo para hacerle saber que todo iría bien. Quería cogerla en brazos y llevarla conmigo, huir de aquí.
Entrecerró los ojos.
—¿Ar…Archer?
Su débil voz fue suficiente para que mil grietas se abrieran paso en mi interior.
—Estoy aquí —respondí con la voz entrecortada—. Estoy contigo.
—No me abandones. —Sus ojos empezaron a cerrarse.
Supuse que no habría sido capaz de ver el fuego sobre mis hombros ni el humo que salía de mi cuerpo.
—No cierres los ojos —espeté, alarmado—. Abre esos preciosos ojos.
Tras unos segundos, empezó a abrirlos lentamente. El alivio me inundó y noté como el fuego se alejaba.
Sus párpados se abrieron un poco más .
—¡Es… estás ardiendo! —chilló una vez consciente, pero su grito se perdió entre el humo.
Parecía aterrorizada.
Bajé mi vista hacia el pequeño rastro de fuego que se iba desvaneciendo poco a poco por mis manos. Esperé unos segundos a que se esfumara.
No me lo pensé dos veces, retiré el cuerpo de Melody del suelo, alzándola entre mis brazos. Su respiración se cortó durante un segundo.
—Estás muy caliente —susurró.
Una sonrisa se alzó en mis labios involuntariamente. Si había podido hacer ese comentario era que estaba bien, dentro de lo que cabía.
—Eso se podría interpretar de muchas maneras, princesa.
Sus mejillas se tiñeron de rojo pese a la situación. Intentó darme un codazo que apenas llegó a ser un roce.
Una presión me recorrió el pecho al pensar en los minutos anteriores, en que, por un momento llegué a pensar que moriría. Por los Dioses, yo hubiera muerto junto a ella.
Su mirada cambió de dirección, desviándose a nuestro alrededor y observando las llamas que nos rodeaban.
—Oh —fue un grito ahogado.
Noté como los latidos de su corazón, junto a mi piel, se aceleraban. Su voz tembló al preguntar:
—¿Qué ha pasado?
Acaricié su mejilla antes de responder, esperando que mis palabras no la aterrorizaran.
—Cumplí mi promesa.