Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 61
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Capítulo 61

Melody

El miedo no es algo controlable. Es más bien una sombra que nos acompaña allá donde vamos. Puedes correr, puedes intentar escapar, pero nunca te suelta.

Es la línea que marca la diferencia. Y, desgraciadamente, eres tú quien debe decidir si cruzarla o no.

Lo curioso es que cuando más miedo tenemos suele ser justo antes de empezar.

—¿Preparada? —preguntó Archer.

No. No lo estaba, en absoluto.

Mi migraña era colosal.

No tenía ninguna otra defensa que el arco de Archer. Y, hablando de él… Se encontraba debajo de mí. Literalmente.

Tras el rechazo por los reinos de Northem, Ombria y Floresten, los reyes decidieron que lo más correcto sería comenzar con la prueba de Sgliarth de inmediato.

—Así nuestros ciudadanos no habrán venido en vano —dijeron.

La plaza creó un círculo, dejándome a mí en su centro. Aún desconocía lo que me iba a encontrar, pero claro estaba que no se iba a tratar de nada agradable.

Antes de que dieran por comenzada la prueba, caí desplomada al suelo. Mi pierna había perdido demasiada sangre y yo ya no era capaz de aguantar mi propio peso.

Afortunadamente, la princesa Odilia consideró que sería muy injusto someterme a esa prueba sin la capacidad de caminar —o correr —.

Y, gracias a esos sucesos, acabé montada a caballito sobre Archer.

Él no me podía ayudar en nada: tan solo cumpliría la función de mis piernas. Sus manos sujetaban con fuerza mi muslo, asegurándose de que no cayera.

Apreté los dientes. No quería que él estuviera allí; yo iba a morir, pero él no tenía porqué hacerlo conmigo.

—¿Mel?

Alzó su mirada hasta que sus ojos se encontraron con los míos.

—No dejaré que mueras. —Era una afirmación. La manera en que lo dijo, firme, hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo.

—No —musité—. Moriremos los dos.

Una débil sonrisa se dibujó sobre sus labios.

—Antes quemaría el mundo. —Su mirada era la más decidida que había visto nunca y, por un segundo, le creí .

La plaza entera contuvo la respiración, expectante por presenciar el momento en que los rebeldes recibieran su castigo.

Algunos murmuraban que nos merecíamos todo cuanto estaba por venir; otros nos observaban con preocupación.

Y también estaban quienes preferían bajar la vista, incapaces de contemplar lo que estaba a punto de suceder.

No tardaron en colocarse frente a nosotros guardias reales. Los de la primera fila contaban con una gran espada y varias dagas colgadas de un cinturón. Otros habían escogido llevar una ballesta, una maza o un hacha de doble hoja.

Si tenía alguna duda sobre si iba a morir, en ese mismo instante se disuadió.

Uno a uno se fueron colocando en posición de batalla, como si Archer y yo les supusiéramos una amenaza a aquellos veinte hombres. Me fijé en que se habían apilado en cuatro grupos de cinco.

La princesa Odilia dio varias palmadas, reteniendo la atención de los allí presentes. Su mirada viajó por todas y cada una de las personas del público hasta detenerse en mí.

—Tendrá que enfrentarse a un duelo a muerte contra cinco soldados —anunció, haciendo una breve pausa—. Y deberá hacerlo cinco veces.

Inhalé aire bruscamente y recé a todos los Dioses de Ofem por salir con vida de allí, aunque sabía que ni siquiera ellos podrían ayudarme.

Charlton, con una expresión que derrochaba satisfacción, alzó la voz:

—Demos paso, pues, al inicio de la prueba de Sgliarth .

No me dio tiempo a fijarme en los gritos del público, me centré en los cinco soldados que corrían hacia nosotros.

Joder.

Coloqué el arco de Archer en posición y apunté con la flecha. Dudé un instante antes de lanzarla al primer guardia.

Y la flecha… fue directa a su cabeza.

El hombre cayó de espaldas contra el suelo.

Parpadeé.

—¿Lo he…? —balbuceé, apenas sin dar crédito—. ¿Lo he…?

Esperé unos segundos, pero el hombre no se movió.

«¡Haz algo! ».

No respiró. Estaba… estaba muerto. Definitivamente lo estaba.

—¡No! —susurré ahogadamente—. A-a…Archer yo… Lo-lo he ma…matado.

—¡Buen tiro! —exclamó él.

Casi me desmayo. De no ser porque cuatro hombres más venían a por nosotros, lo hubiera hecho.

Archer tuvo que moverse hacia la derecha, dándome un mejor ángulo del pecho del soldado más bajo.

—¡Archer! —mi grito hizo que reaccionara, arrodillándose hasta tocar el suelo.

El hacha estuvo a medio centímetro de cortarme la cabeza; de hecho, estaba segura de que había llegado a algunos mechones.

—¿Estás bien? —inquirió con preocupación.

—Sí —respondí, veloz.

No hizo falta que le dijera nada más. En menos de un segundo, me condujo hasta el lateral del soldado. Justo en el momento en que iba a disparar, su mano impactó sobre el arco, provocando que la flecha saliera disparada en otra dirección.

Intenté seguir la dirección de la flecha, presa del pánico. La sorpresa me sentó de maravilla al ver que el cuerpo de otro hombre yacía tendido en el suelo.

—Parece que ha matado a su amigo —murmuré sin dar crédito.

