Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 65
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Capítulo 65

Melody

Mi padre solía decir que el principio era un buen lugar para empezar, pero nunca me advirtió sobre el final. Y, desgraciadamente, parecía encontrarme en ese punto.

Los guardias me retuvieron y me obligaron a cruzar la calle del mercado mientras los bangladeses me dedicaban miles de miradas curiosas. Era una burla mayor que la humillación.

Mi atención se fue hacia un rostro conocido: el señor Chong. Permanecía de pie entre toda aquella gente y, por primera vez, no estaba tras su puesto de libros.

Suspiré y seguí a los guardias sin oponer resistencia. Las calles desembocaron en una gran plaza abarrotada de gente. Decenas, quizá cientos de personas ocupaban cada rincón, expectantes, con la vista fija en el centro .

Frente a nosotros se alzaban dos estructuras de madera. La primera era una tarima donde aguardaba la familia real al completo. La segunda…

Fruncí el ceño. Lo primero que pensé fue que se trataba de otra tarima, hasta que distinguí la gruesa viga que sobresalía de ella y la cuerda con un nudo.

El aire abandonó mis pulmones.

Joder.

No era una tarima, sino un patíbulo.

Y sobre él, dos guardias sujetaban a un chico que no dejaba de forcejear. Tenía las manos atadas a la espalda y los hombros tensos por el esfuerzo de liberarse. No necesité verle el rostro para saber que era él.

—Archer…

El mundo entero se me cayó a los pies. Me mareé y noté cómo la piel empezaba a chorrear mi propio sudor frío.

Mis manos temblaban mientras el vértigo me recorría con ferocidad, pero eso no pareció importarle a los guardias, que me obligaron a seguir avanzando.

No pude apartar la mirada de él y, cuando sus ojos se encontraron con los míos, me rompí.

—Archer —sollocé.

Su expresión se endureció.

Uno de los guardias me dio un empujón para que no me detuviera. Seguí avanzando, con las lágrimas resbalando sin contención por mis mejillas, hasta llegar a los pies de la tarima sin soga.

Noté varios espasmos nerviosos recorrerme mientras subía los pequeños escalones .

Al llegar arriba me encontré con la mirada de la princesa, fría y distante.

No dijo nada, tan solo asintió y avanzó hasta mí.

Llevaba el cabello negro recogido en un moño trenzado.

Su vestido ridiculizaba el trapo roto y manchado de sangre que lucía yo.

Me miró por encima del hombro y, acto seguido, bajó por los mismos escalones que acababa de subir yo.

Me había dicho que tuviera confianza pero, ¿cómo tenerla en tales condiciones?

Odilia fue el único miembro de la familia real que se alejó de la tarima, como si aquello no le correspondiera.

Ninguno de sus familiares se molestó en mirarme: para ellos no era más que una simple plebeya. El príncipe mostraba la misma expresión de siempre, con su mirada desafiante y una sonrisa malévola.

Los reyes, por otro lado, parecían estar ahí como simples espectadores, indiferentes.

Charlton fue el primero en acercarse a mí. Les dio la orden de retirarse a los guardias y me cogió la mano sin pedir permiso.

Se inclinó hacia mí, tanto que tuve que retirar un poco la cabeza.

—Es una pena que no se quedara en el hospital —pronunció, chasqueando la lengua—. Su destino hubiera sido muy distinto.

—Me repugnas —escupí sin temor.

Se separó unos centímetros de mí.

—Siempre tan despiadada. —Su sonrisa lobuna me provocó un estremecimiento—. Veamos lo que eres capaz de aguantar.

Abrí los ojos, presa del pánico.

Me empujó sin dudar, provocándome un grito ahogado frente al fuerte golpe. Incluso desde el suelo pude apreciar la mirada de Archer, asesinando al príncipe. Se encontraba a apenas un par de metros de la soga, sostenido por los mismos guardias de antes.

