Capítulo 60
Melody
No hubo cabida para otro pensamiento en mi mente más que el de correr hacia la escalinata.
Mis pasos eran torpes y el aire salía a trompicones por mis pulmones mientras ascendía por los escalones. Los aplausos y gritos quedaron como algo lejano.
Jamás llegué a preguntarle su apellido.
Y mientras corría, volví a mirarlo a los ojos; esos ojos que tanto me habían fascinado y con los que tantas noches había soñado.
Sentí tantas cosas que apenas fui consciente de mis actos.
Había sido una estúpida… Tuve las señales frente a mis narices. Pasé años odiando a mi padre por haberme apartado de Ambolia, de él. Y, sin embargo, fue su misma muerte la que nos reencontró.
Le pedí que no me abandonara .
«Nunca lo he hecho. Y nunca lo haré»
Había cumplido nuestra promesa: el pacto que hicimos cuando éramos tan solo unos críos. Él no llegó a dejarme.
No iba a dejar que muriese.
—¡Cambiaré mi posición por él! —mi gritó resonó pese a no haber llegado todavía a la cima.
La mirada de Archer se descompuso, rompiéndome el alma.
Volví a repetir las mismas palabras antes de que unos guardias me cogieran por los brazos de manera descuidada.
—Joder —mascullé.
Me agarraron con más fuerza de la necesaria, clavando sus manos en mi piel. El dolor me alcanzó, pero no era nada comparado con el de mi pierna.
Alcé la cabeza y vi la sonrisa de Charlton, ampliándose por momentos.
—Oh… —Ladeó la cabeza, aparentemente divertido—. En tal caso, tendremos un juicio aún más emocionante.
—¡No! —el rugido de Archer hizo que mi piel se erizara.
No quise volver a mirarlo. No podía soportar la decepción en su mirada.
Me dirigí a Charlton.
—Júzguenme a mí —le pedí.
Charlton miró de reojo a su padre, que dio un paso al frente.
—Dejen ir al plebeyo —dictó el rey Vance.
Archer cayó a mis pies después de un fuerte empujón por parte de los guardias. Se levantó en medio segundo y, sin previo aviso, le dio un puñetazo a uno de los hombres que me sujetaban.
Solté un grito ahogado.
—¡Dejadla! —Sus puños tardaban menos de un parpadeo en volver a impactar sobre la piel del guardia. Lo volvieron a sujetar con fuerza, asegurándose de que no pudiera volver a herir a nadie.
Joder.
Charlton chasqueó la lengua. Probablemente estaba disfrutando más con cada segundo que transcurría.
—Le recomiendo, joven Kensington —Charlton hablaba, pero sus palabras no parecían llegar a los oídos de Archer—, que deje de abofetear a mi guardia si quiere que el sacrificio de su amiguita haya servido de algo.
—Archer —susurré.
Alzó su mirada hacia mí. Sentí una fuerte punzada de dolor en mi pierna, pero la ignoré. Lo último que necesitaba era que se diera cuenta de mi herida.
Los murmullos desaparecieron, también las miradas de todos los presentes. En los siguientes minutos, solo fuimos él, yo y mi débil susurro.
—Vete.
Traté de contener la lágrima, pero terminó cayendo inevitablemente por mi mejilla.
—Por favor. —su voz se agrietó—. Mel, por favor…
—Perdóname. —Fue lo último que pude pronunciar antes de que me ataran las muñecas con una cuerda, girándome cara a la pared del palacio.
No tenía el privilegio de poder mirar al reino. Había incumplido las leyes y, por lo tanto, era considerada una traidora, una rata callejera .
Los aplausos del público, contemplando la escena, resonaron con más fuerza.
Bajé la mirada cuando el dolor punzante que me sobrecogió la pierna se hizo más agudo. Me encontré con el trozo de tela que me había atado al muslo horas antes. Ahora estaba empapando el suelo de sangre.
Mierda.
—La señorita SinClair ha incumplido varias leyes —dijo Charlton a unos metros de mí—. Entre esos delitos se encuentran el robo, allanamiento, fraude y asesinato.
Espera… ¿acababa de decir asesinato?
—¡No es cierto! —chillé contra la pared.
Sí, había robado. Sí, había allanado el palacio. Y sí, también había mentido a la Corona. Pero, ¿asesinar? Eso seguro que no.
Charlton clavó su mirada en mí.
—Oh, por supuesto que usted no lo ha hecho, no sería capaz —Se encogió levemente de hombros—. Pero debe recordar que ha cambiado su posición por la del señor Kensington.
La sangre dejó de bombear por mi cuerpo. Si no hubiera sido por el agarre de los guardias, me hubiera desplomado.
