Capítulo 64
Melody
Miré a mi alrededor, dolorida.
Estaba dentro de lo que parecía ser un calabozo, envuelta de unas paredes de piedra que apenas permitían que la escasa luz del exterior se colara por unas estrechas ventanas situadas junto al techo. Los barrotes de metal se alzaban frente a mí, asegurándose de que no saliera de ahí.
Arrastré mi pierna por el suelo polvoriento y noté el dolor punzante.
—Joder.
Miré la herida; estaba cosida. O, al menos, alguien había intentado coserla.
Los puntos eran desiguales y tiraban de la piel con fuerza, aunque los bordes del corte ni siquiera terminaban de encajar.
La sangre seca se había mezclado con la suciedad, formando una costra oscura alrededor de la herida .
De maravilla.
Inspiré profundamente y dejé caer mi cabeza contra la pared de piedra, cerrando los ojos. Fue entonces cuando reparé en él.
Abrí los ojos.
—¿Archer?
Mi voz rebotó contra las paredes del calabozo.
Pero nadie respondió, pues me encontraba completamente sola.
¿Qué había ocurrido? Lo último que recordaba era haber matado al hombre y… Madre mía. Había matado a todos aquellos hombres.
Sentí que el estómago se me revolvía. No fui capaz de contener la arcada. Me incliné hacia delante y vomité sobre el suelo, salpicando sin querer el bajo de mi vestido.
El chirrido de la puerta me hizo alzar la cabeza. Phil apareció al otro lado del pasillo con el rostro pálido y los hombros rígidos. Caminaba deprisa.
—¿Phil? —pregunté, aun mareada.
El guardia se detuvo al otro lado de los barrotes, justo frente a mí.
—Señorita —pronunció, con la voz tensa—. La princesa ha conseguido convencer a su majestad para que sea yo quien la conduzca.
Fruncí el ceño.
—¿Conducirme a dónde?
La nuez de Phil subió y bajó.
—Debe acompañarme y confiar en todo momento.
Parpadeé, sin comprender nada.
—¿A dónde tengo que acompañarle?
Supe, por el modo en que me miraba, que fuera lo que fuera, iba a resultar horroroso. Traté de ponerme en pie pese al dolor. Pero mi pierna cedió y tuve que apoyarme en la pared de piedra para no caer al suelo. Los puntos de la herida tiraron de mi piel y temí que fuera a abrirse.
—Explíqueme qué cojones ha pasado —le exigí, alzando la mirada.
Noté cómo varias gotas de sudor resbalaban por mi piel. Seguramente se estuvieran mezclando con las manchas de sangre seca.
Phil rebuscó entre las llaves que colgaban de su cinturón. Le temblaban tanto las manos que tardó tres intentos en encontrar la correcta. La introdujo en la cerradura y abrió los barrotes.
—Vamos.
Todavía confundida, salí cojeando de la celda. El dolor me obligaba a apoyar casi todo mi peso sobre la pierna sana.
Phil me ayudó a caminar y recorrimos los pasillos del calabozo en silencio.
—Phil.
La única respuesta que obtuve fue el tintineo de las llaves golpeando contra su cinturón.
—Phil —repetí— ¿Dónde me lleva?
Pero él continuó caminando, aunque con la mandíbula tensa. Los pasillos del calabozo eran oscuros, tanto que apenas podía ver por dónde caminábamos.
—¿Qué ha pasado con Archer?
No contestó y eso me encendió aun más.
—Joder, Phil. ¿Volvemos a repetir la dinámica de la torre?
Finalmente, volvió su rostro hacia mí.
—Lo siento mucho, señorita —Su voz se quebró ligeramente al final—. Debe confiar en la princesa. Lo siento.
¿Pero confiar de qué, concretamente?
Sin embargo, algo me decía que, por mucho que preguntara, aquella era la única respuesta que me iba a dar el guardia.
Phil abrió una puerta al final del pasillo y salimos al exterior. Reconocí el gran muro que encerraba el palacio. Frente a él se encontraba un carruaje negro, rodeado por varios guardias armados.
Phil me condujo hasta él y abrió la puerta.
—Suba.
Lo miré sin moverme.
—No pienso hacerlo hasta que alguien me diga qué está pasando.
Su expresión de hielo se derrumbó durante un segundo. Parecía debatirse entre hablar o guardar silencio. Al final, bajó la vista.
—Lo siento, señorita.
Un guardia distinto me empujó por la espalda. Estuve a punto de perder el equilibrio, pero conseguí sujetarme al carruaje antes de caer.
La puerta se cerró tras de mí con un golpe una vez que entré.
El interior del carruaje estaba completamente sellado. No había ventanas, tan solo cuatro paredes de madera que impedían el paso de la luz.
Noté cómo las ruedas comenzaron a girar y el carruaje se puso en marcha con una brusca sacudida que me obligó a apoyarme contra uno de los laterales .
«¿A dónde me están llevando?»
Solo podía escuchar el golpeteo de los cascos de los caballos contra el suelo y sentir el vaivén del carruaje con cada uno de los baches.
La puerta no tardó demasiado en abrirse tras detenernos, y tras de ella apareció el rostro de Phil.
Salí de un saltó del carruaje, sintiendo un tirón de dolor. Iba a preguntar dónde estábamos cuando reconocí la calle del mercado del centro del reino. Salvo que hoy, no habían montado los puestos.
En su lugar se encontraban un sin fin de personas. Todo el reino estaba observándome.
Me giré hacia Phil, confusa. Su única respuesta bastó para hacer desaparecer cualquier esperanza que pudiera tener.
—Lo siento, señorita.