—Yo, si fuera él —comentó Archer mientras se alejaba con prisa de los otros tres—, lo tomaría como una traición.

Consiguió calmarme un poco los nervios. Solo un poco.

—Apunta en distancia, Mel.

Lo hice. Creando una gran tensión en la cuerda hasta que la flecha salió disparada. Relajé los brazos antes de alzar mi mirada y comprobar que… Mierda. No le había dado.

—¡Otra vez! —insistió Archer—. Puedes hacerlo.

Inspiré, volviendo a apuntar. Esta vez permanecí en una constante tensión mientras veía la flecha volar hacia el soldado.

Le impactó en el cuello y cayó desplomado.

—¡Un tiro perfecto!

Solté un suspiro sonoro. Llevaba tres de cinco.

Miré a los dos restantes. Cada uno se encontraba en un extremo opuesto de la plaza.

—¿Crees que…?

Mi pregunta se quedó a medias en el momento en que uno de los guardias se abalanzó sin previo aviso sobre el costado de Archer. Nos tambaleamos bruscamente ante el golpe y necesité unos segundos para volver a ver con nitidez.

Entonces alcé la flecha y disparé. Desgraciadamente, fue esquivada por el soldado. Cogí, con las manos sudadas, otra y volví a apuntar. La flecha salió volando cuando Archer esquivó al otro, que nos había intentado empujar por la espalda.

Miré de reojo al soldado caído. La flecha sobresalía de su ojo. Aparté mi atención rápidamente y volví a centrarme en el último soldado. Su espada medía al menos un metro y, solo con un pequeño vistazo, se podía apreciar su gran afilado.

—Uno más —gruñí para mis adentros.

Como si mi peso no le resultara ninguna dificultad, Archer esquivó el arma del soldado. Estuvo a apenas un centímetro de rebanarme el muslo. Reprimí un suspiro antes de apuntar hacia su pecho. El guardia volvió a atacarnos y aproveché el momento para disparar.

La flecha se clavó en su hombro, pero solo le supuso una desventaja.

En cuestión de segundos, volvía a estar abalanzándose sobre nosotros.

Mi grito salió descontrolado. Noté las manos de Archer apretar más sobre mí mientras se agachaba ágilmente.

Volvió a alzarse y giramos ciento ochenta grados hasta volvernos de cara a él.

No dudé: la flecha salió disparada y se clavó justo en el pecho.

—¡Joder! Genial, Mel —Notar el orgullo en sus palabras logró relajarme un poco.

Eché la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. No podía librarme de la realidad: nos faltaban tres grupos más. Y si ya había acabado derrotada con el primero, no quería saber el resto.

El segundo pelotón no tardó demasiado en colocarse frente a nosotros. Alzaron sus armas justo antes de que la pelea se desencadenara.

Los tres primeros me resultaron bastante complicados. Uno recibió una flecha en la rodilla, otra en el brazo y la última en su nariz. Ignoré la bilis que subía por mi garganta, fruto del horror.

A fin de cuentas, estaban sirviendo a su reino y yo…

yo estaba terminado con sus vidas sin piedad.

Pensé en sus familias, en el sufrimiento que les causaría durante el resto de sus vidas; el mismo que sentí yo al ver morir a mi padre.

Era probable que sus mujeres y sus hijos estuvieran observando la prueba entre el público, y la imagen que iban a tener del asesino de sus padres iba a ser mi rostro.

Me estremecí y desvié esos pensamientos de mi cabeza. No los podía verlos como inocentes, joder. Todos ellos intentaban matarme.

O los mataba yo, o ellos a nosotros. Y esa no era una opción.

Tras haber disparado varias flechas en la espalda al segundo soldado y un par en el pecho al tercero, tan solo nos quedaban dos de la segunda ronda.

Fue más sencillo que el grupo anterior; con apenas un par de movimientos, Archer me consiguió un punto de lanzamiento perfecto para cada uno de ellos.

Tuvimos un minuto para respirar antes de que nos atacara el tercer pelotón. Nuestros movimientos ya eran más firmes y controlados. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Pude dejarlos a todos en el suelo sin llegar a las ocho flechas.

—Solo uno más —dijo Archer con la voz entrecortada. Si estaba cansado, no lo había reflejado en sus movimientos.

El último grupo se colocó ante nosotros.

Apenas me dio tiempo a coger una bocanada de aire; ya se habían lanzado a la batalla.

Apunté al que estaba intentando tumbar a Archer; la flecha se clavó en su clavícula.

El hombre se tambaleó mientras le clavaba otra en el pecho; entonces cayó al suelo desplomado.

Y, de repente, le vi. Estaba a apenas unos centímetros de Archer. Le embistió con ferocidad y caímos al suelo.

El dolor me atravesó como mil cuchillos. Bajé la mirada hacia el charco de sangre que se estaba formando bajo mi muslo. Hice una mueca, dolorida.

Archer corrió hacia mí; sus ojos estaban cargados de preocupación, observando con terror mi herida.

—Dame el arco —me ordenó.

Se lo tendí sin dudar. Cargó el arma sobre sus brazos y se colocó enfrente de mí. Entonces apuntó al soldado más cercano.

—¡Alto! —exclamó Charlton desde la escalinata.

Conseguí desviar mi atención hacia él sin apenas fuerzas.

—Si dispara, habrá incumplido las normas —le advirtió—. Y entonces la señorita SinClair no se podrá proclamar vencedora.