Capítulo 58
Archer
Cuando estás encerrado en un calabozo, solo tienes dos opciones: aceptar que vas a morir o suplicar clemencia.
Yo elegí la primera.
Los guardias me llevaron hasta el palacio en un carruaje de mala muerte y me vendaron los ojos con una tela que apestaba a humedad.
Después me condujeron hasta lo que aseguraron que era una celda y me dejaron caer sobre el suelo de piedra. Lo último que escuché fue el chasquido metálico de la cerradura al cerrarse tras ellos.
Llevaba ahí dentro unas cuantas horas y empezaba a preguntarme si pensaban dejarme morir en aquel agujero, pudriéndome hasta convertirme en un cadáver.
Desde luego, no era así como había imaginado mi final. Qué manera tan deprimente de morirse .
Lo único positivo que podía sacar de aquello era la certeza de que Melody estaría bien. No quería ni imaginar lo que pensaría al enterarse de mi destino, la verdad es que prefería no saberlo.
Estaría bien. Nunca me ha necesitado.
No me abandones. Jamás.
Sus palabras vinieron a mí como un recordatorio cubierto de espinas. Supongo que, al fin y al cabo, sí que le había mentido. No cumplí mi promesa.
Solo esperaba que no me odiara por ello, no soportaría que esa fuera la última imagen que tuviera de mí; la de alguien que no pudo permanecer a su lado.
Tras la muerte de Donald y mi, seguramente, inminente muerte, solo le quedaba su hermana Sloane. Ya no podría ayudarla a sacarla de allí.
Suspiré.
Y de pronto, el chirriar de una puerta me sacó de mis pensamientos. Pese a no ver nada, supe qué hijo de puta se encontraba frente a mí.
—Máteme y déjese de juegos —dije.
—Oh, pero me encantan los juegos —contestó la voz de Charlton.
Sus pasos sonaron más cercanos y mi sangre empezó a hervir.
—Sobre todo porque siempre los gano —añadió—. ¿Cómo está en esta celda, por cierto? ¿Es de su comodidad?
—Que le follen.
Su risa me cabreó todavía más.
—¿Qué coño quiere? —escupí—. ¿Regodearse antes de matarme?
—Lo que quiero, en realidad, es verlo suplicar. Tanto a usted como a ella.
Se me heló la sangre.
—No se acerques a ella —gruñí, sintiendo mis manos temblar—. Ni se le ocurra tocarla, hijo de puta.
—No está en posición de darme órdenes, que digamos —contestó, haciendo una pausa—. Aunque no lo crea, le estoy agradecido.
Casi me reí.
—Me ayudó a dar con aquello que llevaba tanto tiempo buscando.
Supuse que se refería a Donald.
—Cabrón…
—Pero me parece que me subestima. Terminar con su vida sería demasiado sencillo —prosiguió. Noté en su tono cierta diversión—. Antes quiero disfrutar de mis logros.
—¿Dar conmigo ha sido un logro? —Sonreí con amargura—. Me siento halagado.
Su carcajada baja resonó entre las paredes y el eco me provocó un estremecimiento.
—Oh, no. Usted no es el logro. La chica, sin embargo…
—No la mencione.
La respuesta salió sola de mis labios; tan afilada como la punta de una flecha.
—Es una joven admirable. Ha logrado sobrevivir a cosas que habrían destrozado a cualquiera, ¿no cree?
Escuché sus pasos acercarse. Adiviné que se había colocado justo enfrente de mí.
—Una de las cosas más fascinantes del humano es que siempre tiene un punto débil. Todos las personas, sin excepción. Solo hace falta encontrarlo y presionar lo suficiente.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
—Le mataré.
—Deje de engañarse a sí mismo —contestó, riendo—. Nunca ha estado más débil; indefenso ante mis pies. Es curioso que haya dedicado años a mi búsqueda y, al final, la pieza más importante haya venido hasta mí por voluntad propia.
Hubiera preferido morir a tener que escuchar cómo se regodeaba de mí. Él, sin embargo, parecía estar disfrutándolo como nunca.
—¿Qué cojones me va a hacer? —quise saber.
Y si pensaba que morir en una celda era un destino cruel, su respuesta lo fue todavía más.
—Yo no voy a hacerle nada; su destino lo decidirá la señorita SinClair.