Me obligué a mí misma a apartar la mirada antes de enderezarme lentamente. Tuve que hacer un gran esfuerzo dado el dolor que me debilitaba con cada movimiento. Apreté los labios, reprimiendo las ganas constantes de llorar. Una vez estuve de pie, volví a centrarme en Charlton.

—¿Qué hace él ahí? —inquirí.

Me había cambiado por él. Había aceptado la prueba y, para colmo, había salido victoriosa. Nada de aquello tenía sentido.

Charlton desvió la mirada hacia su padre. Yo hice lo mismo, incapaz de comprender qué estaba ocurriendo. Después volvió a mirarme.

—No soy un hombre de palabra, señorita SinClair.

A estas alturas, creía que ya lo habría aprendido —frunció los labios pese a estar divirtiéndose—.

Ha renunciado a todo por ese rebelde. Se ha entregado, ha matado por él e incluso ha aceptado convertirse en nuestra prisionera con tal de mantenerlo con vida.

Mi respiración se tornó superficial.

—¿Sabe cuál es el castigo más eficaz?

Lo miré, rabiando de odio, sin contestar.

—No matar a la persona que ama. —Hizo una pausa—. Sino obligarla a contemplar cómo muere.

—¡No! —bramé—. ¡No, no, no!

Un pitido agudo me inundó los oídos. El mundo empezó a romperse en millones de pedazos a mi alrededor .

—Sin embargo... —continuó Charlton, ignorando por completo mis gritos—, mi querida hermana me ha hecho darme cuenta de que el joven Kensington también merece un castigo.

¿Odilia? No. Imposible. Ella me había ayudado, me había sacado del palacio, había arriesgado demasiado para después... ¿hacer esto? A menos que…

No había encontrado a su hermano y, por lo tanto, no llegué a cumplir mi parte del trato. ¿Era aquella su forma de cobrarse la deuda? Busqué a la princesa entre la multitud con desesperación, pero no la vi por ninguna parte.

Había desaparecido. Qué conveniente.

Al final sí que había ido un paso por delante, moviendo los hilos sin ensuciarse las manos.

—Y sería una lástima ejecutarlo sin hacerlo sufrir antes —dijo Charlton, levantando la vista hacia el patíbulo—. Después de todo... ha pasado toda una vida buscándola.

Sus ojos se clavaron sobre Archer.

—Y ahora que la ha encontrado, será usted quien contemple el resultado de sus acciones —finalizó.

La respiración de Archer se detuvo, incluso desde la distancia fui capaz de notarlo. Su mirada hizo que todo mi cuerpo se petrificara: era gélida y, por primera vez desde que lo conocí, sombría.

—¿Cree que se lo debe explicar? —le preguntó—. ¿O cree más conveniente que lo haga yo?

Archer no contestó, aunque sus facciones se endurecieron todavía más.

—Está bien —siguió el hijo de puta—. Lo haré yo, entonces.

—¿Hacer qué? —inquirí, rabiosa—. No me creeré nada que salga por su jodida boca.

—Oh, señorita SinClair —dejó escapar una risa seca—. Le recomiendo escuchar mis siguientes palabras si no quiere seguir viviendo en un engaño.

«Un engaño».

Cerré los ojos. Eso era lo que había sido toda mi vida: un engaño. No creí que nada más fuera a sorprenderme ya.

Charlton alzó la voz.

—El pequeño Archer Kensington creció junto a una humilde familia de armeros.

Un matrimonio trabajador que dedicó toda su vida a su taller y que jamás dio problemas a nadie.

O al menos fue así hasta que aparecieron muertos.

Qué tragedia, ¿verdad? Dos personas honradas asesinadas en circunstancias de lo más... desafortunadas.

Uno de los guardias me cogió por la espalda por sorpresa. No pude reprimir un pequeño grito cuando vi al otro acercarse a mí, con una vara. Mi cuerpo se heló cuando elevó el arma.

—¡No! —bramó Archer.

Giré la cabeza, aterrorizada. Charlton sonrió al ver mi expresión.