—No —susurré—. ¡Mientes!
Comencé a forcejear, un intento en vano por librarme de los guardias.
¿Asesinato? Por los Dioses. ¡Archer no había matado a nadie!
—Señor Kensington —prosiguió Charlton—, ¿se lo cuenta usted o lo hago yo?
Durante los segundos que tardó en responder, el latido de mi corazón se detuvo .
—Yo jamás he asesinado a nadie —aseguró finalmente.
Suspiré.
—Oh —rio el lunático—. Tal vez no lo recuerde. Sucedió el primer día de marzo, en su décimo aniversario.
«¿Tus padres murieron el día de tu cumpleaños?»
«En mi décimo cumpleaños».
Fruncí el ceño. ¿Estaba insinuando que…?
No. Imposible.
No podía ver al príncipe, pero no dudaba de la sonrisa satisfecha que residía sobre sus labios.
—Un lamentable incendio carbonizó a los pobres señores Kensington —continuó con un tono despreocupado.
¿Incendio?
—¡Cállate! —bramó Archer.
Charlton hizo caso omiso a su orden.
—¿Adivináis quién se encontraba con ellos aquella noche? ¿Quién estaba dentro de su pequeña casa en la aldea?
—Yo no los maté —gruñó, y su voz me heló la sangre.
—Tal vez no lo hiciera queriendo —repuso Charlton—. Pero usted fue el asesino de Andrew y Marleen Kensington: el único y verdadero asesino.
Las confesiones me sentaron como mil latigazos. Incapaz de creerlo, me volví hacia el guardia que me retenía.
—¡Suéltame! —exclamé.
—Dejad que la juzgada se gire. —La voz serena de la princesa Odilia rompió el murmullo del público.
Todo el reino permaneció en silencio, a la espera de la respuesta de su hermano. Charlton inspiró profundamente y alternó la mirada entre todos los presentes, incluidos sus padres
—Está bien. —Las palabras salieron perezosas de sus labios—. Atadla a la columna.
Sin esperar un segundo más, los guardias me condujeron hasta la columna. Noté la sangre correr por mis muñecas cuando apretaron la cuerda todavía más contra mi piel, ya desgarrada por la rozadura.
—Mierda.
Hice una mueca, presa del dolor. Cuando volvieron a estirar la cuerda, no pude reprimir un grito desgarrador. El pitido que me taponó los oídos me obligó a cerrar los ojos durante un instante.
Archer debía de haber causado más problemas porque, en cuestión de segundos, vi su cuerpo atado en el otro extremo de la columna.
—Tranquilos —continuó Charlton, visiblemente sereno—. Es solo para aguantar a la bestia.
Tan solo llegué a ver parte del brazo de Archer. Hice un intento de alargar los dedos y conseguí que la yema de mi índice rozara su mano. Noté cómo se tensaba bajo mi tacto.
—Mel —fue un susurro desgarrado, uno que me rompió el corazón.
—Eras tú.
Archer apretó mi mano, sin embargo, no respondió.
—Saldremos de aquí. —Tragué saliva—. Saldremos vivos… —Las palabras salían más débiles a medida que avanzaba.
—¿Mel?
Negué con la cabeza y me obligué a permanecer estable.
—Es… estoy bien. —Bajé mi mirada hacia la herida—. Solo es un poco de sangre.
Noté unos golpes impactar con fuerza sobre la columna. Volví mi vista; no eran golpes, era el cuerpo de Archer intentando soltarse.
—No… —musité—. No vale la pena.
—¡Está herida! —bramó—. ¡Necesita un médico!
El príncipe frunció el ceño.
—Sería un desperdicio de tiempo avisar a un sanador antes del juicio. Seguramente, en menos de una hora, no nos será de utilidad alguna.
El insulto que le dirigió Archer resonó en mis oídos, obligándome a permanecer despierta.
El rey avanzó un par de pasos, capturando la atención de todos.
—Comencemos de una vez —dictó, alzando una mano—. Como bien decíamos, estos cargos son de una gran importancia. No podemos permitir que una persona con esa clase de delitos siga libre por las calles de Banglad.
—Un peligro como ese debe ser sentenciado a muerte —agregó su hijo—. Ciudadanos de Banglad, ¿Creéis que la acusada merece ser sentenciada a muerte?
Los gritos de aprobación fueron una respuesta más que suficiente.
El pueblo había hablado; iba a morir.
Al igual que mi padre.
Él solía decir que la vida es un camino de aprendizajes. Ciertamente, no había podido comprobar si era cierto, pues no me había dado tiempo de aprender demasiado.
Y estaba claro que no lo haría en adelante.
