20/07/1884
Archer
El atardecer se hallaba ante mí, inmenso, intimidante.
Hice una mueca al notar el escozor que residía en mi labio. Aquella mañana me había cortado mientras ayudaba a papá a tallar unos arcos. Era una pequeña herida, nada más, pero odiaba sentir el escozor.
El sol empezaba a desaparecer entre las montañas, como si fuera una despedida.
Sin embargo, mi parte favorita venía una vez terminado el atardecer: cuando la oscuridad reinaba y las estrellas se alzaban.
Me gustaba contar las estrellas, o mejor dicho, me tranquilizaba.
Tenía problemas para conciliar el sueño, de modo que pasarme horas bajo el cielo estrellado no era ningún problema para mí.
Papá y mamá eran conscientes de mis escapadas.
Al principio no les gustaba, pero con el tiempo acabaron acostumbrándose y aceptándolo. Formaban parte de mí.
Solían decir que era un niño particular. No tenía muy claro el significado. Imaginaba que era por mi escasez de habla, aunque algo me decía que había algo más. Algo que no me querían contar. Lo solucionaban diciendo: eres el niño más especial del reino, Archer.
Yo no quería ser especial. Solo quería ser como los demás.
Porque al resto de niños no los miraban con pena, no les justificaban su rareza con las palabras «especial» o «particular».
En otro mundo podría haber sido un monstruo. O un héroe. Daba igual. Al menos habría sido el protagonista de una historia. Al menos, habría importado.
Era rara la vez en la que alguien se fijaba en mí. Hubiera apostado cualquier cosa a que ninguno de los demás niños de la aldea sabía mi nombre.
Era el hijo de los Kensington. Y con eso había más que suficiente.
Unos pasos sonaron entre la hierba. No necesitaba girarme para saber que había alguien más sobre la colina.
—Hola.
Oír su voz me sorprendió. Fue como si me hubieran tirado encima mil agujas. Volví mi mirada hacia ella, veloz.
Melody SinClair, la niña más bella que jamás había visto y, que estaba seguro, jamás vería.
Su cabello era de un castaño particular, cuando le tocaba el sol pasaba a ser de un tono mucho más rojizo.
Nunca había visto las olas del mar, pero estaba seguro que las ondas de su cabello eran iguales.
Sus grandes ojos, rodeados de unas espesas pestañas, eran del mismo color que la miel.
Su sonrisa era tan brillante como la luna y tenía los labios y las mejillas más rosadas que el resto de las niñas.
Me pareció que estaba nerviosa, aunque fingió una sonrisa.
Tuve que parpadear un par de veces para poder apartar los ojos de ella.
Hice un pequeño gesto con la cabeza, invitándola a sentarse conmigo. Los nervios me recorrieron al instante y noté incluso mi corazón acelerándose.
Estaba seguro de que se iría. ¿Por qué iba a querer Melody SinClair sentarse conmigo?
Sin embargo, su cuerpo apareció junto a mí, deteniendo mi respiración entrecortada. Alcé la vista, observando cómo se sentaba. Sus movimientos eran cuidadosos y elegantes, como los de una princesa.
En aquel momento me hubiera gustado ser un caballero de brillante armadura: uno de aquellos que cabalgan a lomos de un caballo y todos quieren.
Pero lo que más ansiaba era el final de su historia, el momento en el que el caballero consigue el amor de la princesa.
Entonces lo decidí. Ya no quería ser un monstruo, tampoco quería ser un héroe.
Quería ser tan solo el personaje digno de su amor.
Miraba el atardecer asombrada. Aunque estaba seguro que el más asombrado de los dos era yo. Sus labios se volvieron a curvar en una pequeña sonrisa. En sus ojos se reflejaba la poca luz del sol que quedaba. Pensé que podrían haber sido pintados por los Dioses de Ofem.
—Es lo más bonito que he visto jamás —dijo.
Volver a oír su voz provocó un enorme vuelco en mi corazón .
No respondí. Como de costumbre.
Tan solo recordé sus palabras, guardándolas en lo más profundo de mi corazón para no olvidarlas: para no olvidar jamás que Melody SinClair me había dirigido aquella frase.
El sol se desvaneció entre las montañas, al igual que cada día. Pensé que ella se iría, pero para mi sorpresa, permaneció allí, sentada.
Tras dudar unos segundos, decidí continuar con mi ritual diario. Tal vez, si cruzaba los dedos, ella me acompañaría un rato más.
Entonces, me recosté sobre la hierba, dejando descansar mi cuerpo bajo el negro cielo que nos vigilaba. Y supongo que la suerte estaba de mi lado, porque Melody SinClair se tumbó junto a mí. No dijo nada, tan solo imitó mis movimientos.
Su mano se encontraba a escasos centímetros de la mía. No me gustaba que la gente entrara en mi espacio personal, es más, solía alejarme. Entonces, ¿por qué quería entrelazar nuestras manos? Pero no podía. No quería asustarla. Si lo hacía, se iría. Y por primera vez, no quería estar solo.
Las estrellas nos arroparon. Era un ser insignificante bajo algo mucho mayor que yo. Pero Melody no lo era. Ella estaba a su altura, podría saludarlas y hablar con ellas si quisiera, seguro que las estrellas la aceptarían como a una igual.
—Es maravilloso.
Su comentario quedó flotando en el aire que nos rodeaba, guiándonos hacia un refugio del que no sería capaz de salir.
Nunca más volví a contar las estrellas.