Capítulo 61 #2
Archer gruñó; sabía que esa noticia lo molestaba aún más que a mí. Le lanzó una mirada letal que, seguro, consiguió estremecer al príncipe.
—A mi parecer —apuntó Odilia—, deberíamos concederle a la acusada unos minutos para que se recomponga, dado que debería permanecer encima del joven Kensington para que la prueba fuera justa. Está claro que desde el suelo no es capaz de defenderse.
No me podía resultar más extraño que se refiriera a Archer por su apellido. Pero era así: ese era su apellido.
Kensington.
Charlton frunció el ceño y miró a su padre, como si la última palabra fuera a ser suya. El rey carraspeó para luego acabar asintiendo.
—Le concedo cinco minutos —sentenció—. Ni un segundo más.
Los cuatro soldados volvieron a la posición de salida.
Archer se arrodilló junto a mí y apretó la tela de mi vestido, intentando taponar la herida. No pude reprimir un pequeño grito de dolor. Su mirada se descompuso.
—Vamos, Mel —las palabras salían de sus labios temblorosas—. Por favor.
Entrecerré los ojos.
—¡No! —exclamó—. Mierda. No puedes hacerlo, no puedes. Resiste, tienes que resistir.
Mi vista empezó a nublarse.
Sus palabras me hicieron sentir dentro de un agujero negro. Un profundo y oscuro agujero negro, uno en el que entras, pero jamás llegas a salir.
—Archer —tosí.
—Me lo prometiste. —Su voz se rompió.
Me agarró de los hombros, temblando.
—¿Q-qué?
—Yo no rompí la promesa. —Ahora hablaba con dureza—. No te atrevas a hacerlo tú.
Tragué saliva. Se lo prometí.
«Yo tampoco te abandonaré a ti».
Nuestras miradas se encontraron.
—Vamos a acabar con esto —conseguí pronunciar, pese al dolor.
Un brillo distinto impregnó su mirada. Pude distinguir una pequeña sonrisa sobre sus labios antes de que negara con la cabeza.
Me tendió su arco y, con cuidado, me alzó en brazos. El dolor me atravesó cuando tuve que mover la pierna para colocarme sobre su espalda.
—Doy por finalizada la pausa —las palabras del príncipe resbalaron por mis oídos. Centré la mirada en mis cuatro objetivos.
Los guardias no mostraban emoción alguna. Solo tenían un único objetivo: matarnos.
—Allá vamos.
No hizo falta más. En cuanto comenzaron a correr hacia nosotros, apunté con determinación y disparé. El soldado cayó al suelo con la flecha clavada en la frente. Un tiro inmejorable.
—¡La izquierda!
El aviso de Archer me obligó a lanzar una flecha rápida al siguiente soldado. Esta le cayó sobre el muslo; no era suficiente.
Metí la mano en el cesto y me percaté de que solo quedaban dos flechas.
—Archer. —El pánico me nubló la visión—. Solo quedan dos flechas.
Noté sus hombros tensarse debajo de mí.
—Mierda —gruñó—. De acuerdo, Mel, vas a tener que tirarla directa al corazón. Sin margen de error.
La sangre se me congeló. ¿Cómo iban a recaer nuestras vidas en mi habilidad? No era una arquera, no tenía tanta práctica como él.
—Archer…
—Puedes hacerlo —me cortó.
Respiré hondo. «Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo». Me repetí las mismas dos palabras más veces de las que hubiera necesitado.
El soldado estaba arrodillado, sujetando su pierna.
—Acércame a él —le pedí.
Durante un segundo, Archer permaneció quieto, sopesando mi orden. Entonces comenzó a avanzar sin vacilar hacia el soldado.
Cuando empezó a incorporarse, vi el movimiento de su hacha. No le dio tiempo a completarlo. Apreté con fuerza la flecha que sostenía en la mano antes de rajarle el cuello con un movimiento rápido.
—Jo… der. —La sorpresa de Archer no era nada en comparación con la mía.
El soldado murió sobre el suelo y no pude evitar sentir una oleada de tristeza, profunda y asfixiante. Me alejé de ella lo antes que pude para centrarme en mi último objetivo.
Solo quedaba él. Nos miraba con furia; claramente no iba a tener ningún miramiento a la hora de matar.
Alcé el arco y coloqué la flecha. Estábamos muy distanciados y eso me complicaba las cosas. Apunté. Respiré hondo. Y lancé.
La flecha voló hacia él.
Pero fallé.
Estuvo a medio centímetro; de hecho, habría jurado que le cortó la mejilla.
La frustración me invadió de manera dolorosa.
—Aún no hemos perdido —me dijo Archer.
Reprimí las ganas de llorar. Claro que habíamos perdido.
—Mel, escúchame —añadió, haciendo que dirigiera toda mi atención a sus palabras—. Un combate no tiene por qué ser con armas.
—¿Has visto su hacha?
Observé hipnotizada el arma de doble hoja.
—Él es uno —respondió—. Y nosotros somos dos.
—Yo no cuento.
La risa de Archer me hizo olvidarme por un instante de dónde nos encontrábamos.
—Hemos llegado hasta aquí. Claro que vamos a matar a ese cabrón.
Como mínimo, uno de los dos creía en la victoria.
El soldado avanzó a grandes zancadas hacia nosotros. Mi riego sanguíneo se detuvo en el momento en que su hacha se alzó sobre mi rostro.
Archer reaccionó antes que yo, salvándome del corte que, probablemente, hubiera acabado con mi existencia.
Alcé la mano cuando el hombre me dio la espalda; entonces Archer lo embistió y aproveché el momento de debilidad para darle un manotazo a su arma.
El hacha chocó con brusquedad contra el suelo.
Ahora era un duelo mano a mano.
Esquivé un golpe y me agarré a su brazo.
Estiré de él, destinando todas mis fuerzas a ello y, por el crujido que hizo, pude suponer que se lo había dislocado.
Forcejeó ante mi agarre; entonces Archer le dio una patada a una flecha.
La cogí al vuelo y aproveché el arma para arañar todo el costado del soldado.
Pese a sus heridas, no caía rendido.
Sus piernas flaquearon y, entonces, se tambaleó hasta caer al suelo. Nos acercamos sin miramientos; alcé la flecha sobre su pecho.
—Hazlo —gruñó Archer .
Me lo pensé.
Entonces escuché un grito desesperado detrás de mí. Desvié la mirada hasta encontrarme con la de una mujer de mediana edad. Sus lágrimas caían desesperadas sobre las mejillas enrojecidas. Junto a ella se encontraba una niña, agarrada a la falda de su madre. Tenía la cara hundida en la tela.
«Su familia».
Volví a mirar al hombre caído.
—Perdóname —susurré.
Y entonces clavé la flecha en su corazón.