—Y, curiosamente, el único superviviente fue el joven Kensington.

—Resultó ser —continuó Charlton, haciendo caso omiso a nuestros gritos—. Que el pequeño había tenido una pérdida reciente, una niña se había marchado de la pequeña aldea en la que residían.

La vara impactó contra mi estómago. El dolor fue tan desgarrador que pensé que me iba a desmayar. El guardia volvió a elevarla, esperando que el príncipe continuara con su explicación.

—El niño huyó hasta el centro de Banglad, presa del pánico. Solo tenía un único objetivo: encontrar a la muchacha.

Esta vez, cuando la vara chocó contra mi piel, no chillé. En vez de eso, observé cómo caía un chorreón de sangre de mi boca a los tablones de la tarima.

—El niño tuvo suerte, pues un tabernero decidió acogerlo y ofrecerle un techo. Sin embargo, jamás abandonó aquella absurda obsesión suya.

Desvió la mirada hacia Archer antes de volver a fijarla en mí.

—Encontrarla. —Dejó caer los brazos—. La niña, por otra parte, resultaba ser hija de Laureen y Collin, unos traidores a la Corona. ¿Le suena, señorita SinClair? —No respondí, y él ladeó la cabeza, divertido.

«Collin Ederhart».

Donald… Donald SinClair no existía, tan solo era una fachada. Otra de las mentiras que me había creído.

Mi padre era Collin. Pero… ¿Por qué? ¿Qué habría llevado a mi padre a hacer algo así? ¿Por qué motivo nos mintió con su identidad?

Charlton disfrutó de mi confusión durante unos largos segundos.

—Para proteger a sus hijas, no solo cambiaron sus nombres, sino que llegaron a fingir sus muertes —continuó con una risa amarga—. Collin y Laureen; los asesores reales, las únicas personas en las que los reyes confiaban ciegamente. Aunque claro queda que no debieron hacerlo.

No vi venir el golpe. El sonido de la vara contra mi cuerpo resonó en mis oídos. Mis piernas no lo soportaron más y terminaron cediendo, provocando que mi cuerpo se estampara contra el suelo de la tarima. Caí desplomada.

—He de suponer que de tal palo, tal astilla…

No obstante, continuaré con la historia del joven aldeano —prosiguió, ignorando la tortura a la que me estaba sometiendo—.

El niño, que se convirtió en un rebelde adolescente, se comportaba como un auténtico paranoico.

Dedicó cada uno de sus días en buscar a una niñita con la que había pasado el rato jugando en un prado.

Intenté alzar mi mirada hacia Archer. No lo logré.

Percibí débilmente los gritos que rezumaban a mi alrededor. ¿Por qué gritaban?

La vara volvió a golpearme. El dolor fue tan intenso que me dejó sin fuerzas para luchar. Iba a quedar inconsciente de un momento a otro.

Los gritos aumentaron. Charlton tardó apenas unos segundos en continuar la historia. Esta vez se arrodilló a mi lado y, cuando habló, fue apenas un susurró dirigido únicamente a mí.

—Ha estado intentando resolver un caso imposible.

—Su mano empezó a acariciar mi cabello, manchado de sangre—.

Porque el Caso Cenit no existe, señorita SinClair.

Es tan solo la tapadera del crimen que cometieron sus padres salvando al monstruo real.

Un monstruo que se encariñó de usted. Y gracias a eso…

gracias a usted, Melody, puedo acabar la tarea que no terminaron mis padres.

—Sus ojos me repasaron con desinterés—. Al fin veré morir a la bestia.

—Alzó la voz, dirigiéndose a los guardias—¡Ejecuten al condenado!

—Volvió a acercarse, hasta estar a tan solo unos centímetros de mi oído.

Y con un solo susurro, mi mundo se rompió—.

Ejecuten a aquel que nunca de bió tener el título de heredero: al príncipe que no llegó a estar perdido.

Y las llamas nos inundaron.