Aunque lo que realmente me preocupaba es que mi hermana se quedaría completamente sola.
—Parece que todo el público está de acuerdo. —El tono de satisfacción del puto príncipe hizo que mi sangre hirviera—. Declaro, por tanto, la condena a muerte para…
—En realidad —Odilia lo interrumpió, dando un paso al frente.
El silencio se instaló en el aire al instante, pues nadie se esperaba que la princesa hablara en un momento así—.
Según la ley de Banglad, todo habitante condenado a muerte podrá recobrar su derecho a permanecer con vida si sobrevive a la prueba de Sgliarth.
La prueba de Sgliarth.
Había leído millones de veces sobre ella, pero nunca llegué a imaginar que yo misma me enfrentaría a algo así.
Eran pruebas creadas por los Dioses de Ofem, comunes entre el resto de reinos pero ajenas para nosotros.
Tan ajenas que había quienes creían que no eran más que invenciones, al igual que el resto de reinos de Ofem.
El rey frunció el ceño. Nadie se esperaba una intervención así por parte de la princesa. Estaban tan acostumbrados a que su hija menor permaneciera en la sombra, que sus palabras lograron silenciarlos. Charlton, en cambio, se rio abiertamente.
—Más diversión, pues.
Odilia ni siquiera me miró; no quería agradecimiento, tan solo conseguir lo que era correcto. Mi corazón se lo agradeció enormemente, aunque mis pensamientos seguían siendo presa del pánico .
Sgliarth era una prueba en la que se ponía a prueba una capacidad elegida por los reyes.
Podía tratarse de velocidad, de resistencia, de ingenio o de todas ellas juntas.
Debido a la escasez de magia de Banglad, se solicitaba un préstamo de esta a los demás reinos.
Ellos podían aceptar la oferta y, de esta manera, compartir su don con la persona que realizara la prueba.
O también podían declinarla y dejar indefenso al participante.
Y tenía mis apuestas destinadas a la última opción.
—Traigan el agua de Ofem —dictó Charlton, más emocionado que antes.
El reino entero permaneció a la espera, siendo testigos de que, por primera vez en la vida, la misma realeza afirmaba creer en los Dioses de Ofem.
Sus sirvientes le acercaron a Charlton un frasco que contenía unos cinco dedos de agua. Era agua marina, del mismo mar que separaba los reinos de Northerm, Ombria y Floresten de nosotros. El príncipe lo abrió mientras avanzaba a pasos lentos hacia mí.
Me miró con una sonrisa de suficiencia. Entonces, sin decir ni una sola palabra, vertió el líquido sobre mí.
Noté cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo, como si mi temperatura corporal hubiera descendido veinte grados.
El dolor me sobrecogió y empecé a marearme, segura de que me iba a desmayar.
Pero entonces esa sensación gélida desapareció.
—Parece que el rey Froid la ha rechazado —pronunció Charlton.
No tuve tiempo de procesarlo; en el siguiente instante, mi visión se volvió negra.
La oscuridad me envolvió por todas y cada una de mis terminaciones.
Era una sensación extraña y profundamente desagradable, como si hubiera algo deslizándose bajo mi piel.
Quise respirar, pero hasta el aire se había vuelto espeso.
Para mi suerte —o desgracia— , las sombras se disuadieron y la luz volvió a alzarse sobre mí, revelando otra vez el rostro de Charlton.
Asintió.
—El soberano Greylen tampoco ha visto necesario otorgarle su don, señorita SinClair.
Quería pedirle que parara, pero necesitaba estar segura de que ninguno de los reinos de Ofem me daría sus habilidades. Al fin y al cabo, quizá fueran la única forma que tuviera de salir con vida de allí.
De repente, me vi envuelta en un abrazo. Mis pies se alzaron lentamente sobre el suelo, tan solo unos centímetros, mientras notaba cómo el dolor de mi herida se iba reduciendo. Fueron unos segundos antes de que mis pies volvieran a estamparse contra el suelo empedrado. El dolor retornó sin piedad.
—Vaya —musitó el Príncipe, cruzándose de brazos con indiferencia—. Lamentablemente, ninguno de los reinos ayudará a la rebelde.
Una ráfaga de aire se estampó contra mis mejillas y lo percibí como una advertencia. Algo me decía que mi muerte no era tan lejana y no estaba preparada para afrontarlo. Necesitaba hablar con Archer.
Pero tal vez eso fuera demasiado pedir.
El rey dio un par de pasos al frente. Recorrió a la multitud con una mirada lenta y fría, muy similar a la de su hijo. Alzó el mentón y, cuando habló, su voz retumbó por toda la plaza.
—Dicho esto: ¡Que empiece la prueba de Sgliarth!