Capítulo 59
Melody
—Voy a ir a por Archer.
Thomas dio un sorbo a su jarra de cerveza, apoyándose en la barra. No parecía demasiado sorprendido ante mi comentario.
—No puedes hacerlo —contestó, dando una palmada sobre la madera—. Te aplastarán como a una cucaracha. Y entonces, cualquier sacrificio que haya hecho Archer habrá sido en vano.
Pero no podía dejarlo allí, no permitiría que lo mataran.
Se había sacrificado por mí, por ambos, en realidad.
Miré a mi alrededor y me di cuenta de lo distinta que veía ahora la taberna. Ya no era un lugar seguro. Todo me resultaba ajeno. Porque, mientras yo seguía allí, Archer estaba apresado .
El simple pensamiento me revolvió el estómago. Apreté los dedos alrededor del borde de la barra.
—No voy a quedarme de brazos cruzados —respondí, firme—. Esa no es una opción. Puedes ayudarme, o no. Me da igual. Pero con tu ayuda tengo más posibilidades de sacar a Archer de allí.
Thomas chasqueó la lengua, claramente fastidiado.
—Solo conseguirás que nos maten a todos.
—Y si no haces nada, lo matarán a él —rugí.
Dediqué un instante para respirar profundamente con el fin de calmarme. No lo conseguí.
—El juicio se celebrará mañana —me informó entonces—. Aún no sabemos si lo matarán.
Puse los ojos en blanco.
—Venga ya.
—Bueno… —carraspeó, pasando la mano por la superficie de su mentón—. De acuerdo, no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir.
Podía ir sola al juicio. No obstante, era una idea terrible, horrible y absolutamente estúpida. En cuanto me localizaran, me llevarían directa a la guillotina. Acabaría muerta antes de tener la oportunidad de dar con él.
—¿Desde cuando llevas engañándolo? —pregunté, cambiando el rumbo de la conversación.
Quizá le hubiera dado a Archer una respuesta, pero yo seguía sin saber nada alrededor de su traición. Aun así, mis ojos tenían escrita la palabra «amenaza» en letras mayúsculas; no estaba para tonterías ni rodeos.
—Eso es algo que debería contarte él —su respuesta me sentó como un jarro de agua fría.
—No lo dirás en serio —me reí para mis adentros—. No me lo puedo creer. No, ¿sabes qué? En realidad, no me sorprende nada.
—Melody…
—Dime, al menos, con qué fin lo hiciste.
Me retuvo la mirada, esperando que retirara la pregunta. No lo hice. Finalmente, dejó escapar un suspiro.
—Por la misma razón por la que todos hacemos estupideces: para salvar nuestro pellejo.
A la mierda.
No iba a seguir con esta conversación si Thomas no estaba dispuesto a darme respuestas claras. Giré sobre mis talones y me encaminé hacia la puerta con decisión.
—¿A dónde vas?
Volví el rostro hacia él, que se había levantado del taburete. Sus ojos, iluminados por las llamas de la chimenea encendida, el mismo fuego que había sentenciado la vida de Archer, me miraban con aflicción.
—Sabes que no puedo quedarme aquí —contesté, conteniendo el aliento.
Su mirada tardó más de un minuto en suavizarse. Después asintió.
—Haz lo que tengas que hacer.
Observé una última vez la taberna, a sabiendas de que podría ser la última vez que la viera. Tanto si lográbamos salir victoriosos —algo poco probable—, como si no, este lugar quedaría atrás. Tanto Archer como para mí.
—Si cambias de opinión, estaré en el juicio —añadí, aunque había perdido cualquier tipo de esperanza .
Thomas bajó la mirada.
—No. No puedo ir.
Pese a esperar esa respuesta, no pude evitar que sus palabras me escocieran.
—Puedes hacerlo. Otra cosa es que seas lo suficientemente hombre.
No esperé contestación; salí dejando tras de mí un sonoro portazo. No iba a mirar atrás y, desde luego, no iba a dejarme engatusar por Thomas. Estaba claro cuál era su posición ante esto. Archer se había sacrificado por él y, si no quería recompensar su acto, allá él.
No iba a dejarlo allí; no iba a ver cómo lo mataban ante mis ojos.
Esa noche dormí en la calle, tapada únicamente por el soplar del viento. A la mañana siguiente, me levanté sin apenas fuerzas, con todos los músculos del cuerpo doloridos.
Caminé por el mercado en búsqueda de algo que comer, pues el hambre empezaba a amenazarme con el desmayo.
Conseguí robarle una barra de pan a una dama sin que se diera cuenta.
No estaba satisfecha de mis acciones, pero dada la situación, lo volvería a hacer.
Saboreé cada mordisco hasta terminarla entera.
Los murmullos comenzaron a elevarse por las calles. Me giré, distraída ante tanta multitud junta en un mismo lugar. Toda la calle se había apelotonado en un círculo. Me acerqué por curiosidad y empecé a abrirme paso entre el gentío.
Llegué hasta la primera fila, encontrándome entonces con una masa de miradas dirigidas al hombre situado en el centro, de pie en lo alto de una pequeña tarima. Por su atuendo, adiviné sin problema de quién se trataba: un mensajero del rey.
—Damas y caballeros —se aclaró la garganta—. Vengo a informar de las últimas novedades, directas de palacio a petición del rey Vance Eldermort.
Todos miraban expectantes al mensajero, que parecía hacerse de rogar.
—Su majestad os hace saber —empezó a leer el papiro que había desplegado, tapando todo su rostro— que, en la víspera de hoy, se llevará a cabo un juicio.
Dado que es el primero que se hace en la última década, la familia real ha visto oportuno celebrarlo ante todos vosotros.
Así pues, las puertas del palacio se volverán a abrir una vez más para este evento tan inaudito.
Los murmullos se alzaron más tras sus palabras, ahogando cualquier otro sonido a mi alrededor.
Parecía que el pequeño mensajero iba a decir algo más, pero, visto que nadie le prestaba atención, decidió volver a sellar sus labios antes de hacer una reverencia e irse.
Iban a hacer el juicio público porque sabían que yo iba a asistir, como si fuera una trampa para ratones, y lo peor era que estaba decidida a caer en ella.
Fui hacia el palacio; el trayecto fue más incómodo de lo que había imaginado.
El carruaje en el que había decidido esconderme tenía varios tablones astillados que se clavaban en mi muslo cada pocos segundos.
En uno de los baches, una de las puntas me rasgó la piel y abrió una herida que me arrancó un jadeo de dolor.
—Joder…
El latigazo de dolor me hizo contener la respiración. Desde mi posición no podía ver la herida, pero imaginaba que no tendría muy buena pinta.
Al bajar, noté cómo la sangre corría pierna abajo. Me limpié con el propio vestido, deseando que dejara de chorrear; no lo hizo.
Los bordes de la piel desgarrada estaban enrojecidos y cubiertos de sangre, y el corte era lo bastante profundo como para dejar ver la carne.
Intenté ignorar el ardor feroz que me recorría la pierna, pero era bastante complicado. Cogí una de las flechas de Archer y, con la punta, conseguí rajar la parte superior de mi vestido hasta quedarme con un trozo de tela entre mis manos. La até a mi muslo, tapando la herida; eso bastaría.
Suspiré y alcé mi vista hacia el interior de las murallas, repleto de carruajes que habían transportado a los ciudadanos de Banglad hasta allí.
La parte positiva de toda aquella multitud era que me ayudaría a pasar desapercibida, o al menos rezaba por que así fuera.
Quedaba menos de media hora para que empezara el juicio; eso era lo que había oído murmurar a una dama.
Caminé lo más ligera que pude entre la gente, buscando con la mirada algún indicio que me ayudara a encontrar a Archer.
Los sirvientes paseaban entre los bangladeses ofreciéndoles aperitivos, como si aquello fuera parte de una función.
Seguí avanzando hasta que, de pronto, alguien me hizo caer al suelo. Con un dolor terrible en mi trasero, alcé mi vista al imbécil que me había empujado .
Y allí estaba Phil.
Sus ojos azules se abrieron antes de parpadear varias veces.
—¿Señorita…?
—Phil —lo corté, levantándome a trompicones. El guardia miró a su alrededor, claramente nervioso.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó, volviendo a mí—. Tendría que haberse marchado.
—No puedo marcharme. El joven al que van a juzgar es mi… —Tragué saliva—. Amigo.
El pecho de Phil se hinchó mientras respiraba entrecortadamente. Seguidamente, me cogió del brazo y dijo:
—Acompáñeme.
Lo seguí sin pronunciar palabra mientras me conducía hasta una de las esquinas del muro, apartados de la multitud.
Dejó ir mi mano y deslizó la suya por su frente.
—Es demasiado peligroso —me informó, como si no fuera consciente de ello—. La familia real la está buscando, señorita.
—Lo sé.
—Cualquiera de los guardias la capturará en cuanto la vea. Tenemos una orden directa de hacerlo.
Asentí.
—Lo sé.
—Quizá ni siquiera logre salir de aquí.
Suspiré.
—Lo sé. —Miré de reojo el palacio—. Pero si no hago nada, lo matarán a él.
Sus labios se fruncieron.
—Avisaré a la princesa —dijo, retrocediendo un paso—. Ni siquiera puedo conducirla a un lugar seguro. Está situada en el centro de la diana.
Me mordí la lengua antes de soltar el siguiente «lo sé».
—Quiero ir hasta él —dije, desesperada—. Eres un guardia. Tú puedes conducirme…
—No —me interrumpió. Sus palabras se clavaron en mí como un puñal—. El recluso se encuentra custodiado por el príncipe Charlton. Es imposible que yo pueda sacarlo de allí, y menos aun que usted pueda entrar sin que la vean. En estos momentos es el hombre más vigilado del reino.
Mi estómago se retorció.
No iba a tener oportunidad siquiera de acercarme a él.
—Regresaré cuanto antes —dijo, retrocediendo otro paso—. Por favor. Permanezca aquí. Y no se le ocurra llamar la atención.
Se me formó un nudo en la garganta.
Phil se marchó sin esperar respuesta, desapareciendo entre la gran masa de gente. Como había dicho él, no sabía cuánto tiempo podría permanecer allí sin que algún guardia se percatara de mi presencia.
Pero tampoco podía quedarme en una maldita esquina. Si había alguna posibilidad de salvar a Archer, tenía que ser antes del juicio.